Veredicto, obra de teatro dirigida por Luis Ureta basada en el texto del jurista y escritor alemán Ferdinand von Schirach, hace que los espectadores sean parte de la obra. Y tomen una difícil sentencia.
La obra, de la compañía de teatro La Puerta, propone un experimento que pocas veces se intenta con seriedad en el teatro chileno: convertir al espectador en cómplice activo del veredicto, haciendo de cada función un ritual irrepetible donde la ficción y la conciencia moral colisionan.
Cuando uno ingresa a la sala de Matucana 100, el gesto ya está hecho: le entregan una señalética con dos colores. No precisa mucho tiempo para descubrir que, cada uno de sus colores representan dos opciones. Y ese elemento es nuestro contrato, que deja en claro que no vinimos a ver, sino a juzgar.

El escenario que diseñó Eduardo “Mono” Cerón es deliberadamente austero y de una funcionalidad casi televisiva: un tribunal de líneas limpias, luz blanca e institucional que no titila ni dramatiza, y una disposición que evoca con a esos programas de juicio popular —La Jueza, Caso Cerrado— que durante años educaron a la audiencia latinoamericana en el placer culposo de sentenciar al otro desde la comodidad del living. Esa referencia no parece accidental. Ureta parece decirnos: ustedes ya saben cómo se hace esto. Ya tienen el hábito. La pregunta es si son conscientes de él.
El caso que se ventila es feroz de principio a fin. Un piloto de la Fuerza Aérea alemana, Lars Koch (Interpretado por Pablo Cerda, y cuya presencia en escena es medida y eficaz gracias a la contención de Sergio Piña), cometió un cuestionable acto que involucró la muerte (u homicidio) de un centenar de personas.
La situación planteada enfrenta al espectador a múltiples cuestionamientos: ¿Es un asesino o un héroe? ¿La ley puede juzgar lo que la ética absuelve? Von Schirach, que conoce los tribunales desde adentro, estructura el texto como una partitura jurídica: alegatos, testimonios, interrogatorios.
El elenco —Ana Reeves, Pablo Cerda, Bárbara Ruiz-Tagle, Víctor Montero, Macarena Silva, Maximiliano Pascal y Francisca Celis, entre otros— navega con oficio la exigencia de un texto que no deja mucho margen para la improvisación emocional. Se trata de personajes-función más que de personajes-alma: la fiscal, el defensor, los testigos.

Cada uno cumple su rol en el engranaje argumental. Donde Reeves logra imponer cierta temperatura es en los momentos donde el texto le concede un resquicio de humanidad detrás del protocolo; Piña, como defensor, maneja bien la cadencia del alegato, aunque el texto pocas veces le abre la posibilidad de sorprender.
La dirección de Ureta es precisa en la geometría del espacio, pero es justamente esa precisión lo que, a ratos, pesa: la obra avanza con la rigidez de un procedimiento judicial, y el riesgo de la repetición se hace sentir hacia la mitad de la función, cuando el debate ético empieza a girar sobre su propio eje sin añadir nuevas capas.
Es ahí donde el uso del proyector cobra una importancia que va más allá de lo ilustrativo. Cuando en la pantalla aparecen las pruebas del caso —fotografías, datos, registros—, el dispositivo rompe levemente la monotonía del plano fijo.
Pero ninguno de estos elementos es el corazón de Veredicto. El corazón está en ese ‘cartón’ que le dieron al entrar. Cuando llega el momento de la votación, algo cambia en la sala. Y cada espectador sabe que el destino de una persona, está sus propias manos.
Veredicto se presenta en el Teatro Principal de Matucana 100 hasta el 7 de junio, de jueves a domingo a las 19:00 hrs. Duración: 100 minutos. Apta para mayores de 12 años. Entrada general: $12.000 / Estudiantes y tercera edad: $6.000 / Jueves popular: $7.000.












