Marketing, ética, audiencias y salas en transformación. El ex gerente de Marketing de Diamond Films Chile analiza en La Máquina por qué hoy una película necesita convertirse en fenómeno para sobrevivir.
Hablar con Pedro Muñoz es entrar a una conversación donde el cine deja de ser únicamente una obra artística y pasa a entenderse como un ecosistema completo: audiencia, contexto social, tecnología, plataformas, hábitos culturales y, por supuesto, marketing. Desde su rol como – hasta el momento de esta entrevista- gerente de Marketing de Diamond Films Chile, Muñoz observa el comportamiento del público con una mezcla de análisis estratégico y amor genuino por la experiencia cinematográfica.
La primera advertencia que hace es clara: no existe una fórmula exacta para anticipar el gusto del público. Aunque Chile comparte ciertos patrones con el mercado norteamericano, el comportamiento local nunca es un reflejo exacto. “Muchas veces creemos que una película va a funcionar increíblemente bien y no pasa, y otras veces dudamos y termina siendo una sorpresa”, explica. Esa incertidumbre, lejos de ser una debilidad, es parte estructural del negocio.

Cuando la conversación importa tanto como la película
En ese escenario, títulos como Marty Supremo -disponible en salas de cine en Chile este jueves 5 de febrero- aparecen como un caso de estudio. Muñoz la define como una película que puede abordarse desde múltiples capas: técnica, narrativa, visual y actoral. Pero también como una obra que trasciende el simple ‘me gusta / no me gusta’.
“El ruido mediático ha sido clave”, señala. Las nominaciones a premios, la cobertura en medios que habitualmente no hablan de cine y el trabajo de marketing internacional realizado por A24 construyeron algo más grande que la película misma. “Se creó un mundo alrededor de la figura de Timothée Chalamet, que entendió que debía ser un personaje dentro de la campaña”, comenta.
La aparición del concepto Marty Supreme Dream —con chaquetas, colaboraciones de diseño y una estética reconocible— terminó convirtiéndose en un fenómeno que escapó al control tradicional de una campaña. Para Muñoz, ahí se produce el quiebre: “La gente no solo va a ver una película; va a ser parte de algo”.
Ese “algo” es lo que hoy define el éxito o el fracaso en salas. “La expectativa es mucho mayor que en otros estrenos”, afirma, y explica que el desafío ya no es solo convencer al espectador de que la película es buena, sino de que no puede quedarse fuera de la conversación.

—En los últimos años hemos visto campañas que prometen una experiencia distinta, más allá de la película misma. ¿Qué opinas de esta tendencia?
—No es algo nuevo. Desde los años 50, cuando el cine tuvo que reinventarse para competir con la televisión, la industria ha buscado maneras de traer al público de vuelta a la sala. El VistaVision, el formato panorámico, el popcorn como complemento económico… todo eso nació en momentos de crisis. Lo que cambia hoy son las herramientas.
—¿Y esas herramientas son principalmente digitales?
—Absolutamente. Redes sociales, nuevas plataformas, inteligencia artificial. El trabajo del marketing hoy no es solo promocionar una película, sino mantenerse vigente con los medios de comunicación que usa la gente. Antes ponías un afiche en el diario del sábado; hoy, si no estás en Instagram, TikTok, YouTube, X o Twitch, simplemente no existes.
—Pero cuando una campaña se vuelve demasiado grande, ¿no existe el riesgo de vender algo que la película no es?
—Ese es el punto más delicado. Es una pregunta ética, incluso. Siempre hago un ejercicio: veo el tráiler, veo la película y luego vuelvo a ver el tráiler. Muchas veces te das cuenta de que ciertas escenas o tonos se exageraron o se editaron para vender algo distinto.
—¿Y cuál es el límite?
—El límite es la honestidad. Prefiero destacar los valores reales de mi producto y no hablar tanto de sus debilidades, antes que vender algo que no es. Porque el público puede perdonar una película que no le encantó, pero no perdona sentirse engañado. El mal boca a boca es mucho más fuerte que el silencio.

