Su día empieza a las 8:00 am. Desayuna y no se despega más del computador. En la mañana recibe los pedidos realizados la noche anterior y comienza a trabajar en ellos. Luego, llegan los platos antiguos que pidió por Starken y, desde su casa, empieza a crear su arte. Son las 19 horas y apaga todo: se pone pijama, prende la televisión y se entretiene «con cualquier tontera de Netflix o Youtube», dice riendo Rosita Beas.

Así es un día en la vida de la artista plástica chilena, que trae de vuelta a los íconos de nuestra cultura popular en sus platos, tazones y murales. Sobre la autogestión, la importancia de la educación artística, el feminismo y los acontecimientos que han marcados estos últimos años, conversó en exclusiva Rosita Beas con La Máquina.

Foto: Felipe Celis (@celis.photo_), Agencia Culturacción.

Tiene 38 años, durante diez años ejerció la docencia en un colegio católico y hace tres decidió dejar de lado la pedagogía para dedicarse de lleno a su proyecto artístico. Un mes antes de la llegada de la pandemia por covid-19 en 2020, Rosita Beas creó su sitio web, lo cual le permitió adelantarse a los sucesos y seguir funcionando, aunque a veces se siente mal de reconocerlo, admitió.

Le pregunté si tuvo que adoptar una estrategia diferente para poder enfrentarse a su trabajo. Me respondió: «Yo creo que el artista y el emprendedor tienen que tener ese poder de reinventarse, tiene que estar ahí, fresco, para poder entender su entorno, porque vamos a vivir millones de crisis».

«Obviamente disminuyeron las ventas al principio. Yo vivo del arte, dejé la pedagogía y actualmente solo me dedico a vender mi trabajo, entonces mi cerebro siempre tiene que estar funcionando y estar muy atento a mi entorno, a lo que está pasando», afirmó.

Foto: Felipe Celis (@celis.photo_), Agencia Culturacción.

Rosita Beas nació como un proyecto para abandonar la docencia, contó. «Necesitaba vivir de mi arte, que era algo que yo estudié y no lo había podido lograr porque en Chile tienes que manejar una serie de pitutos, estar metida en el medio o tal vez tener algún apellido de renombre para que te vaya bien», confesó.

Frente a la compleja situación de emerger en el sector, Rosita expresó que se dio cuenta de que no quería pertenecer a un mundo elitista del arte y en cambio «voy a hacer cosas cotidianas como tazones, platos».

¿Por qué trabajar con íconos populares chilenos?

Lo que hago es santificar a los íconos populares de nuestro país, que es un lenguaje conocido para nosotros, pues fuimos colonizados por el catolicismo y el pueblo español. Las imágenes de esta religión son super digeribles para nosotros y es una estética que está impuesta también. Yo agarré eso y lo ironizo en mis dibujos.

¿Cuál es tu vinculación con el arte kitsch? ¿Cómo llegaste a este estilo?

Cuando estudiaba arte siempre mi estética iba en el sentido del Kitsch. Siempre con lo dorado, pero fashion, no lo real, no un marco de oro, sino un marco plástico de oro. Yo crecí en los noventa, justo cuando se mete el plástico en el mundo gracias a China y potenciado también por Estados Unidos. De alguna manera, el plástico agarraba todo esto de lo falso, como las flores plásticas, por ejemplo, y todo lo relacionado a la imitación de objetos muy caros.

De todas tus colecciones, ¿cuál es la que le tienes más cariño? ¿Tu favorita?

De todos los monos que he hecho (ríe), ay, yo creo que el Negrito Matapacos y el Felipito (Camiroaga), ese es el público chileno, sí. El Negrito Matapacos lo adoran, bueno, lo adoramos; y Felipito se llevó por años el número uno de ventas, como su muerte tan trágica, era una persona que tenía carisma, que tenía compromiso social, decía cosas en la tele, contra el gobierno, hablaba y apoyaba las marchas.

No era el típico, no sé, el Rafa Araneda, o el Karol Dance (ríe), ¡Qué asco! (ríe). Imagínate, Lucho Jara, no sé, teníai a un cabro mino, con consciencia social y que tenía algo que decir, po, entonces… ¡Y se muere! trágicamente yendo a ayudar a Juan Fernández, imagínate…

Estallido Social: El capítulo agridulce de Rosita Beas

Durante el estallido social sucedido en Chile desde octubre de 2019, Rosita Beas intervino las calles con su arte. Con los días se fue trasladando de Plaza Dignidad a las afueras del GAM.

De alguna manera, su trabajo recobró sentido con todo lo que venía sucediendo, pues «yo venía haciendo íconos populares hace rato; llevaba dos años con los iconos con los que intervine durante el estallido social, como Víctor Jara, Pedro Lemebel y Jorge González», señaló.

Llegó un punto en que Rosita Beas ya no podía conciliar el sueño al llegar a su casa después de las manifestaciones. A través de sus redes, muchas seguidoras le escribían y contaban: «Rosita, acá está la cagá», «Entraron los milicos a mi casa». En ese momento se dio cuenta de que tenía que hacer algo más porque sentía una responsabilidad de entregar algo.

Sin entender mucho la técnica, la artista comenzó a pegar afiches en las calles ilustrando los íconos que venía rescatando hace tiempo. A modo de confesión, expresó: «Empecé a hacerlo de a poco, con susto, porque una era políticamente correcta en ese tiempo, ahora ya no, no soy políticamente correcta».

Foto: Felipe Celis (@celis.photo_), Agencia Culturacción.

¿Y qué sientes cuando ves que a la semana o incluso al día siguiente ya no está tu trabajo? Ya fuera porque lo sacaron o rayaron.

