Crítica de “Sirāt”: Cuando el trance encuentra su límite en una ambiciosa e intensa película

Sirāt, disponible en salas de cine, es un viaje por el desierto marroquí donde sonido, territorio y búsqueda se cruzan. Lee nuestro análisis en La Máquina.

Sirāt reúne música electrónica, ravers cubiertos de arena y la figura de un padre que busca a su hija entre fiestas clandestinas perdidas en la inmensidad del desierto de Marruecos. La cuarta película de Oliver Laxe toma su nombre del Sirāt, este puente que según la tradición islámica se extiende sobre el infierno y que todas las almas deben cruzar el Día de la Resurrección para alcanzar el paraíso.

Más que una referencia simbólica, la noción del tránsito organiza la película como una experiencia de desplazamiento constante. Todo con el riesgo siempre presente. Con dos nominaciones a los premios Óscar en las categorías de Mejor Sonido y Mejor Película de Habla no Inglesa, y tras un sólido recorrido por festivales, la película se inscribe dentro de una filmografía que continúa interrogando la relación entre territorio, fe y experiencia.

El filme obtuvo el Premio del Jurado en Cannes, un espacio clave en la trayectoria del director gallego. Allí Laxe recibió el Premio FIPRESCI por Todos vosotros sois capitanes (2010), el Premio de la Crítica por Mimosas (2016) y el Premio del Jurado en Un Certain Regard por O que arde (2019). Con Sirāt vuelve a ser reconocido en la sección oficial. Producida por los hermanos Almodóvar, la película se aparta de los registros anteriores del cineasta. Este filme se presenta como su trabajo más expansivo en términos narrativos y formales, sin abandonar, en parte, la austeridad que caracteriza su mirada.

‘Sirāt’, la nueva película de Oliver Laxe

Marruecos vuelve a ser el escenario principal. Algo que ya ocurrió en Todos vosotros sois capitanes y Mimosas, aunque aquí el territorio adquiere un peso aún más determinante. El guion, coescrito con el argentino Santiago Fillol, colaborador habitual desde Mimosas, se abre con una rave en pleno desierto, donde el sonido y el movimiento anteceden a cualquier información narrativa.

En ese contexto aparecen Luis, interpretado por Sergi López, su hijo menor Esteban (Bruno Núñez Arjona) y su perro. Buscan a Mar, la hija mayor, desaparecida hace meses y aparentemente integrada al circuito errante de las raves clandestinas.

La búsqueda se desarrolla bajo un clima de tensión. Marcado por la presencia de vehículos militares, que patrullan la zona y obligan a dispersar a los asistentes. Mientras el contexto político y bélico se hace evidente, los ravers europeos continúan desplazándose como si el entorno no los interpelara. Luis y Esteban recorren el desierto repartiendo flyers con la imagen de Mar. Nadie parece conocerla y, aun así, la búsqueda persiste.

Tras el desalojo de la primera rave, Luis decide seguir a un grupo que se dirige hacia otra fiesta en un punto incierto del desierto. Se integra así a una comunidad de europeos que viven en permanente tránsito, atravesados por la música electrónica, las drogas y una desconexión casi total respecto del territorio que recorren. Padre e hijo comienzan a convivir con este grupo contracultural, cuyas rutinas contrastan con la urgencia de la búsqueda. También difieren con la realidad del país que atraviesan, marcado por conflictos, mercado negro y una llamativa ausencia de población local.

Sirāt
‘Sirāt’, la nueva película de Oliver Laxe

La pregunta por qué estos cuerpos europeos insisten en ocupar ese espacio queda suspendida mientras avanzan hacia la fiesta prometida. Como si el desplazamiento fuera un fin en sí mismo. Lo que comienza como una doble búsqueda, la de la hija y la de la rave, deriva en una sucesión de acontecimientos que quiebran progresivamente cualquier ilusión de control. Ni la música ni el trance funcionan ya como refugio en estos paisajes que recuerdan a Mad Max.

La película adopta entonces la forma de un road movie que se desarticula. Un recorrido incierto por un desierto impredecible que por momentos remite a escenarios postapocalípticos. La dificultad del terreno se vuelve una experiencia de desgaste físico y vital, y la desconexión aparece como un privilegio frágil. El desinterés de los ravers por lo que ocurre a su alrededor encuentra su límite en el último tramo del relato. Allí la violencia irrumpe de manera abrupta y el viaje desemboca en un desenlace seco y sin concesiones. Es un registro poco habitual dentro de la filmografía de Laxe, pero que funciona bien y sorprende.

‘Sirāt’, la nueva película de Oliver Laxe

El trabajo sonoro resulta central en la construcción de la experiencia. El diseño de sonido y las composiciones de Kangding Ray sostienen el relato desde lo físico, marcando ritmos, tensiones y silencios. La dirección de fotografía de Mauro Herce refuerza esta dimensión al situar a los personajes como figuras pequeñas. Muchas veces desorientadas frente a lo sublime del desierto, que opera como un espacio activo, indiferente y dominante.

A lo largo de sus casi dos horas de duración, Sirāt propone un recorrido sin certezas, donde la búsqueda no garantiza encuentro y el desplazamiento no conduce necesariamente a un destino. La película avanza como una travesía sostenida por el cuerpo, el sonido y el territorio. Siempre dejando una impresión persistente que continúa operando más allá de su cierre. Probablemente la película más intensa y ambiciosa de Laxe y, aunque de momentos parece querer hacer sufrir a sus espectadores, el filme supera las expectativas.