En La Cultura en Portada, podcast de La Máquina, conversamos junto al director Diego “Mapache” Fuentes, mente detrás de Matapanki, sobre sus referentes, cómo fue la creación de la cinta y su opinión del mundo artístico.
Fotos por Simonne Cifuentes y Catalina Navarro.
Hay cineastas que llegan con una película. Y hay otros que llegan con un mundo. Diego “Mapache” Fuentes pertenece a la segunda categoría.
Su ópera prima, “Matapanki”, no solo ha circulado por festivales como Berlín o Valdivia, sino que también ha irrumpido como una propuesta que desarma códigos: mezcla de punk, cultura pop, precariedad creativa y una identidad territorial marcada por la periferia de Santiago.
Si uno busca al director Diego Fuentes en los créditos de una película, es probable que encuentre “Mapache”. Es un apodo que, según él, lo acompañará incluso después de su muerte, momento en el que, bromea, “se hará noticia”. Pero antes de llegar a la prensa, Diego —o Mapache— tuvo que recorrer un camino poco convencional, marcado por una lista de espera universitaria, un grave accidente de salud, videojuegos y, sobre todo, una visión del cine que mezcla la urgencia del punk con una meticulosa obsesión por la forma.
En una íntima conversación para La Cultura en Portada, el joven director nos abre la puerta a su universo: un lugar donde la periferia de Quilicura se convierte en un lienzo, donde la neurodivergencia es un motor creativo y donde las limitaciones técnicas no son barreras, sino oportunidades para innovar.

El origen: un accidente, una crisis y una decisión improvisada
La historia de Diego no es la del típico estudiante de cine que soñaba con Hollywood desde la infancia. De hecho, su primer amor fueron los videojuegos. “Yo venía más del mundo de los videojuegos”, confiesa. Tras un paso escolar irregular y un accidente de juventud que le cambió la perspectiva, Diego se encontró en una encrucijada.
“Yo cuando chico quería estudiar algo relacionado con los juegos… pero era pésimo en matemáticas”, cuenta. Esa imposibilidad técnica lo empuja hacia otro lado, aunque sin claridad.
El punto de quiebre llega tras un accidente que lo obliga a detenerse: “Tuve un accidente… y claramente no podía seguir en esa línea. Entonces empecé a buscar opciones”.
El relato tiene algo de deriva, de improvisación constante. No hay una vocación romántica temprana, sino una construcción a partir del descarte: “En el colegio nunca me fue muy bien… siempre estuve más ligado al arte que al lenguaje más tradicional”.
Incluso su ingreso a estudiar cine parece sacado de una escena de urgencia: “Me llamaron y me dijeron ‘tenís que venir ahora ya a matricularte’… y fui. Después me llamaron de otra universidad… y dije ‘ya estoy acá’”.
Lo que en otro contexto sería precariedad, aquí funciona como origen creativo.

La universidad: romper el prejuicio y encontrar comunidad
El ingreso a la universidad no solo implica formación técnica, sino también un choque social.
“Yo tenía un sesgo social súper grande”, reconoce Diego “Mapache” Fuentes, quien ingresó a la Universidad del Desarrollo. La idea de enfrentarse a un espacio asociado a privilegios le generaba distancia. Pero esa percepción se desarma rápidamente: “Hay gente con mucha plata… pero son personas igual. Y son buenas personas”.
Esa experiencia no es menor. No solo amplía su mirada, sino que define su red de trabajo futura: “La gran mayoría del equipo de la película es gente que conocí en la universidad”.
En ese proceso también aparece otro elemento clave: el esfuerzo cotidiano. “Me demoraba una hora cuarenta en llegar… pero me daba lo mismo. Era una carrera tan bonita”.
El cine deja de ser una opción y comienza a transformarse en una convicción.

Quilicura: territorio, identidad y estética
Si hay una decisión consciente en Matapanki, es su localización. Quilicura no es solo un escenario: es el corazón simbólico de la película.
“Era la única comuna donde podía imaginar la historia”, afirma y agrega: “Para mí es el lugar que conozco… y tiene sus propios personajes”.
Diego “Mapache” Fuentes construye una lectura territorial que se aleja de la representación tradicional: “Quilicura tiene otra estética, otra forma de moverse… no es lo mismo que el centro”.
Y añade una dimensión histórica: “Fue campo… y en pocos años tuvo un crecimiento brutal. Eso genera contrastes muy fuertes”.
Filmar ahí implica, además, un gesto íntimo: “Todo lugar donde creciste se transforma en un lienzo”.
Ese gesto —casi autobiográfico— convierte la película en una intervención sobre el propio espacio vivido.