FOMO, saturación y fenómenos virales
Para Muñoz, la necesidad de inflar una película hasta convertirla en fenómeno responde a un contexto específico: saturación de estímulos. “Hoy competimos con todo: redes sociales, eventos, series, videojuegos. Si no generas FOMO, no funcionas”, afirma sin rodeos.
(Nota de editor: El FOMO, o Fear of Missing Out (miedo a perderse algo), es un fenómeno de ansiedad social caracterizado por el temor persistente a perderse experiencias, eventos o información valiosa que otros están viviendo, exacerbado por el uso de redes sociales).
El caso de Longlegs, distribuida también por Diamond Films Chile, es uno de los ejemplos que menciona. Una campaña basada en símbolos crípticos, una estética visual clara y la decisión de ocultar elementos clave generaron conversación orgánica en redes. “La gente decía: no puedo esperar a verla en streaming, tengo que verla en el cine”, recuerda.
Ese es, para él, el gran objetivo: romper la lógica de “me espero 30 o 45 días y la veo en plataforma”.
—¿Qué ocurre cuando el marketing promete una cosa y la experiencia final es otra?
—Siempre vas a pagar un precio alto si vendes algo que no es. El tráiler tiene una segunda oportunidad de reinterpretar la película y, a veces, termina construyendo otra narrativa. Eso puede atraer gente a la sala, pero también generar frustración.
—¿Cómo se equilibra atraer público sin traicionar la película?
—Escogiendo bien qué líneas narrativas comunicas. No puedes contar todo, pero tampoco puedes mentir. Yo prefiero que la gente descubra cosas en la sala antes que salir enojada diciendo “esto no era lo que me vendieron”.

Cine catástrofe: miedo, evasión y placer seguro – la apuesta de Diamond Films
El estreno de El día del fin del mundo 2 abre otro eje de análisis: el regreso del cine de catástrofes en un contexto social cargado de crisis reales. Para Muñoz, este género nunca desapareció.
“No todo lo que consumimos tiene que ser profundo o complejo”, dice. El cine de desastres ofrece una experiencia emocional intensa desde un lugar seguro. “Ver cómo el mundo se acaba en pantalla, mientras tú estás sentado en tu butaca, es una experiencia profundamente humana”.
Por eso títulos clásicos del género siguen funcionando: apelan a la adrenalina, al miedo controlado y al entretenimiento puro. “Somos la industria del entertainment”, recuerda.
—¿Cómo se conecta hoy una película con el público chileno?
—Entendiendo que Chile es un caso particular. Es un país muy experimental, muy atento a las tendencias y muy consciente de su identidad. Al chileno no le gusta que le hablen en el idioma de otros países.
—¿Eso se traduce en marketing?
—Totalmente. Conectar es hablarle en su idioma, entender su humor, su cultura del meme, su miedo a quedarse fuera. Si no vas al cine, no entiendes la referencia. Ese es un motor muy potente acá.
¿Crisis de las salas o mutación inevitable?
Lejos del discurso apocalíptico, Muñoz ve el presente del cine como una transformación constante. Las salas ya no son solo para películas: conciertos, documentales, anime y eventos especiales amplían la experiencia.
“Hay algo que ningún televisor puede igualar: el sonido, la imagen, la experiencia colectiva”, afirma. Aunque reconoce que factores económicos y de comodidad influyen, insiste en que el cine no va a desaparecer. “Va a cambiar, como siempre lo ha hecho”.
—¿Crees que las salas de cine van a sobrevivir a largo plazo?
—Sí. Pero tienen que transformarse. El cine que se hace hoy no es el mismo de hace 50 años, y las salas tampoco pueden serlo. El que no evoluciona, desaparece.
—¿Habrá un modelo híbrido definitivo?
—Ya lo estamos viendo. Y no tiene nada de malo. Mientras exista una razón para que algo se sienta especial, la gente va a querer salir de su casa.
El Oscar, el talento y la paciencia por Diamond Films
Hacia el cierre, la conversación vuelve a Marty Supreme y a Timothée Chalamet. Para Muñoz, más allá de si gana o no el Oscar, lo relevante es el proceso.
“El talento no sirve de nada sin entrenamiento”, afirma, comparándolo con figuras como Marlon Brando o De Niro. Actores que no buscaron la fama, sino el oficio. “Chalamet lleva más de una década perfeccionándose. Si gana, no es por una película, es por un recorrido”.
Y en un ecosistema donde todo compite por atención inmediata, esa idea —la del trabajo sostenido, la honestidad y la experiencia compartida— parece casi contracultural.
Quizás por eso su frase más provocadora termina siendo también la más honesta: “Si no generas FOMO, la película no existe. Pero si mientes, el público no te lo perdona”.
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