¿Papelucho es nacionalista?: Deconstruyendo a Marcela Paz

 ¿Papelucho es nacionalista?: Deconstruyendo a Marcela Paz

La escritora Ester Huneeus Salas (1902-1985), mejor conocida con el seudónimo de Marcela Paz, se hizo conocida por sus libros para niños, principalmente por la saga de Papelucho, hoy un clásico de la literatura infantil chilena. Su nombre es prácticamente sinónimo de aventuras juveniles y de una entrañable infancia para la mayoría de los chilenos, sean o no amantes de la lectura.

No obstante, justamente porque su obra llega a un público transversal, muy pocos saben que estamos ante una escritora de derecha. 

Papelucho llega al teatro - Pauta.cl

Marcela Paz: ideología velada e intrínseca

Proveniente de familia de políticos, hija del diputado del Partido Conservador, Francisco Huneeus, la joven Ester tuvo siempre una vida acomodada y ligada a la clase alta chilena. Tras el golpe de Estado propiciado por Augusto Pinochet, fue una de las pocas escritoras que siguió no solo escribiendo libros, sino que ganando premios. El más importante fue el Premio Nacional de Literatura en 1982.

Si bien nunca militó en un partido ni se le conocen simpatías por algún movimiento en particular, cabe preguntarse cuánto de sus ideas y convicciones empapan sus libros. ¿Estamos adoctrinando a los niños que leen Papelucho con los ideales de Pinochet? Para nada. Sus libros son a grandes rasgos apolíticos. Y decimos “a grandes rasgos” porque todo es política en la vida, por lo que no está de más hacer una revisión rápida de dos de sus publicaciones más conocidas.

Papelucho historiador (1955)

Más allá de que este libro, el tercero de la serie de Papelucho, comete serias imprecisiones históricas y errores de hecho, sobre todo cuando narra el proceso independentista (se sobreentiende que la autora buscó simplificar lo más posible procesos históricos complejos para el público infantil), releído con “ojos de grande” entrevemos que la visión político-ideológica del protagonista es bastante llamativa.

Papelucho se encuentra cursando tercero básico y la clase de historia es impartida por la señorita Carmen. La primera clase es de geografía y el protagonista queda deslumbrado por la riqueza geográfica y natural de Chile. “¡Me gusta haber nacido en Chile! (…) ¡estoy bien feliz de nacer chileno!”, llega a exclamar Papelucho. Curiosamente el escolar dice estar tan contento de que su país sea tan largo y diverso, que cuando grande sueña con salir a recorrerlo. Argumento que Marcela Paz desarrollará dos décadas después en otro libro, Perico trepa por Chile.

El mensaje explícitamente patriota ayuda a entender por qué este libro fue tan difundido por el Ministerio de Educación.

Más adelante, la señorita Carmen le enseña a su curso la llegada de los españoles a América. Es muy significativo que se omita por completo la palabra “conquista” y en su lugar se hable sólo de “descubrimiento”. Y llama la atención que caiga en errores bastante disonantes, como afirmar que Colón era portugués o el hasta hoy extendido mito de que intentaba probar que la Tierra era redonda. Imprecisión contra la cual los profesores de historia aún deben luchar.

No obstante lo anterior, el libro no se alinea con el hispanismo, visión histórica muy presente en los años cincuenta. Todo lo contrario. Papelucho demuestra una concepción bastante negativa de los españoles. A Diego de Almagro, por ejemplo, lo describe como “chico y tuerto”.

Su aversión por los peninsulares parece venir de Maldonado, un compañero de curso con el que se lleva mal, que es oriundo de España (es bien llamativo que tenga un compañero de curso europeo. Quizás el colegio de Papelucho es más pituco de lo que aparenta), y que le saca pica constantemente al patriota Papelucho con que España es la “Madre Patria”.

Sin embargo, Papelucho llega a afirmar que “lo mejor que hicieron los españoles fue enseñarnos a los indios a conocer a Cristo”. Aquí es donde notamos la mano de don Jaime Eyzaguirre (1908-1968), historiador e hispanista acérrimo y, al igual que Papelucho, un católico devoto.

