El actor y gestor cultural, Diego Boggioni, creó un proyecto que lleva la poesía y los cuentos de la Premio Nobel a las salas de espera de los centros de salud y a los túneles del Metro, narrados por diez actrices y actores y acompañados de ilustraciones de artistas chilenas contemporáneas.
En conversación con La Máquina, reflexiona sobre el poder del arte en el espacio cotidiano y advierte sobre el peligro de los recortes al presupuesto cultural. “Ya había poca plata. El recorte va a generar algo concreto sí o sí”, señala.
Todo comenzó en una fila de aduana. Diego Boggioni estaba en un aeropuerto con su hija, ya había agotado todos los recursos para entretenerla —papeles para dibujar, juegos, canciones— cuando su mamá le sugirió poner un cuento en el teléfono. Metió los audífonos a la niña, abrió YouTube y encontró algo inesperado: durante casi una hora, su hija se quedó quieta, atenta, viajando dentro de ese universo sonoro. Boggioni, que lleva años moviéndose entre el teatro, la televisión y la producción audiovisual, tuvo una revelación.
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La propuesta es tan sencilla como ambiciosa: 42 obras de Mistral —poemas, cuentos, reinterpretaciones de clásicos como Caperucita Roja o La Cenicienta— narradas por actores y actrices de primera línea, ilustradas por diez artistas chilenas contemporáneas y disponibles para cualquier persona que escanee un código QR en su camino al trabajo, en la sala de espera de un consultorio o en el andén del Metro.
El elenco de voces reúne a Daniel Muñoz, Pancho Melo, Mariana di Girolamo, Paola Volpato, Catalina Saavedra, Emilia Noguera, Valentina Muhr, Camila Hirane, Andrés Velasco y Francisca Gavilán. Las ilustraciones son de Milena Hachim, Catalina Bustos, Gertrudis Shaw, Camila Cruz, Carola Josefa, Daniela Le Feuvre, Amelia Strong, Elena Hohlberg, Javiera Mac-lean y Catalina Cartagena. El diseño sonoro estuvo a cargo de David Capdepont en el estudio Plectrum. Todo el material está disponible de forma gratuita en audiotecagm.cl, y los afiliados a Caja Los Andes —más de cuatro millones y medio de personas— tienen acceso adicional a entrevistas y material de backstage.
Boggioni, que además de actor estudió Comunicación y Políticas Públicas y Producción Ejecutiva Audiovisual en la Universidad de Chile y en la Universidad Católica, es el tipo de artista que no distingue mucho entre hacer y producir. Tiene siempre varios proyectos en paralelo, varios fondos en proceso y varias ideas en la cabeza. La Audioteca, confiesa, llevó dos años de trabajo: uno financiado por el Fondart Nacional y otro previo que nadie paga, el de convencer, diseñar y construir.
Gabriela, sin guantes blancos
Una de las decisiones más importantes del proyecto fue también la más arriesgada: deshacerse de la métrica poética tradicional. Boggioni no quería que los actores declamaran. Quería que contaran. Que susurraran. Que la poesía se sintiera como una historia que alguien te está relatando al oído.
—La poesía en general está pensada como algo fome, aburrido, incluso un poco elitista —explica—. Creo que había que darle una vuelta para resignificar de alguna manera la obra de Gabriela y que tuviera una llegada mucho más actual, contemporánea.
Lo primero que les dijo a los actores fue que no iba a tolerar el “tarararararara” que les enseñaron en el colegio. Lo que buscaba era otra cosa: que se sintiera la calle, el norte, Montegrande, la tierra. Que Gabriela Mistral hablara de todos nosotros, como siempre lo hizo, pero sin el pedestal.
—Nos reíamos, me acuerdo que Melo iba bien y de repente tiraba una chuchada y nos matábamos de la risa —recuerda Diego Boggioni, con evidente cariño por el proceso.
El vínculo de Boggioni con Mistral viene de lejos. De niño, en Calama, ganó un concurso de declamación y viajó a conocer la casa de la poeta. Su profesora Claudia Chamaca, a quien nombra con gratitud, fue quien le mostró la poesía como un espacio de calma para un niño que no se quedaba quieto.
—La primera poesía que concebí era Gabriela —dice, y en esa frase hay algo que no es nostalgia sino continuidad.
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Arte en la sala de espera, una idea innovadora de Diego Boggioni
La elección de los centros de salud como espacio de exhibición no fue arbitraria para Diego Boggioni. Parte del mismo instante del aeropuerto, sí, pero también de una convicción más profunda: el arte debería cruzarse con la vida cotidiana sin que nadie tenga que pagar una entrada.
