Pablo Neruda vs. Gabriela Mistral: 7 diferencias entre los ganadores del Nobel

 Pablo Neruda vs. Gabriela Mistral: 7 diferencias entre los ganadores del Nobel

En su histórico discurso ante las Naciones Unidas en 1972, el presidente Salvador Allende describió a Chile como “un país de cerca de diez millones de habitantes que en una generación ha dado dos premios Nobel de Literatura. Gabriela Mistral y Pablo Neruda, ambos hijos de modestos trabajadores”. 

Era un detalle que no podía faltar. Apenas el año pasado el “compañero” Neruda había sido galardonado con el Nobel. No obstante, la comparación es un poco forzada si tomamos en cuenta que entre el nacimiento de Gabriela Mistral (1889-1957) y el de Pablo Neruda (1904-1973), hay quince años de diferencia. Contemporáneos sí, pero difícilmente califican como parte de una misma generación. De hecho, estos dos se conocieron en 1920, cuando Lucila Godoy (Mistral) fue directora del Liceo de Niñas de Temuco, época en que Neftalí Reyes (Neruda) era solo un adolescente al que le recomendaba libros.

Mistral fue la primera latinoamericana en ganar el Premio Nobel de Literatura y Neruda “el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma”, según Gabriel García Márquez. Ambos fueron poetas, profesores, provincianos, diplomáticos y los dos recibieron el Nobel; ella en 1945 y él en 1971.

Si bien a primera vista pareciera ser el mismo currículum, hay importantes diferencias entre ambas figuras. No solo a nivel de prosa literaria, también en cuanto a sus vidas y pensamientos.

Él ateo y ella católica

Como buen comunista, Pablo Neruda renegaba de la existencia de Dios. “Nosotros no rezamos”, sostenía tajantemente el vate parralino en su “Canto General“. Mistral, en cambio, era una católica devota. Esto se vio reflejado en su obra, en poemas como Mejor busque entre los pobres, sobre la pasión de Cristo, o en su poema “Dios lo quiere“.

Es más, para su muerte, la profesora de Vallenar pidió ser enterrada con el hábito franciscano y donó su premio Nobel a la orden de los franciscanos. Razón por la cual la medalla que le entregó el rey de Suecia la podemos encontrar en la actualidad en el museo de la Iglesia de San Francisco en la Alameda, junto a su biblia personal.

Él comunista y ella centrista, pro Falange

Pablo Neruda era muy amigo del expresidente socialista Salvador Allende y Mistral, del exmandatario radical Pedro Aguirre Cerda. Ambos jefes de Estado, asimismo, iniciaron las gestiones ante la Academia Sueca para que sus respectivos amigos fueran galardonados con el Nobel.

Las ideas políticas de Pablo Neruda son conocidas por todos. Histórico militante del Partido Comunista, sus obras más políticas fueron La uvas y el viento y “El ángel del comité central. En Canto General, destaca su polémica oda a Josef Stalin (“Stalin alza, limpia, construye, fortifica,/ preserva, mira, protege, alimenta,/ pero también castiga”, se lee entre los versos del libro) y posteriormente otro poema que le dedicó al dictador soviético con motivo de su muerte en 1953; incluso escribió unos versos, de los que después se arrepintió, al candidato presidencial Gabriel González Videla (“el pueblo lo llama Gabriel”), quien llegó a La Moneda con el apoyo del PC. Con su colega de Vicuña, en cambio, es más difícil definir su orientación política.

El presidente Salvador Allende y Neruda.

Muchos creen erróneamente que la poetisa era una mujer casi tan izquierdista como su par parralino, pero lo cierto es que no le gustaba el comunismo y su pensamiento encajaba más con el centro político. Si bien nunca militó en ningún partido o movimiento y ella misma hacía gala de ser apartidista, opinaba constantemente sobre política.

La poetisa se alegró mucho cuando su colega Aguirre Cerda fue elegido presidente de Chile. No solo porque el radical también se desempeñó como profesor de colegio, sino porque representaba al sector más conservador del Partido Radical y por su anticomunismo se resistió inicialmente a que el Frente Popular incluyera al PC.

Gabriela Mistral, en una carta dirigida a un joven Eduardo Frei Montalva en 1939, describía al presidente Aguirre Cerda como “un hombre de centro, absolutamente de centro”, cuyo gobierno se veía amenazado por “la manipulación logrera del ibañismo-comunistoide o socialiante”.

En una siguiente carta al mismo remitente, sostuvo que consideraba que el presidente radical estaba llevando a cabo un buen gobierno, pero que su mayor “desgracia” era que estaba “muy amarrado con los de izquierda que hacen política chata, no resuelven nada y sólo se preocupan del reparto del botín administrativo en forma que avergüenza”. 

