Crítica de “Primate”: Hay buenas razones para no tener mascotas exóticas

Andes Films nos invitó a la función de prensa de Primate, la nueva apuesta de terror adolescente. Lee nuestra crítica en La Máquina.

Iniciar un año cinematográfico suele ser, muchas veces, un ejercicio de paciencia. Sobre todo si consideramos que este 2026 promete el regreso a la cartelera de grandes nombres como (DOOON) Steven Spielberg, Denis Villeneuve, Christopher Nolan, Chloé Zhao, Alejándro González Iñarritu, entre otros. Pero antes de que estos créditos comiencen a desfilar (aunque algunos ya han visto Hamnet de Zhao), el año abre con una propuesta bastante más modesta: una película de terror adolescente que, sin ser perfecta, conoce los códigos del género y los ejecuta con relativa solvencia. No es para volverse locos, pero tampoco para salir arrancando (ahora que lo pienso, no sé si eso último es un buen piropo para una película de terror).

Dirigida por Johannes Roberts, hablamos de: Primate.

¡Me quiero volver chango!

¿Por qué una familia tendría un chimpancé como mascota? Esa es, probablemente, la primera pregunta que se le cruza a cualquier espectador apenas conoce la premisa de la misma película. Aunque eso tiene una respuesta dentro de la misma, al final da igual.

Lo importante es que Lucy (Johnny Sequoyah), luego de mucho tiempo, regresa a la casa de su padre Adam (Troy Kotsur) en Hawaii, junto a su amiga Kate (Victoria Wyant) y Hannah -no tan amiga- (Jessica Alexander), para pasar una temporada junto a él, su hermana Erin (Gia Hunter) y al verdadero protagonista de esta historia: Ben, un chimpancé que, más que mascota, es un miembro más de la familia.

Todo parte muy bonito, muy tierno: Reencuentros familiares, amistades buena onda, fiestas y amores de verano. Hasta que, durante la segunda noche — justo cuando Adam se va para vender su libro a una productora (cosa de escritores, supongo) —, Ben muestra todos los síntomas del virus de la rabia tras ser mordido por un animal infectado el día anterior (aunque no queda muy claro el cuándo exactamente). Ahora nuestros jóvenes protas estarán obligados a luchar por sobrevivir, atrapados en una casa (mejor dicho piscina), frente a una criatura salvaje que antes era casi un hermano.

Sí, es inevitable pensar oye, esto se parece a Cujo. Y sí, el parentesco existe, pero Primate no llega a ese nivel. En Cujo logras encariñarse con el perrito, entender la dinámica familiar y sufrir cuando… comienza a cambiar (llorando). Aquí, en cambio, el pobre Ben no alcanza a generar ese vínculo emocional. Solo te lo han mostrado en una escena sin que dé miedo o te des cuenta que algo raro le pasa. El cambio ocurre rápido, sin el suficiente peso dramático y, como espectador, nos damos cuenta que lo mejor toma la “salida rápida” más que una posible recuperación. No generamos empatía con el pobre mico (palabra antigua, lo sé).

La piscina parece una excelente idea para refugiarse de un chimpancé que no sabe nadar.

Hay cosas positivas

La película cumple con lo que promete, pero no exageremos. Es entretenida y sus 89 minutos ayudan a encapsular una historia básica, con personajes funcionales pero poco interesantes y algunas subtramas inconclusas (como un triángulo amoroso que solo quedó en una mirada).

Los mayores aciertos de Primate no pasan por su historia ni por sus personajes, sino por un conjunto de decisiones que sostienen la experiencia incluso cuando el guion flaquea o se vuelve predecible o “poco inspirado” (4 adolescentes versus un chimpancé al lado de una piscina… algo pudieron hacer. ¿no?). La puesta en escena demuestra una comprensión clara del espacio y del suspenso, utilizando el color, la iluminación y la oscuridad no solo como recursos estéticos, sino como herramientas narrativas que regulan la presencia de Ben. A esto se suma la figura de Troy Kotsur, cuya sola aparición otorga un peso emocional que el resto del elenco difícilmente alcanza, funcionando casi como un ancla dramática en un relato que por momentos se siente liviano, a pesar del gore y la sangre que incluyeron en las muertes.

Pero quizás el mayor gesto de convicción está en la elección de lo tangible: el chimpancé se percibe físico, pesado y real, gracias al trabajo con efectos prácticos y una corporalidad cuidadosamente construida, lo que potencia la sensación de peligro. Finalmente, la música termina de cerrar este andamiaje formal, apelando a una tradición reconocible del cine de terror y construyendo una atmósfera oscura y constante que, sin reinventar nada, cumple eficazmente su función.

Detrás de esa materialidad hay un trabajo técnico que merece ser destacado: la decisión de construir al chimpancé mediante animatrónicos, marionetas y actuación física real —con Miguel Torres Umba dentro del traje— no solo le otorga verosimilitud, sino también una inquietud difícil de replicar digitalmente, donde cada movimiento parece levemente impredecible y, por lo mismo, más perturbador. Esa presencia concreta dialoga bien con una fotografía que sabe cuándo ocultar y cuándo revelar, reforzando la sensación de amenaza sin caer en la sobreexposición.

En paralelo, la música de Adrian Johnston actúa como un subrayado emocional constante, utilizando sintetizadores y progresiones que remiten, de forma indirecta, al imaginario de El Exorcista: no literalmente, obvio, sino que como una memoria audible que se activa en los momentos justos. Es en esa suma —la de la imagen, el cuerpo y el sonido— donde Primate encuentra su mayor coherencia, construyendo una experiencia que funciona más por acumulación sensorial que por fuerza narrativa.

Troy Kotsur te queremos desde CODA.

No le pidamos peras a Primate

Primate no es, ni de cerca, una película perfecta. Pero al menos es honesta y ni siquiera busca esa perfección ni reinventar el género o una propuesta novedosa. Juega a lo seguro y, curiosamente, termina dotando a su protagonista simiesco de más personalidad que la de los humanos, incluso mostrando un disfrute psicopático tras cada muerte perpetrada por él (¿es normal? No soy experto en rabia, así que no opino). 

Una propuesta segura, perfecta para que adolescentes vayan al cine a ver cómo mueren otros adolescentes a manos de un chimpancé con fuerza descomunal y, de paso, aprenda una lección básica: por muy tierna que sea tu mascota, la tenencia responsable es lo más importante y no opcional (si tienes perro, sácalo a pasear con bozal).

No sería raro que de aquí en adelante veamos más películas con mascotas raras, violentas o peligrosas. Al final, como siempre, todo dependerá de la taquilla. Ustedes saben cómo funciona esto.

Primate se estrena este jueves 8 de enero en salas de cine.