Crítica de “La Historia del Sonido”, con Paul Mescal y Josh O’Connor: Una de las películas más delicadas e íntimas del año

Crítica de La Historia del Sonido: lo íntimo sobre amor, memoria y el poder del sonido como huella emocional que resiste al paso del tiempo. Lee nuestro análisis en La Máquina.

Hay cosas que se dan por hechas; el paso del tiempo nos hace caer en tal ilusión y nos diluye la capacidad de asombro. Sin embargo, existen algunas que el tiempo no puede tocar y que, con cada redescubrimiento de su esencia, la magia del hecho se mantiene eternamente, así como la esencia de los sentimientos o la difícil ternura de un recuerdo cargado de nostalgia. Son experiencias que, aun cuando parecen simples, resisten el desgaste y continúan interpelándonos desde un lugar íntimo y profundo.

La Historia del Sonido (The History of Sound), película dirigida por Oliver Hermanus, presenta a Lionel Worthing (Paul Mescal), un joven que, gracias a poder “ver y saborear el sonido”, es enviado al Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra, en donde, luego de escuchar en un bar una suave voz cantar a sus espaldas una canción que él identifica, conoce a David White (Josh O’Connor), un músico con un repertorio de canciones impresionante. Luego de comenzar una bonita relación y un par de despedidas, producto de la Primera Guerra Mundial, ambos se reencuentran para viajar juntos, grabando y recopilando canciones populares en la zona rural de Maine en discos fonográficos de cera, un gesto que adquiere un valor emocional y patrimonial incalculable.

La historia se desarrolla a lo largo de los años, en los que presenciamos cómo, pese a estar con otras personas, la relación de ambos sigue presente gracias a los recuerdos que continuaron floreciendo, persistiendo como una huella imposible de borrar.

Más allá de las métricas: la música como experiencia emocional en La Historia del Sonido

Pese a lo que podamos imaginar por su título, esta no es una película que tome el concepto del sonido y lo desarrolle de manera técnica y/o pedagógica, como lo han hecho otras cintas acerca de la música, el cine o incluso el arte de la cocina. No, esta es una obra que nos sitúa y nos sumerge en aquello que subyace al concepto del sonido, y nos muestra aquello que puede verse afectado por un avance técnico en particular.

Es una historia sencilla de amor, romance, pérdida y encuentros; lazos que no se pueden ni se quieren romper, cuya esencia está solapada por las posibilidades que pueda entregar algo tan abstracto como el sonido. Recordemos un pasaje de la película: “el sonido es invisible, pero puede ser físico. Puede tocar algo y dejar una impresión”. Esto no es sobre partituras, frecuencias, talento o virtuosismo, sino sobre el concepto de un gran amor que puede durar tanto como un verano o una vida entera, y las huellas que ese tipo de relación puede dejar en nosotras y nosotros.

Sin querer entrar en conceptos técnicos y remitiéndome netamente a aspectos sensoriales, la película, en su sencillez, logra algo extremadamente acertado y de una manera muy contenida. La Historia del Sonido construye una atmósfera acogedora y serena, difícil de lograr en cualquier obra. La película abandona cualquier pretensión de espectacularidad edulcorada y aterriza su mundo en ambientes virtualmente cotidianos y conocidos, incluso para alguien que jamás haya salido de la urbe.

Sus visuales captan la belleza de las locaciones interiores y exteriores, pero siempre sirviendo como marco para resaltar lo importante: la belleza de la intimidad humana. A su vez, el sonido es personal, casi rozando el aspecto interno del personaje de Lionel, construyendo capas sensoriales sin adquirir un protagonismo indebido.

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El sonido como extensión del cuerpo y la memoria

Esta sensibilidad se intensifica en el momento en que la sinergia audiovisual traspasa el límite de las dos dimensiones y termina por estimular un sentido impropio del cine, manipulándonos incluso al hacernos sentir lo perfumado de un ambiente compartido por dos personas, quienes acaban de enamorarse en su primer encuentro. El sonido deja de ser un recurso narrativo y se transforma en una extensión emocional del recuerdo.

Durante sus aproximadamente dos horas de metraje, la película nos conduce por una relación de casi una vida, en la que el drama se va enriqueciendo con momentos de dolor y humor, de suma ternura, preciso y necesario. Y es que, como se partió comentando, hay cosas que el paso del tiempo termina por afectar en nuestra capacidad de asombro.

Hoy, el hecho de poder registrar un momento o un fragmento de un ser querido nos parece común; lo hacemos todo el tiempo y sin tomarle el peso a esos documentos, sin dimensionar el impacto que un avance técnico puede tener en nuestras vidas.

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La belleza de lo íntimo y la persistencia del recuerdo

Qué bello es poder ver el brillo del cabello de un ser querido o las singularidades de su piel iluminadas por los rayos de sol de la mañana en una fotografía, y no contentarnos sólo con el fantasma de un recuerdo, así como es de una belleza incalculable el poder escuchar y revisitar un susurro antes de dormir o los ronroneos de un ser que ya no volveremos a sentir. En esos pasajes de intimidad es donde radica la delicadeza de La Historia del Sonido.

Así como son necesarias las historias cargadas de épica, asombro y espectáculo, también lo son las que apelan a algo más sencillo y cercano. Algunas pasarán desapercibidas; incluso con rostros de fama mundial, recaudarán menos que aquellas dominadas por explosiones o grandes artificios narrativos. Efectivamente, ante un modo de valorización de mercado, ciertas historias serán silenciadas, pero no por ello dejarán de aullar en el tiempo.