La película de Mamoru Hosoda, “Scarlet”, inspirada en Hamlet, llega a cines con una historia de venganza, fantasía y autodescubrimiento.
Por Macarena Quiroz (@lamacacomunica)
Basada en la historia de Hamlet del escritor William Shakespeare, esta obra nos envuelve en la magia de un relato que apela al alma y a la incansable búsqueda de justicia, o mejor dicho, de venganza.
Esta nueva entrega del aclamado director japonés, Mamoru Hosoda, llega a los cines de nuestro país este 12 de marzo y en La Máquina tuvimos la oportunidad de verla. Acá te contamos qué nos pareció.
Para quienes consideran la fantasía un recurso primordial en sus vidas, esta película entrega todo lo necesario. Aunque la trama sufre cierto desgaste en su desarrollo, la visión y finalidad del director logran prevalecer. Su producción tomó cuatro años, un tiempo que se justifica por el altísimo nivel de detalle empleado en sus efectos visuales, los cuales compensan con creces cualquier lentitud en la construcción narrativa.
Hosoda es ampliamente reconocido por proyectos anteriores como La chica que saltaba a través del tiempo, Summer Wars (Mundos Virtuales), Los niños lobo, El niño y la bestia y Mirai, mi hermana pequeña; obras maestras que conjugan realidades virtuales, viajes en el tiempo y, sobre todo, historias de madurez. En esta ocasión, recopila la esencia de Hamlet y la cubre con universos que trascienden hacia lo espiritual y lo mágico, todo en manos de una protagonista femenina que transita por un viaje de autodescubrimiento y búsqueda de sentido existencial.

La protagonista es Scarlet, una princesa de la Dinamarca medieval cuya vida se desarrolla en un claro paralelismo con la obra shakesperiana. Tras una infancia feliz bajo la tutela de su padre, su mundo se desmorona ante la ambición de su tío, Claudio. A esto se suma la manipulación de Gertrudis —a quien Scarlet consideraba su madre—, una mujer de trato gélido que envidiaba la atención que la joven recibía. Fue Gertrudis quien sembró en Claudio la idea de que ella sería la esposa de quien ostentara la corona, dándole el motivo definitivo para consumar su traición.
Así comenzó la ejecución del Rey. Scarlet, siendo apenas una niña, presenció cómo el lazo con su padre era destruido frente a sus ojos. Consumida por una sed de justicia, creció llevando una doble vida: por fuera, la refinada princesa; en las sombras, una guerrera implacable. Años después, ante un pueblo devastado por el hambre y la tiranía de su tío, Scarlet decide ejecutar su venganza. Sin embargo, su plan de envenenamiento se vuelve en su contra: tras ser engañada, es ella quien bebe la copa mortal. Su muerte no es el final, sino el inicio de su viaje al “Mundo de los Muertos”, un limbo donde las reglas de la vida convergen de una manera extrañamente “real”. Es aquí donde el sentimiento de venganza resurge, decidida a destruir, aun en este más allá, a su tío, quien también ha llegado a este peculiar mundo.

A medida que avanza la historia, Scarlet conoce a Hijiri, un joven médico que la acompaña en este viaje. Entre batallas y desencuentros, él se convierte en su principal soporte emocional dentro de esta oscura cruzada.
A partir de este punto, la trama se envuelve en una mezcla de viajes al futuro y locaciones del Japón actual, introduciendo ideas un tanto excéntricas —como secuencias que evocan el icónico baile de La La Land— que pueden dejar al espectador un poco perplejo respecto a la continuidad de la historia.
De hecho, la obra fue estrenada el año pasado en Japón y tuvo una recepción dividida precisamente por el uso de este tipo de recursos narrativos. Asimismo, la crítica juzgó con dureza la combinación técnica entre el 2D tradicional y el CGI.

Aunque la narrativa de la obra peca de ser excesivamente explicativa, cabe destacar la intención del director por retratar las luchas generacionales. Su propuesta ofrece una mirada necesaria a los conflictos que los jóvenes enfrentan en su día a día, convirtiendo la ficción en un espejo de la realidad actual.
Regresando al punto de partida, el desgaste que la venganza produce en Scarlet revela una belleza de otro orden: una que sugiere que el odio no es lo trascendental, sino la capacidad de cerrar heridas y seguir adelante. Aunque quizás no se sitúe entre las obras maestras de Hosoda, es una pieza imprescindible para quienes aprecian la narrativa visual y el viaje espiritual de una protagonista decidida a salvar su alma. Una obra bella que ya pueden disfrutar en todos los cines.