Sabí que me gusta, yo soy toda contraria. Tenemos que existir todos en este mundo. Me gusta que cause cosas, me gusta que el arte cause cuestiones, porque si no causa nada, queda ahí y, bueno, nadie le saca fotos, nadie le hace nada.

En ese sentido el registro es muy importante, porque cuando uno hace arte callejero, tení que tener un buen registro del proceso, una buena fotografía, porque eso va a quedar de tu arte, es como una performance o como una intervención, no va a quedar más que eso.

De profesora al pálpito callejero

Durante diez años Rosita trabajó como profesora de Artes en un colegio católico, motivo por el cual reconoce tuvo conflictos, «porque me imponían muchas cosas, tenía que vestirme de una manera, no podía hablar, tenía que taparme, ponerme un delantal, decir que era católica, porque si no lo eras, te discriminaban, te echaban, entonces traté de cuidar mi trabajo para sobrevivir en el Chile capitalista como artista y para eso tenía que mentirme a mí misma», confesó.

En la desesperación, «hice que me echaran de ese colegio. Me pagaron la gestión de años y con eso pagué deudas, porque estaba súper endeudada, obvio, como todo el chileno que trabaja mes a mes asalariado», aseguró. Un monto de ese dinero lo invirtió en máquinas para imprimir tazones, platos y todo lo necesario para emprender su nuevo proyecto.

Foto: Felipe Celis (@celis.photo_), Agencia Culturacción.

Desde allí que Rosita Beas cobró vida y despegó. Actualmente ella realiza todo el trabajo, desde la recepción de los encargos, la elaboración de los productos, el packaging y los envíos. Sin embargo, hace un tiempo contrató un ayudante. «Quiérete un poquito también, si no tengo que ser la mujer que haga absolutamente todo, puedo delegar y eso también es aprendizaje», expresó aliviada.

A pesar de su experiencia en la docencia, ella tiene muy en claro lo necesario que es para los niños y jóvenes la educación artística. Le gustaría que fuera una asignatura más importante dentro de las mallas educativas y que saber así como enseñar historia del arte nos permite entender no solo una obra, sino también lo que nos rodea «y tener herramientas para luego hablar de un trabajo, como lo que sucedió con el mural de Mon Laferte. ¿Es lindo? ¿Es feo?».

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Antes me contabas sobre el rescate de personajes populares de nuestra cultura, pero ¿cómo ha sido la vinculación con el feminismo?

Me pasan hartas cosas. Yo siempre hice arte feminista, desde el 2001 y nadie entendía. Hice muchas series de ropa interior, bordadas y series de retratos de modelos maltratadas. Hice mucho arte feminista, arte menstrual, bordada, teñía hilos con mi menstruación, hice úteros, hice autorretratos bordándome yo también. Lo hice durante muchos años, diez años por lo menos. Tal vez había menos conciencia feminista o todavía no se hacía tan masivo.

Cuando empiezo a trabajar con los íconos, para mí era súper importante trabajar con personajes reales. Para mí, las mujeres somos nosotras, la Anita González, una señora de edad con su cara de sufrimiento por haber perdido toda su familia en la Dictadura Militar, donde mataron, asesinaron a toda su familia; Violeta Parra; mujeres reales con arrugas, con sentimientos, no me gusta el estereotipo de la mujer, como la modelo feminista, no.

Está bien, puede ser, pero yo hablo como para mí. Me gusta la mujer real. Y claro, no fue tan difícil en Chile porque hay poco trabajo sobre el rescate de las mujeres que hicieron tanto por sacar el voto femenino, como por ejemplo la Elena Caffarena, o la misma Gabriela Mistral, que fue tantas veces discriminada como era vista como la señora que contaba cuentos, y era una mujer súper power. Agarrar la Gladys Marín, imagínate, le mataron al marido, vivió la vida súper tortuosa después de la Dictadura, entonces creo que eso es rescatable y yo solo pongo las imágenes ahí no más, las dibujo, rescato sus historias, eso es lo que hago.

Foto: Felipe Celis (@celis.photo_), Agencia Culturacción.

En el retail, por ejemplo, uno ve poleras con frases o símbolos feministas, ¿cómo evitar caer en esta reproducción?

Lo que pasa es que, cuando algo se pone de moda, el feminismo podríamos decir que se puso de moda, ¿cierto? y, por eso, el retail y todos toman, los mismos emprendedores, toman y empiezan a trabajar. Pero ¿sabes qué?, yo a veces digo: «bueno, si va a ser la moda ser feminista y hacer conciencia a la gente, a la cultura, que se ponga de moda».

Además, el retail siempre se va a apropiar de las cosas que están en las luchas, las minorías, siempre cuando llegan a un minuto de esplendor, siempre va a estar el ojo del retail metiéndose en lo que pueda. Pero ahí uno tiene que discernir también, puedes ir a comprarte una polera a Falabella del símbolo feminista o se lo compras a una señora que está en la calle vendiendo sus cosas y que tú sabes que es autogestión.

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Hablando del futuro y sabiendo también que ahora tienes un muy buen presente en lo laboral, ¿Qué ideas tienes para este 2021?

No soy mucho de hacer proyectos en verdad, menos ahora con la pandemia y que uno no sabe si va a poder ir a comprar Confort mañana o te van a encerrar. Los años anteriores tenía muchas cosas que hacer, muchas cosas pendientes, como la página web, contactarme con alguna tienda, algunas imágenes que me faltaban, estaba siempre al debe y este año quiero vivirlo un poco más tranquilo, sin tanto proyecto, sino que vivir un poco el día a día también.

Señaló que el buen recibimiento de su trabajo durante este tiempo es porque las personas valoran el arte en tiempos de crisis. «Nos hemos dado cuenta que no se puede sobrevivir sin arte», admitió.

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