El joven actor chileno Ramón Gálvez interpreta a Ricardo, protagonista de Matapanki, una película que canaliza la frustración, el desencanto y la resistencia de una generación.
En conversación con La Máquina, Gálvez reflexiona sobre la construcción de su personaje, el síndrome del impostor que enfrentó durante el rodaje, las dificultades de abrirse paso en la actuación nacional y los desafíos que enfrenta la cultura chilena para conectar con nuevos públicos.
Para Ramón Gálvez, Matapanki llegó en uno de los momentos más contradictorios de su vida. Mientras se preparaba para asumir el papel más importante de su joven carrera, también lidiaba con el golpe de haber reprobado un semestre en la carrera de actuación que cursaba en ese entonces. Entre la inseguridad y el entusiasmo, encontró en el equipo de la película el respaldo necesario para enfrentar un desafío que terminó marcando su trayectoria.

En la cinta, Gálvez interpreta a Ricardo, un joven punk que, detrás de una apariencia ruda y desafiante, esconde una sensibilidad que se expresa en las relaciones que construye con quienes lo rodean. A través de él, Matapanki explora temas como la frustración social, el agotamiento frente a las estructuras de poder y la necesidad de encontrar espacios para expresar el malestar colectivo.
A propósito del recorrido que ha tenido la película y de las reflexiones que sigue generando, conversamos con el actor sobre el proceso creativo detrás de Ricardo, las complejidades de la industria audiovisual chilena y su mirada sobre el presente cultural del país.
- ¿Cómo fue el proceso de construcción de Ricardo, tu personaje en Matapanki?
Me encantaría poder decir que hice un trabajo profundísimo, aunque para el momento en que lo hice sí lo sentí así. Lo veo en perspectiva y entiendo que hoy tengo más herramientas y una metodología distinta para abordar personajes. Lo primero que hice fue proponerme estudiar el texto constantemente. Mi meta era leer el guion completo una vez por semana; al final terminaba haciéndolo cada dos semanas, pero había un trabajo riguroso de preguntarme quién era realmente esta persona. Más allá de si era un héroe o no, me interesaba entender cómo se relacionaba con el mundo y con quienes lo rodeaban.

Ramón Gálvez refuerza: “Lo que más me llamó la atención de Ricardo fue esa ternura escondida detrás de una apariencia dura. Es un personaje muy punk: sale a tomar, va a tocatas, carretea, pero también cuida a su abuela. Esa contradicción me parecía muy humana y quise trabajarla desde las relaciones que construye durante la película. También exploré su forma de expresarse, que no era tan distinta a la mía. En ese entonces todavía estaba estudiando actuación y no contaba con todas las herramientas que tengo hoy, pero igualmente fue un personaje que exigió tiempo y dedicación para construirlo”.
- ¿Qué diferencias encontraste entre tú y Ricardo?
La más evidente es que Ricardo no sabe inglés y yo sí. De hecho, tengo un nivel bastante avanzado, así que cuando llegaba la famosa línea de “don’t speak English” se transformaba en un desafío inesperado. Me preguntaba cómo decirlo sin que se notara que en realidad manejo el idioma con naturalidad. Puede parecer una diferencia pequeña, pero en ese momento me hizo pensar mucho. ¿Cómo desaprendes algo que ya forma parte de ti para interpretar a alguien que no tiene esa experiencia?

“También está el aspecto físico. Ricardo es muy cercano, muy de piel con las personas que quiere. Yo no soy así. Me cuesta el contacto físico incluso con mis amistades más cercanas. Durante las primeras pruebas de cámara eso se notaba bastante. Recuerdo especialmente las escenas con la actriz que interpretaba a la abuela. Al principio no existía esa sensación de cariño que requería la relación. Los abrazos se sentían forzados porque yo mismo no estoy acostumbrado a expresar afecto de esa manera. Fue un trabajo importante aprender a transmitir cercanía desde el cuerpo”, añade Ramón Gálvez.
- ¿Qué significa Matapanki para ti?
Es la expresión de una rabia y una frustración que creo que todos hemos sentido alguna vez. Hay una dedicatoria en los créditos de la película que habla de todas las personas que se han sentido estresadas por este sistema, y para mí ahí está el corazón de Matapanki. Esa rabia acumulada durante años, esa sensación de estar constantemente enfrentando obstáculos, termina necesitando una salida. Lo que veo en la película es justamente eso: una emoción contenida que finalmente explota. No como un acto planificado, sino como algo inevitable. Es un grito después de haber acumulado demasiado tiempo frustración.

- Durante el rodaje enfrentaste desafíos tanto emocionales como físicos. ¿Cuál fue el más difícil?
Antes que todo, creo que ninguno de esos desafíos habría podido superarlo sin el equipo. Uno de los más importantes fue enfrentar el síndrome del impostor. Yo había trabajado muchísimo preparando el personaje, pero cuando llegó el momento de grabar me preguntaba constantemente si realmente estaba a la altura. Hay algo que nunca había contado demasiado: cuando me confirmaron que había quedado en Matapanki, yo acababa de reprobar un semestre de actuación. Entonces, estaba viviendo una situación muy extraña. Por un lado, sentía que había fracasado académicamente; por otro, me estaban eligiendo para protagonizar un proyecto cinematográfico.
“Eso generó muchas dudas internas. Pensaba: “¿Seré realmente capaz? ¿Estaré al nivel del resto?”. Las primeras jornadas fueron particularmente difíciles por esa inseguridad. Sin embargo, el mismo elenco y el director me ayudaron a entender que todos estábamos remando hacia el mismo lado. Nadie estaba ahí para competir. Todos querían que la película funcionara. Cuando comprendí eso pude confiar más en mis compañeros y también en mí mismo”, menciona Ramón Gálvez.