La autora buscó crear un personaje que sintiera una profunda admiración por el pueblo mapuche, al grado de que Papelucho sueña por las noches que es hijo de un toqui, que caza su propio alimento y se enfrenta en batallas con otras tribus. Incluso critica la ausencia de una calle y una micro con los nombres de Galvarino y Lautaro en el Santiago contemporáneo.

Hay un claro afán por reivindicar a los pueblos originarios, pero hoy hace mucho ruido que el protagonista se refiera a ellos sólo con los calificativos de “indio” y “araucano”. Hay que pensar que esto fue escrito mucho antes de la emergencia indígena en América Latina (1992), e incluso mucho antes de los trabajos de Boccara y Villalobos. De ahí que, aunque Marcela Paz busque realzar al pueblo mapuche, su cosmovisión sigue estando sujeta al paradigma histórico más conservador de Eyzaguirre y Encina, en la cual los “indios” fueron, afortunadamente, evangelizados por los españoles.

¿Qué pasa con los otros pueblos indígenas? Es bastante hilarante cuando la profesora Carmen enseña los aportes del imperio Inca en suelo chileno, previo a la llegada de los españoles. La maestra explica a sus alumnos que los quechuas le enseñaron a los indígenas chilenos a trabajar gredas y otras artes. Pero Papelucho es reticente a esta lección: “¿Los quechuas eran peruanos, ¿no? Y usted llama cultura que se metieran a Chile”, sostiene el pequeño weichafe, y propone que la historia fue al revés: los “araucanos” le enseñaron a los quechuas a trabajar la greda, rehusándose a reconocer que esos últimos poseyeron una “gran cultura”.

Para algunos puede tratarse de un chovinismo tan exacerbado como ingenuo por parte de Papelucho, pero su aversión a los peruanos y a los extranjeros en general, si le sumamos su enemistad con Maldonado, puede ser el germen de la xenofobia en muchos lectores infantiles, o cuando menos el reflejo de un país muy poco habituado a recibir inmigrantes en los años 50.

No podemos dejar de mencionar la visión que brinda de las mujeres este libro. Si bien se consigna el ataque de Michimalonko a Santiago el 11 de septiembre de 1541, llama la atención la ausencia de Inés de Suárez. No la menciona en ningún minuto, ni siquiera cuando describe el degollamiento de los siete caciques indígenas prisioneros, el cual la autora atribuye genéricamente a “los santiaguinos”. Más adelante narra la vida de Catalina de los Ríos y Lisperger, la “Quintrala”, una “millonaria loca (…) es famosa por lo loca que fue”.

Y si volvemos al presente, hacia el final del libro Papelucho se enoja con su profesora porque le dio un beso en la oreja en frente de la clase y le confesó que estaba feliz debido a que su novio la amaba. “¿Para qué me lo dijo? ¿qué me importaba a mí que “él la amara”? Eso es lo malo de todas las mujeres. Lo único que les importa es el amor”, medita enojado el escolar.

Llama la atención que siendo Marcela Paz una de las pocas escritoras mujeres con tal éxito en el Chile de antaño, no se haya preocupado por realzar el rol de su género en su obra (al revés de otras plumas como Bombal, o más recientemente Isabel Allende). Esto hace más ruido si consideramos que el tema estaba muy presente, no olvidemos que las mujeres recién votaron en su primera elección presidencial en 1952, tras años de lucha por conseguir el voto femenino.

Papelucho» de Marcela Paz > Poemas del Alma

Perico trepa por Chile (1978)

Publicado a fines de los setentas y con ilustraciones de Alicia Morel (escritora y esposa del senador designado William Thayer), el libro narra las aventuras de Perico, un niño fueguino quien se rehúsa a seguir los pasos de su padre pastor de ovejas, por lo que se escapa y sale a recorrer Chile, de punta a punta.

Al igual que en Papelucho, Perico es muy católico. En su narración también encontramos el mismo mensaje nacionalista, rayando a ratos en el chovinismo. Perico está deslumbrado con lo grande y largo de su país, aseverando quererlo cada vez más con cada lugar que visita. Haciendo dedo o trabajando en distintos pitutos, viaja junto al capitán de un barco pesquero, un piloto de avión, un camionero, un arqueólogo y un motociclista, entre otros.