Más adelante, en 1952, Mistral llamó a votar por un candidato de centroderecha: Arturo Matte Larraín. ¿La razón? El candidato favorito era el exdictador Carlos Ibáñez del Campo, a quien Mistral, demócrata convencida, despreciaba por su pasado autoritario. Matte, por su parte, era el candidato que le seguía en las encuestas. Esto no evitó que Ibáñez volviera a La Moneda con un contundente 46% de los votos, seguido por el 27% de Matte. Mucho más atrás quedó Salvador Allende, en su primera aventura presidencial, con un 5%, quien ya en esa época contaba con el apoyo de Neruda.

Otro presidente con quien Mistral tuvo una estrecha relación fue Eduardo Frei Montalva. La poetisa conoció al entonces joven político en los albores del movimiento político Falange Nacional (futura Democracia Cristiana) allá por los años 30, e incluso llegó a escribir el prólogo de su libro La Política y el Espíritu (1940).

Gabriela Mistral murió en 1957, poco antes de que se fundara oficialmente el Partido Demócrata Cristiano. Tampoco vivió para ver a su amigo Frei ser elegido presidente en 1964, pero se dice que ella llegó a afirmar que Frei sería “un presidente de lujo para Chile” y que de ser elegido “aplaudiría desde mi tumba”. Curiosamente, un fuerte temblor remeció al país el día de las elecciones del ’64 cuando Frei fue electo jefe de Estado.

Por todo lo anterior, la sede de la Democracia Cristiana tiene un mural donde inmortalizó a grandes mujeres de sus filas y Gabriela Mistral comparte el espacio junto a Soledad Alvear y Mariana Aylwin.

Mural en sede del Partido Demócrata Cristiano.

Él era carrerista y ella o’higginista

Mucho antes de que Chile se dividiera a punta de sangre y fuego entre allendistas y pinochetistas, era otra la pugna política e histórica en torno a la cual se estructuró este país: entre o’higginistas y carreristas.

En El Romance de los Carrera, comprendido dentro de “Canto General”, Pablo Neruda describió al prócer de la patria como “Príncipe de los caminos / hermoso como un clavel /embriagador como el vino / era don José Miguel” y le atribuyó haber sido el primero que dijo “Libertad en nuestra tierra /sin reyes y sin tiranos“, versos que fueron incluidos en el billete de 1000 escudos dedicado a José Miguel Carrera.

Mistral, por su parte, en más de una ocasión, evidenció su admiración por el pelirrojo general, a quien apodó como  “el primero entre los chilenos” y le dedicó varios versos del poema Chillán (comprendido en Poema de Chile). Asimismo, dictó en Perú en 1938 una conferencia titulada “O’Higgins, símbolo en la gesta de la emancipación y de la amistad del Perú y Chile”, resaltando la figura del prócer chillanejo.

Billete de José Miguel Carrera con los versos de Pablo Neruda.

Él admiraba a los cóndores y ella prefería a los huemules

El poeta parralino tenía al cóndor como uno de sus fetiches. A tal grado que su casa inconclusa, cuyos cimientos siguen en pie en Lo Curro, se iba a llamar “La Manquel” (de la palabra en mapudungún “manque”, que significa “cóndor”), y la diseñó con la forma del ave nacional. Dentro del diseño, la sala de estar iba a tener una forma circular, simulando el “pecho” del pájaro, otorgando a los residentes una visión privilegiada de la ciudad.

Yo soy el cóndor, vuelo / sobre ti que caminas /y de pronto en un ruedo /de viento, pluma, garras, / te asalto y te levanto / en un ciclón silbante / de huracanado frío. / Y a mi torre de nieve, / a mi guarida negra / te llevo y sola vives”, escribió el bardo en su poema El Cóndor.

Casa inconclusa de Neruda en Lo Curro.

Todo lo contrario a Gabriela Mistral, quien sentía mayor afinidad por el otro animal presente en el escudo nacional: el huemul. En su famoso ensayo Menos cóndor y Más Huemul, la poetisa llegó a afirmar: “yo confieso mi escaso amor del cóndor, que, al fin y al cabo, es solamente un hermoso buitre. Sin embargo, yo le he visto el más limpio vuelo sobre la Cordillera. Me rompe la emoción el acordarme de que su gran parábola no tiene más causa que la carroña tendida en una quebrada. Las mujeres somos así, más realistas de lo que nos imaginan…”.

En el mismo texto, la pedagoga criticaba que los maestros en las escuelas imparten que el cóndor representa orgullo, fuerza y dominio sobre su territorio, dejando en segundo plano los atributos del huemul. “Es una bestezuela sensible y menuda; tiene parentesco con la gacela, lo cual es estar emparentado con lo perfecto. Su fuerza está en su agilidad. Lo defiende la finura de sus sentidos: el oído delicado, el ojo de agua atenta, el olfato agudo. Él, como los ciervos, se salva a menudo sin combate, con la inteligencia”.