El origen de “Matapanki”: crear sin permiso
Cuando se le pregunta a Diego “Mapachi” Fuentes por Matapanki, su exitosa ópera prima que ha pasado por festivales como Valdivia, Ñuble y Berlín, Diego es enfático: “Siempre ha sido una talla”. La película nació de una idea fortuita junto al equipo (“el Polín”, el co-grabador), pensando en crear algo de lo cual se sintieran orgullosos sin las restricciones impuestas por la academia.
Esa lógica lúdica se convierte en método: “Hagamos algo sin los límites típicos que te pone la escuela”.
El resultado es una obra que no responde a expectativas industriales ni académicas. Y quizás por eso mismo conecta. “Nunca pensamos que iba a llegar a salas… ni a festivales”, reconoce.
El momento en que esa realidad cambia queda grabado: “Cuando vimos la sala llena en Valdivia fue como ‘esto está raro’”.
La sorpresa no es solo por el éxito, sino porque rompe con la lógica que ellos mismos tenían sobre su obra.

Influencias: del cómic al cine radical
El universo creativo de Fuentes no distingue entre alta cultura y cultura popular. Todo convive. Desde Spider-Man hasta el cine experimental japonés, pasando por videojuegos y cómics.
Pero hay una obra que marca un antes y un después: Tetsuo: The Iron Man. “Esa película llegó en el momento justo”, recuerda. “Dije: esto es lo que quiero hacer”, agrega.
El impacto es tan fuerte que redefine su camino: “Si él pudo hacer eso en el 89… yo puedo hacer algo similar en Chile”.
La identificación no es solo estética, sino también política y productiva: cine hecho desde la precariedad, pero con una potencia radical.

El cine como acto político
Para Fuentes, no existe neutralidad en el arte.
“El cine es político, siempre”, afirma. “Hay un punto de vista, una agenda, decisiones detrás”, menciona.
Su crítica apunta directamente a la falta de alfabetización audiovisual: “No se enseña a reconocer el subtexto… a darte cuenta cuando te están vendiendo algo”.
Y ejemplifica con claridad: “Estados Unidos bombardea un país y después hace una película donde ellos son los héroes”.
Su cine, en ese sentido, no busca esconder su postura, sino exponerla desde la forma, el tono y la narrativa.

Lo punk: más allá del estereotipo
Uno de los ejes conceptuales de Matapanki es la resignificación de lo punk.
“Para mí no es violencia… es hermandad, amor, compañerismo”, explica.
Su experiencia personal en ese mundo le permite desmontar clichés:
“Hay una idea de apoyarse, de crear juntos… de resistir el sistema”.
Esa lógica colectiva también se traslada al proceso de la película:
“Si tú tenís este proyecto, yo te apañó”.
Lo punk, entonces, deja de ser estética y se transforma en ética.

Neurodivergencia: método, obsesión y creación
Uno de los momentos más íntimos de la conversación aparece al abordar su condición. “Me diagnosticaron Tourette cuando era chico… y también TOC”, cuenta. Hoy, los síntomas son menos visibles, pero su impacto permanece: “Tengo obsesiones con las formas de hacer las cosas… con la metodología”.
Lejos de ser un obstáculo, se convierte en parte del proceso creativo: “Aprendí a vivir con eso… y permea la creación”.
Incluso proyecta abordarlo en futuras obras, aunque con cautela: “Es un tema complejo… no quiero tratarlo desde el morbo”.

El caos como motor creativo
En varios momentos, Fuentes vuelve sobre una idea: el desconcierto. “A mí me sigue pareciendo raro todo esto”, dice sobre el éxito de la película.
Esa sensación de extrañeza parece ser también el motor de su cine. No hay certezas, sino intuiciones. “Nunca me imaginé llegar a esto”, insiste.
Pero esa falta de previsión no es debilidad, sino método: crear sin saber exactamente a dónde se llegará.

“Corazón de polilla”: el siguiente paso de Diego “Mapache” Fuentes
Su próximo proyecto, Corazón de polilla, marca una evolución clara. “Es completamente diferente”, adelanta.
La historia incorpora elementos más sensibles y simbólicos: “Es un triángulo amoroso… con una dimensión fantástica”.
El concepto central es la transformación: “Hay una idea de metamorfosis… de identidad”.
También se profundiza el componente político: “Hay valores no transables: antifascismo, antirracismo, compañerismo”.
Y a nivel estético, se aleja del ruido punk hacia una propuesta más contemplativa: “Va por un lado más sensible… más visual”.

Epílogo: un cine que no pide permiso
La historia de Diego “Mapache” Fuentes no es la de un cineasta que siguió el camino correcto. Es la de alguien que encontró su camino en medio del error, la improvisación y la intuición.
“Siempre pensé que iba a encontrar la forma”, dice.
Hoy, con Matapanki como carta de presentación, su cine se instala como una de las propuestas más singulares de su generación.
Y aunque insiste en que todo empezó como una talla, lo cierto es que su obra ya dejó de ser un accidente.
Al cerrar la entrevista, su mensaje a las nuevas generaciones es claro: el cine no es una élite inalcanzable. Con la facilidad de acceso a plataformas actuales, la creación está al alcance de quien se atreva. Él ya dio el primer paso, y con un “Mapache” en la dirección, la industria audiovisual chilena parece tener asegurada una cuota de frescura, honestidad y, sobre todo, mucho corazón punk.
Mira el capítulo completo de Diego “Mapache” Fuentes en “La Cultura en Portada” acá:












