Baquedano: ¿símbolo de la derecha?

 Baquedano: ¿símbolo de la derecha?

Algunos lo encuentran ridículo, pero lo concreto es que la gran polémica de la semana, el traslado del monumento al general Baquedano, ha sintetizado de forma bastante completa distintas problemáticas asociadas al estallido social: la Plaza Dignidad, el cuestionamiento a las estatuas, las privilegiadas manifestaciones de la ultraderecha protegidas por Carabineros, los privilegios de los uniformados, la dictadura, la ocupación del Wallmapu y, en definitiva, nuestra conflictiva historia con sus irreconciliables memorias.

El asunto se puede analizar desde distintos ángulos: desde la historia, la sociología, el urbanismo, la seguridad, y por supuesto, la política. Hasta el 18 de octubre de 2019, Baquedano era simplemente el mono que acompañaba a los manifestantes en Plaza Italia, en triunfos deportivos y manifestaciones ciudadanas. Después de ese día, su reputación cambió completamente: del desconocimiento casi total, pasó a ser el “genocida” de la Araucanía, el “golpista” que contribuyó al derrocamiento del presidente Balmaceda, el “huaso bruto” que dirigió sus batallas erráticamente, sacrificando innecesariamente a sus propios soldados  al servicio de una guerra imperialista, y en suma, el último gran símbolo del discurso de la oligarquía pinochetista.

Si bien los tres primeros puntos son altamente cuestionables (dan para un artículo mucho más largo), es en el cuarto donde me quiero detener: ¿cómo el veterano de la Guerra del Pacífico se convirtió en un ícono del Rechazo? ¿cómo pasó de ser el héroe de todos los chilenos al último trofeo del gobierno de Piñera?

Diego Escobedo – Revista La Máquina

El gran culpable es justamente este último. Y es que el Gobierno hizo todo lo posible por estigmatizar a Baquedano con la ultraderecha. Ya vimos los primeros intentos de los manifestantes por derrumbarlo en los albores de la revuelta. Poco después, tuvimos la porfía del intendente Felipe Guevara por atrincherar a Carabineros en la plaza y repintar el monumento una y otra vez cada sábado en la madrugada.

Entremedio, durante los días más álgidos de la pandemia, vimos a nuestro siempre ingenioso presidente Piñera bajarse de su auto para tomarse una selfie y, a contar de la campaña del Rechazo en el plebiscito del 25 de octubre, la estatua (limpia y rodeada de verde) se convirtió en uno de los principales símbolos de la propaganda derechista.

Las provocaciones por parte de las autoridades eran constantes, y las protestas de los viernes se convirtieron en una rutina que seguía siempre el mismo libreto: el del juego de capturar la bandera, en jerga scout. La “reconquista” de Plaza Dignidad, por parte de los manifestantes, debía terminar necesariamente en la intervención de Baquedano, con graffitis, lienzos, diversas chucherías, y por lo menos un intento por derrumbarlo. Hasta que el atentado incendiario fue la gota que rebalsó el vaso.

¿Qué hubiese sido lo correcto? ¿o lo más sabio? Creo que esto da pie para hacernos la pregunta ¿qué hubiese hecho Baquedano con su propia estatua?

No es una pregunta ociosa. Mal que mal, el carácter de estratega de Baquedano es incuestionable, es quizás el único militar de nuestra historia que puede decir que ganó cada una de las batallas que peleó. Esto lo consiguió gracias a su pragmatismo y astucia. Su única derrota, de hecho, fue su breve paso por la presidencia de Chile. Perdida la guerra civil de 1891, el presidente Balmaceda le delegó el mando de la nación de forma interina a Baquedano. El general ocupó durante tres días el cargo, y su única tarea era mantener el orden público en Santiago, y no obstante… el 29 de agosto se produjo el saqueo sistemático por parte de los congresistas a las casas y propiedades de los balmacedistas derrotados. Justo lo que el derrocado presidente quería evitar.

Hasta hoy dicha jornada es enrostrada por los balmacedistas ante la memoria de Baquedano. Quienes lo defienden, igualmente, les cuesta explica cómo es que el general invicto no pudo, o no quiso, mantener el orden en Santiago. Al respecto, el historiador Alejandro San Francisco desliza una interesante tesis:

“Es probable  que ejercitar la represión contra las personas que participaban en los saqueos hubiera detenido dicho crimen. Pero también es muy posible que eso hubiera terminado en una masacre, que habría sido mucho peor, lo que seguramente Baquedano y los suyos quisieron evitar” (p.205). Es más, el embajador inglés de ese entonces especuló que Baquedano debió estimar que una “Regulada destrucción” serviría como “válvula de escape y legítima satisfacción” para los opositores a Balmaceda (p.213).