—Me interesa mezclar el espacio urbano con el espacio artístico —dice—. Que la ciudad sea, en el tránsito de las personas, un espacio artístico. Que no tengas que pagar una entrada para ir a ver arte, sino que el arte se cruce cuando hay camino a la pega, cuando viajas de fin de semana a ver a alguien.
En ese sentido, los consultorios y centros de salud son el territorio perfecto: nadie va feliz, la espera es obligatoria y la mirada no tiene adónde ir. Boggioni agradece al Servicio de Salud Metropolitano Norte —y en particular a Gregorio Riquelme, quien confió en la idea desde el principio— por abrir esos espacios a algo que no tenía antecedentes directos.
La exposición también pasó por el GAM, donde debía quedarse dos semanas y terminó extendiéndose hasta inicios de febrero por la buena recepción. Ahora la instalación recorre el Metro y estará disponible hasta mediados de mayo.
—Incluso aunque no escanees el QR, me parece que un niño, una persona adulta, quien sea, se detenga un rato a mirar la ilustración —reflexiona Diego Boggioni—. En la vorágine en que vivimos, ya eso es ganancia.
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“Ya había poca plata”
La conversación no puede eludir el contexto. El proyecto fue posible gracias al Fondart Nacional, pero el panorama para el financiamiento cultural en Chile está, según Diego Boggioni, más oscuro que nunca. Los recortes anunciados al Ministerio de las Culturas —que podrían superar el 3% del presupuesto total— y la paralización de obras en el GAM son señales que el actor lee con preocupación.
—¿Este proyecto pudo haber sido realizado sin el Fondart? No. Ninguna posibilidad —dice con claridad—. Son casi 30 artistas involucrados: una exposición, 30 centros de salud, un estudio de grabación, 10 actores y actrices, 10 ilustradoras, una diseñadora, un programador web. Es mucha gente.
Para Boggioni, la cultura nunca ha tenido recursos de sobra en Chile. Jamás ha habido un momento en que alguien diga “estamos poniendo demasiada plata en esto”. La dirección siempre ha sido la contraria.
—Siempre es falta —dice—. Entonces, que se plantee este recorte, sin lugar a dudas, es complejo, difícil. Entrega una mirada de un panorama que no se ve muy alentador.
Va más lejos cuando habla del GAM: cree que un espacio de esa envergadura necesita políticas públicas que trasciendan a los gobiernos de turno, que no dependan de si en La Moneda hay más o menos voluntad de financiar la cultura.
—El Estado queda. Las necesidades culturales quedan —dice—. Hay que dejar de amortillar el trabajo previo, cuando en verdad es la necesidad de las personas lo que debiera ser una mirada urgente de suplir.
Cita, casi de memoria, algo que escuchó decir al actor Daniel Muñoz: que cuando el contexto parece querer coartarte, cuando te van sacando las piezas del juego, ahí es cuando aparece la creatividad artística. Boggioni lo suscribe, aunque con lucidez.
—El arte florece desde la angustia, la furia, la rabia —dice—. Pero ya había poca plata. El recorte va a generar algo concreto sí o sí.
La semilla en la piedra de Diego Boggioni
Hay una frase de Gabriela Mistral que Boggioni recupera casi al final de la conversación. Un ensayo en que la poeta escribió “menos cóndor, más huemul“. Cree que algo de ese espíritu —más humilde, más enraizado, más cercano a la tierra— es lo que hace falta hoy, cuando todo cambia cada dos años y es imposible pitonizar el futuro.
Mientras habla, están grabando en Putaendo una nueva temporada de Socios por Chile. También tiene en proceso una película de largometraje por la que lleva años postulando a fondos. Y tiene en la cabeza, dice, tres o cuatro proyectos más. La Audioteca no fue un punto de llegada sino una estación en un recorrido que no parece tener intención de detenerse. —Mi cabeza está todo el rato haciendo cosas —confiesa.
Lo que lo mueve, finalmente, no es la fama ni la televisión ni ningún formato en particular, sino algo más parecido a una convicción: que el arte, cuando llega a las personas en los momentos correctos —en una sala de espera, en un túnel, en un aeropuerto con una niña inquieta—, puede calmar algo que no tiene nombre fácil.
—La poesía aparece cuando tú lees algo y no sabes cómo interpretar lo que te está pasando —dice—. Puede ser desde una pena de amor, puede ser una sensación extraña. Y el arte o la poesía logran decirte: ¡ay, eso es! ¡Eso me está pasando! Y eso te calma.
La Audioteca Gabriela Mistral puede visitarse en el túnel peatonal de Plaza de Armas del Metro de Santiago y en seis trenes de la red hasta mediados de mayo. El material completo está disponible en audiotecagm.cl.
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