Quizás el momento menos inocente de su viaje es cuando hace dedo en el desierto y se topa con el motociclista. Tras acompañarlo un rato, se detienen y una patrulla de carabineros pasa cerca de ellos, por lo que el sujeto se esconde. No lo alcanzan a ver. El extraño personaje le explica al niño que hace tiempo tuvo problemas con la justicia, pero nada grave. A partir de aquí, el escolar viajará con el ojo bien puesto sobre el extraño personaje, quien sospecha que puede tratarse de un terrorista. Más adelante se revela que se trataba de un narcotraficante.

Lo extraño aquí es que esa sea la sospecha de Perico. En la actualidad, cualquiera hubiese pensado de un personaje de tales características que puede tratarse de un ladrón o un fugitivo, o derechamente un narco. Difícilmente un niño de hoy hubiese pensado en esa posibilidad, “terrorista”. Esto viene a ser el único momento donde se puede entrever el contexto político de la época: cuando guerrillas terroristas como el MIR, y más adelante el FPMR, se enfrentaban a la dictadura de Pinochet.

Si bien el asunto es tocado superficialmente, se sobreentiende que Perico condena la violencia política, adhiriendo al discurso oficialista de la dictadura. No por nada, ha viajado con uniformados gran parte de su travesía, y hacia el final retorna a su hogar gracias a la ayuda de un capitán de la aviación, con el sueño de crecer para convertirse en “piloto, marino y médico”. Ojo que sus dos primeras opciones son militares.

El libro termina con Perico exclamando: “Yo quería trepar por Chile hasta arriba, hasta donde termina, y lo he logrado. ¡Chile y su gente chilena son maravillosos!”. Y sin embargo, es cuando menos curioso que en su extenso viaje prácticamente no haya visto pobreza, cuando el país viene saliendo de la crisis de 1975 y la mitad de la población vive bajo el umbral de la pobreza. Pero para Perico, Chile es la copia feliz del Edén y su gente la pasa de maravillas. O como diría Jorge González: “lo estamos pasando muy bien”.

***

Una de las grandes críticas que hace el escritor Axel Kaiser a la derecha chilena, es lo que él llama la “fatal ignorancia”. Vale decir, su desinterés total por la cultura y las artes. La preocupación casi exclusiva por la tecnocracia economicista de la derecha local, los ha hecho ignorar la batalla de las ideas, la cual hace rato que fue ganada por la izquierda. No obstante, siendo justos, esta crítica es válida para la derecha neoliberal post Chicago Boys.

Si hacemos historia, el gobierno chileno osciló entre dos partidos de derecha, el Conservador y el Liberal, hasta 1925. Y más menos hasta la década de los 50s (antes de los revolucionarios sesentas y la Nueva Canción Chilena), la derecha tuvo un correlato artístico-cultural con el cual defenderse. Aquí tenemos a Jorge Inostroza, autor del mayor best seller chileno del siglo XX: Adiós al Séptimo de Línea. También tenemos al Grupo de los Diez, con plumas como la de Pedro Prado y Augusto D’Halmar. Todos tratando temas nacionalistas y costumbristas en sus libros. Es en esta época en que podemos enmarcar a Marcela Paz.

Menos explícitos e ideológicos en su estilo que los escritores de izquierdas, los autores afines a las derechas suelen ser mucho más sutiles a la hora de transmitir sus ideas a través de sus versos. Cuando se es niño cuesta detectarlos, como a varios les debe haber pasado con Papelucho o Perico. Pero leídos con lupa a la luz de la actualidad, salen interesantes mensajes y discursos ideológicos que hoy nos pueden sonar, cuando menos, desfasados.

Es importante, por lo mismo, mantener el ojo crítico ante cada lectura. También la sensatez y el sentido de equilibrio para no caer en interpretaciones rebuscadas o forzadas- un buen ejemplo sería Para leer al Pato Donald, escrito durante la Unidad Popular-. Es, al fin y al cabo, un libro para niños.

Y sin embargo, hoy que está muy en boga este tema, el “adoctrinamiento” del que serían víctima los niños en las escuelas, ante el cual, por la más mínima sospecha muchos padres son capaces de poner el grito en el cielo (y padres de todos los colores políticos), no está de más preguntarnos qué es lo que estamos haciendo leer a los pequeños. Y aun más, qué es lo que queremos que lean.

Diego Escobedo

(Santiago, 1994). Escribo de historia, cine, literatura, y distintas curiosidades que se me van ocurriendo.

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