Ambas tesis son perfectamente aplicables en el contexto actual: si fuera Baquedano quien ocupara La Moneda, lo más probable es que la Plaza Dignidad no contaría con tanto contingente policial, menos protegiendo una estatua como si se tratara del Arca de la Alianza. Es más, con lo pragmático que era, hubiese esperado a que ésta fuera derribada y recién después de eso trasladarla. O en su defecto, realizar el traslado en la madrugada, sin previo aviso, y antes de que estuviera en el ojo del huracán. Muy distinto al traslado que vimos, que fue seguido en vivo por las cámaras de televisión, generó un intenso debate y hasta contó con homenajes de las Fuerzas Armadas. Otra derrota política para el gobierno, donde su promesa de retornar el monumento lo antes posible no convence a nadie.

Tras el anuncio del Consejo de Monumentos Nacionales de retirar la estatua para restaurarla, le siguieron un par de actos de desagravio. Bastante exiguos y breves. Uno contó con veteranos de las Fuerzas Armadas cantando Los viejos estandartes. El otro, contó con la presencia de dos candidatos del Partido Republicano (José Antonio Kast y Rojo Edwards), un extorturador (Cristián Labbé) y banderas del Partido Libertario y del movimiento fascistoide Aún Tenemos Patria, en total… cerca de 20 pelagatos.

Muy lejos del acto de desagravio que se vio en Valparaíso con el monumento a Arturo Prat. Allí, la Marina resguardó desde el primer día la estatua, y organizó un acto que repletó la Plaza Sotomayor con uniformados y civiles cantando Brazas a Ceñir, el himno de la Armada. Y eso que Prat recibió apenas un par de bombas molotovs. Y no obstante, sigue impecable hasta hoy.

En contraste, en la zona cero teníamos un monumento a muy mal traer hasta el jueves pasado. Yo fui ese día, puedo dar fe que la estatua estaba asquerosa, embetunada, pintada a la mala. Verdaderamente le urge una restauración profesional. Ver a veinte viejos uniformados cantando el himno de su institución frente a un ídolo tan maltrecho da pena. La sensación que daban era de decadencia. Peor aún, de cobardía. Un acto realizado a eso de las 10:30, sin una convocatoria previa ni difusión, da cuenta que claramente lo realizaron a escondidas. A sabiendas de que iría poca gente, y a sabiendas que su mera presencia provocaba a los vecinos.

Cuando el último acto terminó, la mañana del jueves, comenzaron los chiflidos e improperios por parte de los transeúntes. Desde el edificio del Telepizza, les gritaron constantes insultos, y hasta pusieron una canción: “Miren como sonríen” de Violeta Parra. Una ácida crítica social de nuestra cantautora, que contrastaba ágilmente con la historia para el bronce que cantaban los viejos estandartes.

Muy lejos de las marchas del Rechazo, que lograban juntar más de 1000 personas y consumían toda la mañana del sábado, esto no duró ni 15 minutos. En otras palabras, a Baquedano ya ni lo defiende la ultraderecha, sino una minoría de este sector (por lo menos sólo una minoría se manifiesta de forma concreta en su defensa). Posiblemente, si se hiciera un plebiscito o una encuesta para determinar su destino, descubriríamos que tiene mucho más apoyo del que aparenta, pero la batalla cultural requiere mucho más que eso.

Diego Escobedo – Revista La Máquina

Lo más triste de todo es que a los autodenominados “patriotas” les interesa la estatua sólo como símbolo político. No por su valor patrimonial, menos histórico. Si así fuera, habrían dicho algo por la tumba de Baquedano en el Cementerio General, que también fue vandalizada. O por los héroes del Morro de Arica, cuyos bustos fueron decapitados. En la misma Alameda, a sólo un par de kilómetros hacia el poniente de la zona cero, está el monumento de los héroes de la Concepción, de Rebeca Matte, el cual siempre está graffiteado y sucio ¿qué ha dicho JAK al respecto? Nada. En su programa de gobierno, el nazi de Paine ya tiene contemplado remover dos estatuas (Regresar a Baquedano y retirar a Allende), no obstante, al tipo claramente no le interesa el patrimonio.

A la derecha, en general, no le interesa para nada el patrimonio histórico y urbano. No es lucrativo, no es rentable en el corto plazo, para su lógica es principalmente un cacho. La ciudad neoliberal que han construido en las últimas décadas da cuenta de ello: preciosos e históricos edificios como el Bazar Krauss fueron derrumbados para ser reemplazado por una insulsa torre de cristal. La estatua del Che Guevara en la Gran Avenida la retiraron a los días después del golpe de Estado. Y cómo olvidar el bombardeo a La Moneda…

Si algo celebro de todo esto, es que muchos rechazistas descubrieron súbitamente que existía un monumento en esa fronteriza y lejana Plaza Baquedano, y les bajó el amor por la conservación histórica. Esperemos que ese interés ahora se extienda a otros hitos conmemorativos.

