La nueva versión de “Moana” en live action es casi un calco de la original, pero mucho menos ejecutada y con serios problemas creativos. Detalles en La Máquina.
Que no son necesarios o que jamás igualarán a la original, a estas alturas, poco importa. Lo cierto es que los live action de Disney llegaron para quedarse y la respuesta es muy sencilla: las ganancias. Salvo contadas excepciones, estas versiones de los grandes clásicos de la compañía del ratón Mickey han sido éxitos de taquilla.
El Rey León (2019), La Bella y la Bestia (2017), Aladdin (2019), Lilo & Stitch (2025) y Alicia en el País de las Maravillas (2010) superaron los mil millones de dólares de recaudación a nivel mundial, por lo que poco importa que el resultado sea satisfactorio para la crítica o enamore al público. La nostalgia vende y lo hace muy bien, pero esta no es automática.
“Moana”, que ya está en cines, es la versión live action de la cinta homónima de 2016. Es el segundo largometraje dirigido por Thomas Kail, el anterior fue Hamilton, la versión grabada del destacado musical de Broadway y registrada en un teatro, por lo que el desafío era bastante distinto para el director.
El reparto de la película está encabezado por Catherine Laga’aia como Moana, Dwayne Johnson vuelve como Maui y Rena Owen interpreta a la abuela de la protagonista, Gramma Tala. Las actrices y el actor tienen raíces polinesias, por lo que esa elección fue acertada y Laga’aia destaca en el papel de la protagonista, aunque en las partes más dramáticas no logra emocionar completamente.
El riesgo de no contar nada nuevo en Moana
Según datos entregados por Disney, Moana es la película animada más reproducida de Disney+ desde el lanzamiento de la plataforma, con más de 1,400 millones de horas vistas. La segunda parte, Moana 2, estrenada a fines de 2024 recaudó US$1.059 millones y fue la tercera película más taquillera del año. Moana es una marca en sí misma y, por lo tanto, el desafío era mayor.
La historia es la misma, Moana es la hija del jefe de una comunidad polinésica cuya isla está desapareciendo luego de que el semidios Maui le robara el corazón a la diosa Te Fiti. La joven es elegida por el océano para encontrar a Maui y convencerlo de devolver el corazón, restaurar el equilibrio y evitar que la isla en donde vive desaparezca.

Sin embargo, esta versión no iguala, ni de cerca, a la original. Si bien el guion es casi calcado y las canciones compuestas por Lin-Manuel Miranda son las mismas – “Cuán lejos voy” a estas alturas es un himno y, según mi punto de vista, entra fácilmente en el top 5 de mejores canciones de Disney de todos los tiempos- es imposible no compararla con la animada y sentir que no llegan a emocionar como sí lo hace la primera. No alcanza a transmitir la atmósfera, los colores y el deleite visual que sí logra su antecesora.
Quizás, si la película hubiese sido distinta la crítica sería que no se respetó la original y ahora los reparos son que no contó nada nuevo. Pero creo que sí hay una sola cosa en la que se puede estar de acuerdo y es en que es una película tremendamente innecesaria. ¿Como obra particular entretiene? Sí, lo hace, pero viene con una mochila que no es capaz de sostener y que, además, salió hace solo diez años, por lo que el lazo nostálgico no es tan fuerte.
¿CGI o live action?
En la película el live action funciona más como etiqueta comercial que por lo que uno está realmente viendo en la pantalla. Por una parte, está el gallo Heihei, construido con CGI de una manera burda y, por la otra, probablemente gran parte de la película se debió haber grabado con fondo verde por el resto de los personajes que aparecen.

Por otro lado, si hubiese sido un gallo o un cangrejo muy realista quizá hubiese perdido la gracia, pero ahí existe la posibilidad de innovar y darle un sello propio a esta versión. Sin embargo, el resultado final termina siendo un híbrido difícil de entender y hay interacciones 100% digitales que entorpecen y desconcentran porque este mundo “real” no termina de cerrar.
Probablemente los niños que vayan al cine la disfruten porque los personajes siguen siendo entrañables. Pero el resto de los espectadores no experimentará todavía esa sensación que te obliga a ir al cine a ver una versión distinta de algo que viste hace 20 o 30 años. Disney está acelerando la nostalgia y hay cosas que aún ellos no pueden comprar.