No obstante, Mistral también es consciente que esta criatura tiene poca fuerza como símbolo heráldico y nacional, “tal vez el símbolo fuera demasiado femenino si quedara reducido al huemul, y no sirviera, por unilateral, para expresión de un pueblo”.  En otras palabras, el cóndor representa la fuerza bruta, y el huemul lo sensible y la astucia. El primero lo masculino y el segundo lo femenino.

Ella del norte; él del sur

Ambos dedicaron buena parte de su obra a describir poéticamente su país: Pablo Neruda lo hizo con su monumental Canto General (1950) y Mistral con su obra póstuma Poema de Chile (1967). No obstante, el provenir de extremos opuestos del país marcó en buena medida la interpretación que hicieron de la misma larga y angosta franja de tierra.

Lucila, oriunda de Vicuña y con sangre diaguita en sus venas -se reconocía mestiza, y decía estar orgullosa tanto de su sangre indígena como de la española-, en su famoso poema Todas íbamos a ser reinas mezcla a su querido valle del Elqui con Palestina. “En el valle de Elqui, ceñido /de cien montañas o de más, / que como ofrendas o tributos /arden en rojo y azafrán (…) / De los cuatro reinos, decíamos, / indudables como el Korán, / que por grandes y por cabales/ alcanzarían hasta el mar. / Cuatro esposos desposarían, / por el tiempo de desposar, / y eran reyes y cantadores / como David, rey de Judá”.

Lejos del misticismo religioso de la profe Lucila, Neftalí creció en una flora y fauna completamente distintas: en medio de los bosques y las lluvias de Temuco. Y aún más, creció en el corazón del conflictivo Wallmapu.

En Canto General las referencias a Arauco son constantes, y el poeta sureño hace un pormenorizado relato de la conquista española de Chile, y de la resistencia indígena. “Detrás del rostro forestal del Toqui / Arauco amontonaba su defensa: / eran ojos y lanzas, multitudes / espesas de silencio y amenaza, / cinturas imborrables, altaneras / manos oscuras, puños congregados. / Detrás del alto Toqui, la montaña, /y en la montaña, innumerable Arauco”, se lee en su poema La guerra patria. Un estilo belicoso bastante distinto al de la poetisa católica y antimilitarista.

Los diaguitas fueron conquistados rápidamente por los españoles, pero los mapuche se resisten hasta hoy a ser dominados. Eso marcó la visión de nuestros poetas: en medio del árido, tranquilo y silencioso valle nortino era más fácil meditar, e incluso divagar, con una Tierra Prometida lejana. Neruda, en cambio, se formó viendo el dolor y las cicatrices aún abiertas de Arauco. Dios no estaba del lado de los mapuche, claramente.

Él mujeriego y ella lesbiana

Mientras la autora de Desolación era homosexual, el autor de 20 poemas de amor y una canción desesperada era un conocido heterosexual (y súper heterosexual, parafraseando a Julio César Rodríguez). Se casó tres veces y era conocido por frecuentar prostíbulos y tener distintas amantes.

Mistral en cambio nunca se casó ni tuvo hijos, pero a sus sesenta años conoció a quien sería su mayor confidente: la norteamericana Doris Dana (en ese entonces de 28 años). Si bien la poetisa nunca se refirió en público sobre su vida privada, la correspondencia entre esta y Doris es bastante elocuente: “Tú no me conoces todavía bien, mi amor. Tú ignoras la profundidad de mi vínculo contigo. Dame tiempo, dámelo, para hacerte un poco feliz”, dice una de las cartas que le escribió a Dana.

La respuesta a esta última carta incluye palabras como: “Yo me pongo en el viento y en la lluvia tierna, para que estos, viento y lluvia, puedan abrazarte y besarte para mí“. Lo anterior nos ayuda a entender por qué Dana se convirtió, tras la muerte de Mistral, en la albacea de sus bienes materiales e intelectuales.

Hay que mencionar, eso sí, que Neruda también tenía un criterio bastante abierto para la época en torno a la homosexualidad. Lucila no era su única amiga con esta condición. En España, el poeta chileno conoció a Federico García Lorca, poeta y dramaturgo gay de quien se hizo gran amigo.

García Lorca fue fusilado durante la Guerra Civil española, por su orientación política y sexual. Su trágico final es tratado por Neruda en su poema “El último amor de Federico”, el cual originalmente iba a publicar en su libro Confieso que he vivido (1974). No obstante, Neftalí se arrepintió de incluirlo en la versión final. “¿Está el público suficientemente desprovisto de prejuicios para admitir la homosexualidad de Federico sin menoscabar su prestigio?”, argumentó el poeta. Dentro de dicho texto, se cuenta que la homosexualidad de García Lorca “se llevaba a la manera española y latina”, entre otros puntos polémicos para la época.

