Crítica de “Avatar: Fuego y Ceniza”: Un triunfo visual que no sabe cuando terminar

Gracias a los amigos de Cinecolor Films fuimos invitados a una función especial de Avatar: Fuego y Cenizas, tercera parte de la épica franquicia creada por James Cameron, que se inició el año 2009 y que cambió para siempre la forma de entender el cine de espectáculo.

La cinta sigue los acontecimientos de la segunda parte y nos muestra a la familia de Jake y Neytiri completamente quebrada por la muerte de Neteyam. Cada uno vive su duelo a su manera, hundiéndose cada vez más en la pena y el dolor. De forma inesperada aparece una nueva tribu Na’vi llamada los Mangkwan, quienes se presentan como un grupo mucho más violento y salvaje que los conocidos hasta ahora. En este contexto, ellos hacen una alianza con Quaritch y los humanos para entregar a Jake y así cambiar el destino de Pandora para siempre.

La película es una verdadera delicia visual y sonora, con efectos impresionantes y un nivel técnico que incluso supera a su antecesora. Aunque desde aquí creemos que esta historia de humanos vs. Na’vi ya no soporta más: 17 años contando básicamente lo mismo, pasan la cuenta.

En La Máquina te contamos qué nos pareció.

UNA CINEMATOGRAFÍA SUBLIME

James Cameron no necesita presentación. Director de Titanic y creador del universo Avatar, fue quien nos trajo un mundo completamente nuevo al cine, con habitantes de color azul, lengua propia y una lucha ancestral con arco y flecha contra los humanos invasores.

Ahora nos entrega su tercera entrega, donde los habitantes de Pandora bordean una guerra civil, mientras los humanos —o Personas del Cielo— no los dejan en paz. Aún.

Cameron despliega todo su talento y maestría tras la cámara, con planos generales impresionantes que evidencian lo grandilocuentes que son sus efectos especiales y la forma en que absolutamente todo parece real. El mundo visual y sonoro de esta película es simplemente perfecto. Cameron no reinventa Pandora: la perfecciona. Nada más. Una delicia audiovisual.

El guion, en cambio, es otra cosa. Primero, la duración: la película supera las tres horas, con una historia que perfectamente se pudo contar en menos tiempo. Mucho menos.
Si bien mantiene un buen ritmo y desarrollo, la narración pudo haber sido más ágil y no dejarse llevar por subtramas que quedan inconclusas, pensadas claramente para dar paso a una nueva cinta.

Hay desarrollo de personajes, conflictos mucho más humanos y también nuevos villanos que se transforman en las grandes estrellas del filme. Sin embargo, hay algo que nunca se deja fuera: esta cinta sigue siendo igual de política que las anteriores, e incluso desliza de forma explícita algunas posturas ideológicas.
Por ejemplo, se repite la eterna pelea de humanos vs. habitantes Na’vi, donde se evidencia una clara disparidad de fuerzas y una ambición de poder constante por parte de los seres humanos.

Y a lo que me refería con “tomar posturas políticas” es justamente a esto. Frases cuestionables como “Esto es una familia, no una democracia”, “Si no hubieras aparecido, tu hermano estaría vivo”, entre muchas otras, aparecen a lo largo del metraje.

En ellas se percibe una apología a los valores conservadores: cuidar la familia, la unidad, las buenas costumbres e incluso ser devoto de la religión denominada “Gran Madre”, que está por encima de todo. Aquí, una vez más, los discursos políticos dicen presente y no pasan desapercibidos.

ACTUACIONES DESTACABLES

Sam Worthington es el actor que ha hecho de Avatar el eje central de su carrera. Él es nuestro héroe, Jake Sully, un ex humano que se quedó en el lado contrario y se convirtió en el líder innato de los habitantes Na’vi.

En esta entrega nos muestra a un personaje quebrado, lidiando con el duelo a su manera y renegando de ese liderazgo que alguna vez asumió casi por sorpresa. Su camino del héroe aquí es muy sólido: lo vemos fuerte y valiente, pero también vulnerable, necesitando la ayuda de su hijo, con quien mantiene constantes conflictos. La leyenda de Jake Sully crece y se vuelve más humana con los años. Qué buen trabajo.

Luego está ella, su gran compañera. Zoe Saldaña como Neytiri, la habitante que se enamoró de un humano y con ello desató una revolución. Aquí la vemos, en un comienzo, callada y desvalida, enfrentando la muerte de su hijo.

Con fuertes conflictos familiares y decisiones extremas rondando su mente, Saldaña nos entrega una Neytiri confusa y errática, que luego vuelve a transformarse en esa guerrera valiente capaz de poner en peligro su vida por la de su amado. Un gran personaje, lleno de matices.

Y ahora damos paso a los villanos. Primero, ella. Oona Chaplin como Varang, líder de los Mangkwan, quien con su psicopatía y carisma se convierte en uno de los grandes personajes de esta cinta. Su trabajo es brillante: seductora, poco empática, con una fuerte psicosis e incluso con tintes sobrenaturales.

La nieta de Charles Chaplin pisa fuerte y demuestra que está en la industria no solo por su apellido.

Luego está Stephen Lang, como el eterno enemigo de Jake. Un personaje bisagra, del que no sabemos bien si es bueno o malo. Hace alianza con la malvada Varang, pero guarda un cariño particular por su antiguo adversario. Confuso, errático y brutal, Lang vuelve a estar increíble como el Coronel.

“AVATAR: FUEGO Y CENIZAS” EN PALABRAS SIMPLES…

Avatar: Fuego y Cenizas es mucho mejor que su antecesora. Con efectos especiales increíbles y una historia que, aunque se sigue repitiendo, encantará a los fans y logrará reencantar a parte de la audiencia perdida.

No se siente anticuada, ni mucho menos, pero sí necesita urgente un refresh, porque la historia base ya no da para más, especialmente si se pretende estrenar dos cintas más.