En lo físico, las escenas de acción fueron complejas. Tuvimos clases de lucha libre para prepararnos y aprender a coordinar movimientos frente a la cámara. Pero probablemente una de las escenas más difíciles fue la del final, donde me subo encima del presidente. Aunque había especialistas y todas las medidas de seguridad, igual existía ese temor natural de alguien que no tiene experiencia previa en ese tipo de secuencias.
- ¿Valió la pena el desgaste que implicó el rodaje?
Completamente. Las jornadas eran larguísimas, muchas veces de diez horas o más. Llegaba a mi casa agotado, hablando prácticamente con monosílabos. Había días en que pensaba: “No quiero seguir”. Pero al mismo tiempo estaba profundamente agradecido de estar ahí. Era una experiencia que había soñado durante mucho tiempo. Entonces convivían esas dos sensaciones: el cansancio extremo y la felicidad de estar participando en algo tan importante para mí.

- ¿Cómo lograste compatibilizar el rodaje con tu formación universitaria?
En realidad decidí congelar mis estudios durante ese período. Como había reprobado un semestre anteriormente, mi avance académico estaba detenido y entendí que intentar adelantar ramos mientras filmaba era poco realista. El rodaje requería demasiadas horas y demasiada energía.
Añade Ramón Gálvez: “Pero nunca pensé en abandonar la carrera. Siempre tuve la convicción de que debía volver. Yo veía a mis compañeros y sabía que no estaba tan lejos de ellos en términos de capacidades; simplemente había cometido errores y me había distraído en momentos importantes. Cuando terminó Matapanki, regresé a la universidad con más claridad y con muchas ganas de seguir aprendiendo”.

Desde tu experiencia, ¿cuáles son las principales dificultades para los actores jóvenes en Chile?
Una de las más evidentes es que muchas veces hay que pagar para ser visto. Me refiero a los cursos especializados, los talleres con directores de casting, los books fotográficos profesionales y una serie de herramientas que terminan siendo casi obligatorias si quieres abrirte camino en la industria. Y ojo, no digo que sean inútiles. Todo lo contrario. El conocimiento que uno adquiere en esos espacios es muy valioso. Pero existe una realidad económica que no todos pueden asumir con facilidad.

“Entre actores jóvenes suele decirse en broma que uno paga para entrar a una base de datos. Hay algo de verdad en eso, pero también es cierto que esos espacios permiten aprender muchísimo. Por eso mismo yo sigo ahorrando para poder tomar nuevos cursos y continuar perfeccionándome”, asegura Ramón.
- ¿Por qué crees que al cine chileno le cuesta conectar con públicos más amplios?
Es una pregunta compleja y creo que podría dar para una conversación larguísima. Existe este prejuicio de que en Chile todas las películas hablan de la dictadura, cuando en realidad es un porcentaje bastante pequeño de la producción nacional. Sin embargo, sí creo que gran parte del cine es político, porque el arte en sí mismo es político. Incluso películas que parecen simples comedias terminan diciendo algo sobre la sociedad en que vivimos. Eso forma parte de la naturaleza del arte.

Ahora bien, tampoco me gusta cargar toda la responsabilidad sobre el público. Creo que el problema es mucho más amplio y tiene que ver con cómo se difunde la cultura. Muchas veces el acceso cultural depende de que la gente salga a buscarlo por iniciativa propia. Yo mismo descubro la mayoría de las actividades porque las investigo. No porque me aparezcan naturalmente en mis redes sociales o en espacios públicos.
“Me parece que ahí hay un trabajo pendiente. No necesariamente en la creación artística, sino en la difusión. Hay muchísimas alternativas culturales accesibles que la gente simplemente no conoce”, finaliza Ramón Gálvez.
- ¿Qué rol debería asumir el Estado en ese proceso?
Principalmente uno relacionado con la difusión. Cuando pienso en países que han logrado fortalecer sus industrias culturales, veo una preocupación permanente por acercar esas expresiones a la ciudadanía. Información en espacios públicos, campañas de difusión, acceso claro a las carteleras, promoción de actividades locales. Muchas personas creen que el arte es inaccesible porque las únicas referencias que reciben son producciones muy costosas. Pero existen salas, centros culturales y espacios independientes con valores muchísimo más bajos. La pregunta es cómo logramos que la gente se entere de que esas alternativas existen. Ahí veo una tarea importante para las instituciones públicas.

- Para cerrar, ¿con qué directores te gustaría trabajar en el futuro?
Hay varios. Me gustaría trabajar con Pedro Almodóvar. No necesariamente porque sea un fanático absoluto de su cine, sino por la relevancia cultural que tiene y por lo importante que me parece seguir construyendo referentes desde el mundo hispanohablante. También admiro mucho a Alejandro González Iñárritu por la forma en que cuenta historias y construye emociones en pantalla.

El protagonista de “Matapanki” menciona: “Y bueno, creo que como a muchos actores, me encantaría trabajar algún día con Martin Scorsese. Es una persona que transmite un amor, un respeto y una pasión inmensa por el cine. Poder compartir un proyecto con alguien que vive el arte con esa intensidad sería un privilegio enorme. Porque al final, más allá de cualquier meta profesional, lo que uno busca es seguir encontrándose con personas que aman el cine tanto como uno”.













