“Sentimental Value” (Valor sentimental) ya está disponible en salas de cine y se apunta como una de las grandes cartas para la próxima entrega de galardones en Hollywood. Lee esta reseña en La Máquina.
Por Fernanda Miranda J. (@fermirandv), periodista y gestora cultural.
En el último Festival de Cannes, el director Joachim Trier declaró en la conferencia de prensa de “Sentimental Value” que la ternura es el nuevo punk, y no puedo estar más de acuerdo. Hay algo profundamente desafiante en bajar las barreras y decidir escuchar y acoger al otro.
El sexto largometraje de este director noruego posiciona a sus protagonistas como seres condenados a cargar un ancla emocional que los ata directamente al pasado. El espectador observa a una familia discordante a través de un ensayo escolar en el que Nora (Renate Reinsve) imagina su hogar como un ser viviente. La casa se transforma en un personaje más, pues muta de la mano con los protagonistas: una arquitectura emocional que condiciona a quienes la habitan. Aquí aparece con claridad la premisa de Trier, que postula el valor sentimental que le otorgamos a los objetos, algo único y característico de nuestra especie. Colocamos valor en cosas que no respiran porque son ellas las que nos acompañaron a lo largo de la vida como extensiones del yo.
“Sentimental Value” se encarga de advertirnos desde el primer minuto que la casa es el objeto que ha trascendido generaciones y ha presenciado cientos de historias pasar por ella. Es el hilo conductor que se detiene para mostrarnos la relación de un padre con sus hijas: dos hermanas que se acompañan en la soledad de un espacio que las ve crecer bajo el cuidado de una madre psicóloga y la ausencia de un padre cineasta.
Cargada de primeros planos, la película nos enfrenta de manera directa con la soledad y la rabia de sus personajes. El dolor acecha bajo la superficie, contenido durante décadas por quienes lo habitan. Ese mismo dolor une a Gustav Borg (Stellan Skarsgård), un reconocido cineasta que no ha hecho una película en quince años, con sus dos hijas, con quienes mantiene una relación lejana y ambigua: Nora (Renate Reinsve), la mayor, y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), la menor. Este dolor acompaña al espectador a lo largo de una narrativa familiar cargada de momentos tiernos y melancólicos. Los primeros planos dialogan con precisión con los planos dorsales, donde la cámara se sitúa a espaldas del actor, que deja de ser el centro del encuadre; lo verdaderamente importante es el espacio que rodea a ese ser que se percibe completamente solo en el mundo.

Las personas conectan con el cine de Trier porque son capaces de identificarse con él. Historias donde las relaciones humanas funcionan como el nodo de la trama y las actuaciones como aristas que fluctúan a medida que sienten. El director demuestra una confianza inmensa en su elenco, y se nota: son capaces de transmitir la magnitud de las emociones incluso en los planos silenciosos y prolongados.
Conectar con el pasado vuelve difícil el acto de desprenderse. Vivir con la melancolía a la espalda, persiguiéndote como una sombra, condena al ser a una tristeza vaga y profunda. Eso es lo que atraviesan los protagonistas de este largometraje: cargan con el peso de una identidad confusa, una identidad que se moldea y se filtra a partir del entorno y de aquello que nos rodea. En este caso, un padre escribió el guion de su vida y necesita que su hija sea la protagonista. Una historia hecha para ella, que a la vez le recuerda a él mismo y a su madre. Dos personas que desean reconectar, pero carecen de la motivación necesaria para lograrlo. ¿Hasta qué punto el arte es una forma de amar y hasta qué punto es una herramienta para controlar el relato? Seres perdidos en la soledad del espacio que, de una u otra forma, necesitan acudir a la creación como forma de expresión, incapaces de comprender del todo la melancolía que los embriaga. Sin embargo, gracias al valor sentimental que depositan en ello, a veces un solo intento basta.












