‘Secretos en el Jardín’ más allá: la descabellada historia de los Psicópatas de Viña

 ‘Secretos en el Jardín’ más allá: la descabellada historia de los Psicópatas de Viña

Corría el año 2013 y las teleseries nocturnas eran todo un boom en la cultura popular chilena. Debido al horario en el que son transmitidas habitualmente (22:30 horas), estas suelen contar con mayor flexibilidad, apertura y ciertas libertades editoriales a la hora de contar una historia, abriendo la puerta para que la trama de la producción de turno sea mucho más atrayente para el espectador, estando dirigidas, habitualmente y en el papel, para un público adulto. Una de ellas fue “Secretos en el Jardín”.

Diferentes temas se han tratado en ellas a lo largo de los años: pedofilia (El Laberinto de Alicia, TVN), secuestro de menores y estupro (Dónde Está Elisa, TVN), corrupción y redes de poder (Juegos de Poder, Mega); al mismo tiempo, otras temáticas como el Chile profundo, del campo y a fines del siglo XIX y principios del XX era visto en El Señor de la Querencia (TVN), también hizo su aporte el éxito más reciente de Canal 13, Pacto de Sangre, la cual, casi sin tapujos, abarcó la temática de la prostitución infantil y las redes de prostitución y peligros en internet.

Todas las teleseries tienen algo en común: fueron exitosas en horario, crítica y tienen un lugar especial incluso en el ranking de teleseries más importantes de la historia moderna de las producciones televisivas de entretenimiento en el país, sin embargo hubo una teleserie que, producto de un error de programación – comenzó a emitirse en enero- a pesar de su calidad, fineza argumental, trama de suspenso e incluso implicancias de poder relacionadas a la dictadura miliar, pasaron desapercibidas, lo que se vio reflejado con una sintonía promedio de 11,6 puntos, perjudicada enormemente por los dos meses de verano, donde el foco de la audiencia está en otro lado. Aun así, la teleserie tiene grandes méritos.

Teleserie Secretos en el Jardin (TV/Gráfica) on Behance

Nominada a los desaparecidos premios Altazor en cuatro categorías y ganadora del premio a Mejor Guion (obra de Nona Fernández, Marcelo Leonart, Ximena Carrera y Simón Soto), la producción centrada en el famoso caso de los Psicópatas de Viña del Mar en plena década de los 80 y desarrollo de la dictadura de Augusto Pinochet, fue adquiriendo, gracias al comentario en redes sociales y a la buena impresión que dejó en el público, la categoría de material de culto, principalmente consumido años después gracias a que los capítulos pueden ser encontrados en YouTube, rescatándose así una teleserie que, por nivel de guion, producción, elenco y trama a tratar, perfectamente podría estar entre las mejores producciones, al menos en lo que va del siglo.

Inspirada en el mencionado caso de los Psicópatas de Viña del Mar (1980), la historia se desarrolla en dos aristas que, con el correr de los capítulos, logran cierta convergencia: la veta periodística y la policial. Por un lado, el afamado detective Ramiro Opazo (Francisco Pérez-Bannen) y, por el otro, el joven periodista, pareja del hija, Raquel Lastra, el periodista Javier Montes (Francisca Lewin y Mario Horton, respectivamente), ambos con el propósito de develar los misterios detrás de los asesinatos de en serie que se comenten en la zona.

En el transcurso de la investigación, ambas líneas convergen inicialmente en que los famosos empresarios Carlos Cox (Alejandro Goic) y Hernán Jeréz (Cristian Campos) eran los responsables de los homicidios, sin embargo, al poco andar y tal como en la realidad, se descubriría que los carabineros Luis Gutiérrez (Roberto Farías) y Juan Ramírez (Néstor Cantillana) serían los verdaderos culpables.

Con actores de gran trayectoria como Antonia Zegers, Camila Hirane, Claudio Arredondo, Julio Milostich, Edgardo Bruna, Francisca Gavilán, Blanca Lewin y Jaime Vadell, entre otros, Secretos en el Jardín es considerada como una de esas joyas escondidas de las teleseries chilenas.

Los psicópatas de Viña del Mar, más allá de Secretos en el Jardín

La década de los 80 fue una década especial para un Chile sumido en una dictadura que dejaba poco para confiar y sobre todo mucho a la especulación y configuraciones de teorías; los medios, tanto televisivos como impresos, así como algunas radios, eran todos controlados en su contenido por la fuerza militar, lo mismo pasaba si la atención se ponía en tribunales o decisiones de justicia, donde la operativa de entes como la Central Nacional de Inteligencia, el Ministerio del Interior o de Justicia rápidamente operaban para que las cosas se hicieran deliberadamente mal. La desconfianza era total y en ese contexto se comenzaron a desarrollar una serie de extraños crímenes en una de las ciudades más turísticas (sino la más) del país.