Él misógino y ella feminista (pero moderada)

El proyecto de cambiarle el nombre al Aeropuerto de Santiago, de Arturo Merino Benítez a Pablo Neruda ha sido presentado varias veces en el Congreso. No obstante, la última vez generó el rechazo de la diputada Pamela Jiles y de agrupaciones feministas, quienes se negaron a homenajear a un hombre que calificaron como machista, misógino y violador.

Estas acusaciones beben de dos episodios de la vida del poeta. El primero, se dio cuando Neruda se desempañaba con 24 años como diplomático en Sri Lanka, en Asia. Allí habría violado a una sirvienta, según describe en sus memorias: “Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré a la cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. (…) El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”.

El segundo episodio, refiere al abandono de Malva Marina, hija que tuvo Pablo Neruda con su primera esposa, la holandesa María Antonieta Hagenaar ¿la razón? La niña nació con hidrocefalia en 1934 y los doctores le pronosticaron que viviría muy poco. Efectivamente así fue, la pequeña murió con solo ocho años de vida.

Sorprende, eso sí, la frialdad con la que el poeta se desentendió de su única hija. Su esposa le pidió desesperadamente en varias cartas que le enviara dinero, exigiéndole que cumpliera con sus deberes de padre. La situación económica de la holandesa se volvió aún más difícil con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de tener el poder de sacarlas de Europa gracias a su trabajo como embajador de Chile, Neruda simplemente las ignoró. En las más de 500 páginas de sus memorias no menciona a Malva en ningún minuto. Sí se refiera a ella en una carta dirigida a su amiga Sara Tornú: “Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma, una vampiresa de tres kilos“.

Todo lo contrario a la profe Mistral, quien se hizo cargo de su sobrino Yin Yin como si fuera su hijo.

Malva Marina Reyes, la hija no deseada de Neruda.

A la luz de estos textos, varias feministas propusieron que en lugar de Neruda el aeropuerto fuera rebautizado como Gabriela Mistral. Argumentaban que a lo largo de su vida, la poetisa fue una mujer empoderada que rompió barreras y estigmas machistas en un país sumamente patriarcal, logrando sobresalir como pedagoga, poetisa y diplomática. Además, toda su vida la dedicó a promover la educación de mujeres y niñas, sobre todo de las más pobres y rurales.

Curiosamente, este pensamiento la llevó a tener una conflictiva relación con las organizaciones feministas de su época, particularmente con la también pedagoga y feminista Amanda Labarca. Esta última fue una de las fundadoras del Consejo Nacional de Mujeres, organización a la que invitó a la poetisa a incorporarse. A lo cual Mistral respondió: “Con mucho gusto, cuando en el Consejo tomen parte las sociedades de obreras, y sea así, verdaderamente nacional, es decir, muestre en su relieve las tres clases sociales”. Para Mistral, era impresentable que el organismo excluyera al sector más pobre y desprotegido de Chile: las mujeres obreras.

No solo eso, la poetisa renegó tanto del feminismo de élite como del feminismo más extremo, criticando ya en 1927 lo que hay llamaríamos “lenguaje inclusivo”. “Hay un lote de ultra amazonas y de walkirias, elevadas al cubo, que piden con un arrojo que a mí me da más piedad que irritación, servicio militar obligatorio, supresión de vestido femenino y hasta supresión de género y el lenguaje… Y hay una derechas femeninas, que siguen creyendo que la nueva legislación debe estar presidida por el imperativo que da la fisiología y que pueden traducirse más menos así: la mujer será igual al hombre cuando no tenga seno para amamantar y no se haga en su cuerpo la captación de la vida, es decir, algún día, en otro planeta, de esos que exploran los teósofos en su astral!”, escribió doña Lucila.

Todos estos datos nos sirven para poner en perspectiva un curioso fenómeno: con motivo del llamado estallido social, los nombres de Pablo Neruda y Gabriela Mistral se han repetido en demasía entre las consignas de los manifestantes. Al primero se le funa por violador y machista y la segunda es exaltada como símbolo del feminismo.

No obstante, de estar vivos hoy, lo más probable es que Pablo Neruda estaría todos los viernes caceroleando en Plaza Dignidad. Claro que en la noche se iría a comer al Liguria y de ahí al Passapoga, pero como buen comunista, apoyaría las manifestaciones de principio a fin. Mistral, en cambio, condenaría la violencia tanto de Carabineros como de la Primera Línea, criticaría a las feministas más extremas y lloraría la quema de iglesias a lo largo de Chile.

Diego Escobedo

(Santiago, 1994). Escribo de historia, cine, literatura, y distintas curiosidades que se me van ocurriendo.

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