Sí es verdad que hay un serio desconocimiento por la historia de nuestro país, como tanto acusan desde su sector, y particularmente por la Guerra del Pacífico. Pero los culpables de esa falta de educación histórica son, nuevamente, la derecha.

Tengo parientes boomers, nacidos entre los ´40 y ´50, que sin ser aficionados a la lectura guardan muy buenos recuerdos del libro Adiós al Séptimo de Línea. El mayor best-seller del siglo XX chileno, el cual, en su minuto, estuvo en casi cada casa de cada familia chilena. Era un país pobre, pero de gente que leía, con un sistema de educación pública mucho más decente que el actual, y que podía darse el lujo de estar orgulloso de sus Fuerzas Armadas.

La Dictadura se dedicó a destruir el sistema educativo y a reprimir la cultura y las artes de este país. El fin de la gratuidad universitaria y la municipalización de la educación fueron complementadas con el IVA a los libros, y una férrea censura a los mismos. No obstante, ésta última fue retirada en 1983, “total ya nadie lee libros”, reconoció, de forma tragicómica, el entonces ministro Sergio Onofre Jarpa.

Pero el fuego amigo para el general Baquedano no termina ahí: la Dictadura tuvo a la Guerra del Pacífico como una de sus grandes obsesiones. Los 100 años del estallido del conflicto, conmemorados a partir de 1979, generaron una serie de homenajes y símbolos por parte del régimen. Tenemos, por ejemplo, el premio Luis Cruz Martínez, y el acto de Chacarillas, un evento de estética fascistoide que buscó homenajeas los 77 de la Concepción. ¡Si hasta el mismo Pinochet escribió un libro titulado Guerra del Pacífico! Los más entendidos, dicen que es el mejor libro de los pocos (y malos) que escribió.

El veterano del ´79 no tiene nada que con los “valientes soldados” del ´73. No obstante, lamentablemente, estos últimos hacen todo lo posible por tirarle un salvavidas de plomo a los primeros, e insisten en reforzar la asociación entre ambos mundos. La presencia de un Cristián Labbé en el acto de este jueves no hace más que provocar a las víctimas de trauma ocular, y aún, a las víctimas de la represión de la Dictadura, quienes respiran ahora, aliviados, con que ya no tienen ese símbolo pinochetista en la plaza más importante de Chile. 

Como historiador, me da pena que ahora para estudiar la Guerra del Pacífico haya que ser necesariamente de derecha. Es un tema que no se toca en las universidades, sólo dentro de la Academia de Guerra o de círculos militares. Algunos podrán decir que ya está todo escrito al respecto, otros, como yo, nos quedamos con la parte romántica. Mal que mal, las guerras son entretenidas. Por algo las películas bélicas siempre arrasan en taquilla.

La gran incógnita ahora es qué pasará con la estatua una vez restaurada. Si no vuelve a la ubicación original, lo peor que podemos hacer es dejar que se la lleven a la Escuela Militar. Eso no hará más que encadenar a Baquedano para siempre a un sector político. No podemos olvidar que también fue un símbolo de la capital, que acompañó a los santiaguinos durante 93 años mirando hacia el poniente desde la cima de su caballo Diamante.  Si quieren mi opinión, a mí me encantaría ubicarla en el cerro San Cristóbal, en un pedestal similar al de la estatua de Juan Pablo II, mirando hacia la ciudad, también al poniente. Una vista todavía más privilegiada del invicto general, y una solución que debiera dejar contentos a todos. ¿Y en la Plaza Dignidad, qué poner en su reemplazo? Ese será un debate bastante largo.

Lo único concreto, es que tuvimos un 11 de marzo altamente simbólico. Piñera cumplió 3 años en el gobierno, y ya le queda menos de un año. Se cumplieron 31 años desde el fin de la Dictadura y el retorno a la democracia. Y de paso, otro aniversario del 11 de marzo de 1881, cuando regresó victorioso a Chile el general Baquedano y sus tropas, siendo recibido con un arco del triunfo en Valparaíso y todo el puerto ovacionándolo. Mismo recibimiento tuvo en Santiago ¿volverá a generar su figura tales muestra de cariño y devoción popular? ¿o deberá conformarse con sus escasos incondicionales? Todo puede ser. Si algo aprendimos de todo esto, es que la Historia está viva. Lejos de estar escrita en piedra, puede cambiar en cualquier minuto. Los héroes de hoy, pueden ser los villanos de mañana, y viceversa.

Diego Escobedo – Revista La Máquina

Fuentes:

Alejandro San Francisco, “Santiago en tinieblas. La guerra civil chilena de 1891 y el saqueo a las propiedades de los balmacedistas”, en Jaime Valenzuela (editor), Historias Urbanas. Homenaje a Armando de Ramón (Santiago, Ediciones UC, 2007).

Diego Escobedo

(Santiago, 1994). Escribo de historia, cine, literatura, y distintas curiosidades que se me van ocurriendo.

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