Era verano de 1980, ya se habían cometido cuatro de los diez asesinatos y cuatro violaciones que, entre el 5 de agosto de ese año y el 1 de noviembre de 1981, se cometieron en la ciudad jardín. Todo se hacía cuesta arriba, pues los criminales parecían conocer muy bien las formas en las que debían ocultar las evidencias en las escenas del crimen, también elegir a sus víctimas y sobre todo los lugares donde atacar – preferentemente era de noche y en los cerros o miradores de la ciudad-, imposibilitando que testigos dieran detalles certeros de quiénes eran los responsables.

Reportaje: Historias ocultas tras el caso de... | Puranoticia

Los rumores amenazaron incluso con echar por tierra al ya consagrado Festival de la Canción de Viña del Mar, con artistas de la talla de Miguel Bosé o Raphael, la posibilidad de que los homicidas y violadores aparecieran merodeando algún rincón oscuro causaban progresivamente el pavor de los habitantes y turistas, es por ello que incluso el asunto escalaría hasta la Dirección Nacional de la Policía de Investigaciones de Chile. Esta institución, por orden directa del Ministerio del Interior, designaría al Comisario Nelson Lillo, quien lideraría una de las líneas investigativas, siendo la otra conducida íntegramente por O.S 7 de Carabineros en la época.

Así se pretendía dar con el paradero de los asesinos y poner fin a poco más de un año de angustia y temor la turística ciudad.

Los crímenes

Aquel frío agosto de 1980 era especialmente gélido, pero más lo sería aquel día cinco, donde el primero de una serie de asesinatos sería cometido. La víctima, Enrique Gajardo Casales (35), sería el primero en morir a manos de los carabineros Jorge Sagredo Pizarro (29) y Carlos Topp Collins (35). Gajardo Casales, quien era acompañado por una mujer que fue ultrajada y que logró huir para nunca más referirse al tema, fue asesinado a bordo de un auto Austin Mini que sería encontrado en la ladera del Cerro Esperanza, enfrentando la popular y concurrida Av. España. El tiro en el pecho, el que le causó la muerte inmediata, fue causado por una pistola Colt Special calibre 38.

Tres meses después, en medio de un apagón que afectó a toda la ciudad jardín que facilitó el ocultamiento de la identidad de los agresores, estos, quienes rondaban las cercanías del sector de Sausalito, atacaron al médico Alfredo Sánchez (34), quien sería asesinado aparentemente por Topp Collins, nuevamente de un balazo, esta vez con arma distinta. Al momento del ataque el médico Sánchez se encontraba, al igual que en el caso anterior, a bordo de su auto junto a su prometida, quien luego de presencia el asesinato de pareja fue violada y, al no oponer resistencia, según el testimonio judicial, los asesinos le “perdonaron la vida”, dejándola ir después de al menos – también lo constata el parte legal- 10 o 15 minutos de sufrimiento.

La misma suerte correrían las otras dos víctimas de violación quienes, sin saberlo, tomarían la misma actitud que la pareja del asesinado médico, no oponiendo resistencia al feroz atraco.

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Dada la magnitud del crimen y al comentario callejero a raíz de la denuncia presentada efectivamente por la familia de Sánchez y el testimonio de su pareja, el comidillo comenzó a hacerse sentir en las calles, sembrando progresivamente el temor en los ciudadanos viñamarinos, los que especulaban, entre otras cosas, que detrás de estas brutalidades estaba la CNI, Pinochet, la dictadura. Que era para “justificar” los crímenes de Estado, que no era meramente persecución política. Prácticamente todas las teorías tenían cabida en el incipiente pero esparcido rumor sobre los Psicopatas de Viña.

La época festivalera llegaba a la ciudad jardín y, a pesar de la pesadilla que estaban significando estos crímenes, la ciudad siguió su rumbo normal y cotidiano para esas fechas, sin embargo la suerte no sería la misma para el empresario Fernando Lagunas (54), quien en medio de la algarabía festivalera se encontraba en los cerros ubicados a un costado la Quinta Vergara junto a su acompañante, la trabajadora sexual Delia González (24).

Un paradójico y controversial panorama se vivía al unísono: mientras la alegría y la fiesta del festival estaban a la orden del día, Laguna y González eran asesinados en medio de gritos y euforia descontrolada por el cantante español Miguel Bosé, la cual opacó por completo no solo los cuatro balazos con que ambos – González y Lagunas- fueron acribillados, sino también sus gritos de dolor y auxilio, pues se comprobó que la trabajadora sexual, conocida comúnmente como la “Topo Gigio”, alcanzó a vivir unos minutos después antes de morir.

El tiempo pasó sin detención y los rumores, si bien no se acrecentaban, seguían existiendo y el tema ya había pasado no solo hacer algo policial y de seguridad pública, sino que también sujeto de especulaciones que poco a poco lo transformaron en un “mito urbano”.

No obstante, todas las especulaciones e incluso las conspiraciones fueron bruscamente removidas y, aun más, aumentadas cuando la brutalidad criminal alcanzaba otro nivel con el robo de su herramienta de trabajo al taxista Luis Morales (33), quien además sería asesinado a sangre fría; a bordo del auto los asesinos Topp Collins y Sagredo, además, perpetrarían, mientras conducían por la el camino Los Ositos, el asesinato de obrero Jorge Inostrza (31), sumándole la violación de una dueña de casa testigo del hecho a vista y paciencia de sus dos hijas pequeñas.

El escalofriante caso de los psicópatas de Viña del Mar - El Mostrador

A esas alturas toda elucubración quedaba corta. A los asesinatos ya cometidos, se sumaría el del que sería víctima el también taxista Raúl Aedo (35), utilizando el mismo método del crimen cometido con Morales, utilizando el automóvil para, camino a Limache y nuevamente con la Colt Special calibre 38, dar muerte mediante tres tiros certeros a Óscar Noguera (27). Su acompañante, una mujer de 30 años, sería violada y una de las dos restantes víctimas que no opondría resistencia, salvando así su vida. En acto de arrojo (y locura) total, el auto sería dejado con los cadáveres a pocas cuadras del cuartel de la Brigada de Homicidios de la Policía de Investigaciones.

Los asesinatos de Topp Collins y Sagredo llegarían a su fin un día después del Día de los Muertos, un 1 de noviembre de 1981, cuando ese mismo día por la noche, en plena Caleta Abarca, elegirían a Roxana Verdugo (18) y Jaime Ventura (22), quienes pololeaban en el Puente Capuchinos.

Investigación y fusilamiento

Los mencionados crímenes fueron, después de las desapariciones y hechos que involucran la violación a los Derechos Humanos, los eventos más cruentos y agresivos que azolaron a la sociedad viñamarina en la década de los 80, movilizando a altas autoridades de la época y ambas policías, sin embargo el puzle no quedaría resuelto sin errores en el camino.

El empresario local, Luis Eugenio Gluber, quien además era director del Banco Nacional, fue señalado el 2 de marzo de 1982 como el responsable de todos los crímenes y violaciones, mas sería dejado en libertad por falta de méritos y pruebas concluyentes que acreditaran que, efectivamente, era el autor de los delitos indicados.

El revuelo de la detención de Gluber ocasionó gran presión en Sagredo, quien, aparentemente víctima de su consciencia, confesaría al cabo Luis Quijada de la 1ra Comisaría de Viña del Mar (misma a la que pertenecía Sagredo) su rol en la autoría de los crímenes. Quijada, quien se veía involucrado en esta situación, denunciaría a Sagredo y Topp Collins antes el Grupo de Operaciones Especiales, OS-7 de Carabineros, quienes procederían a da detener a los uniformados, quienes se declararían pública y judicialmente culpables, siendo en la sentencia dictada en primera instancia el 8 de enero de 1983 por el ministro en visita, Julio Torres Allú.

Sapo": El silencio del horror - Cine y Literatura
Recreación del fusilamiento, película Sapo.

Debido a la gravedad de los hechos, la repercusión pública y la posible sentencia que involucraba acabar con la vida de dos personas, la resolución en primera instancia sería confirmada en segunda instancia por la unanimidad de la Primera Sala de la Corte de Apelaciones de Valparaíso integrada por los ministros Margarita Osnovikoff, Iris González y Guillermo Navas. Esta condena fue ratificada por unanimidad de la Tercera Sala de la Corte Suprema, integrada por los ministros Osvaldo Erbetta Vaccaro, Emilio Ulloa Muñoz, Abraham Meersohn Schijman y los abogados integrantes Raúl Rencoret Donoso y Cecili Chellew Cáceres, el 17 de enero de 1985.

Tras un largo proceso judicial, la pena de muerte se ejecutaría un 29 de enero de 1985 en Quillota, tras negársele el indulto presidencial por parte de Augusto Pinochet. Sobre el fusilamiento, José Gai, editor nocturno del diario Las Últimas Noticias (LUN), recodaba en el mismo diario lo siguiente sobre la noche de la ejecución de la condena:

“Los fusileros entraron con uniforme y zapatillas. El piso estaba cubierto con lonas y frazadas para que Sagredo y Topp Collins no supieran el momento exacto del fusilamiento. A los dos hombres les colocaron un disco naranja en la zona del corazón para que allí apuntarán los tiradores” (LUN, 2013 tras ser consultado por la teleserie de Canal 13).

Sagredo y Topp Collins serían los último ejecutados a muerte, ya que la pena se derogaría el año 2001. Así, bajo fusiles, los excarabineros terminaban sus andanzas de muertes y violaciones, siendo recordado como uno de los hechos más trágicos y oscuros de la historial policial chilena.

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Ignacio Osorio

Quería ser futbolista, pero terminé escribiendo sobre Cultura y haciendo clases. 25. C.

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