Crítica de “Scream 7”: La nostalgia bajo la máscara en una película que cumple con lo justo

Scream 7, se estrena este 26 de febrero en todas las salas de Chile. En La Máquina te contamos qué nos pareció esta nueva entrega que llega cargada de polémicas, nostalgia y sangre.

Hablar de Scream es hablar de una de las sagas que, en su momento, revitalizó el subgénero del slasher y lo empujó hacia una dimensión mucho más consciente de sí misma. Wes Craven y Kevin Williamson construyeron una serie de películas que combinaban sangre, cultura pop, referencias infinitas al cine de terror y asesinatos explícitos, todo bajo una estructura metanarrativa que rompía con lo establecido. Eran películas siempre entretenidas y, en sus primeras entregas, profundamente rupturistas.

La gracia de Scream radicaba en que sus personajes ya conocían las reglas del juego; sabían cómo funcionaban las películas de terror y, por lo mismo, podían jugar con esas normas, torcerlas y comentarlas. El género se miraba al espejo y se reconocía.

La saga ha funcionado, además, como un termómetro cultural, especialmente dentro del terror. Cada nueva entrega ha dialogado con su tiempo y su contexto, encontrando una manera de ser —por lo menos— entretenida, manteniendo siempre un cuchillo en las manos. Incluso en sus momentos más débiles, la franquicia logró mantenerse relevante para el género, algo que no todas las series de larga data han conseguido.

El caso de Scream 7 llega en un contexto distinto y particularmente complejo. Las polémicas y el despido de Melissa Barrera, tras un comentario sobre el conflicto en Gaza, y luego el alejamiento de Jenna Ortega en apoyo a su compañera de elenco, hicieron necesaria una reformulación total de la película. Ante este escenario, el estudio decidió traer de vuelta a la figura más importante para la franquicia —sobre todo tras la muerte de Craven—: Kevin Williamson.

Así, el giro de la historia se trasladó hacia los protagonistas históricos, negociando con éxito el regreso de Neve Campbell, rostro central de la saga —con quien el estudio ya había tenido problemas cuando ella exigió un aumento salarial que le fue negado, razón por la cual no participó en la sexta entrega—, y de Courteney Cox, quien sí estuvo presente en la anterior película. De esta manera, la nostalgia se apoderó de la trama cuando Ghostface volvió por su primera víctima y su familia.

El giro hacia el pasado

Tras casi 30 años, la séptima entrega de Scream decidió jugar abiertamente con la nostalgia. Quizás era inevitable. Traer de regreso a la primera protagonista como figura central no solo funciona como gancho emocional, sino también como una excusa narrativa para reflexionar sobre el fenómeno actual del cine, donde las franquicias regresan constantemente a sus orígenes. El guion juega con los traumas y secuelas de las primeras víctimas —elementos ya abordados parcialmente en entregas anteriores— y con las consecuencias que esos hechos tienen para la familia y las nuevas generaciones.

Sidney Prescott, en esta ocasión, se ha ido a vivir junto a su familia a la tranquila ciudad de Pine Grove. Allí, sus miedos más profundos resurgen cuando su hija, Tatum —sí, le puso el nombre de esa Tatum—, se convierte en el próximo objetivo de Ghostface, quien, tras la máscara, aparentemente tiene una cara conocida. De este modo, Sidney debe enfrentar los horrores de su pasado para intentar poner fin al derramamiento de sangre de una vez por todas.

Bajo la escritura de Guy Busick, James Vanderbilt y del propio Williamson —quien también dirige—, la película recupera la estética de sus inicios y los arcos de personajes que, a estas alturas, ya son clásicos dentro de la saga: el nerd amante de las películas de terror, el novio sospechoso, la mejor amiga —que también resulta ser la primera víctima— y la periodista ambiciosa.

La diferencia es que en esta séptima entrega estos arquetipos no se presentan como figuras destinadas a ser subvertidas, sino como estructuras a las que se decide volver. No aparecen desde la ironía, sino desde el reconocimiento.

Todo esto demuestra que el estudio, estratégicamente, buscó a Williamson para hacerse cargo del proyecto. Fue él quien trajo de vuelta a Neve Campbell, en una operación que no solo apuntaba a recuperar a su protagonista histórica, sino también a enviar una señal de “unidad” tras las polémicas que rodearon la producción.

La saga ya había coqueteado con la nostalgia en Scream V, donde Campbell y Cox regresaron junto a otros elementos clásicos. La diferencia con Scream 7 es que aquí el personaje funciona como eje central y no como un —casi— cameo diseñado para arrancar suspiros del público. La trama funciona y, aunque el final presenta problemas —ya que su resolución resulta anticlimática, y no en el buen sentido—, el primer y segundo acto están bien construidos, incluso con una introducción que finalmente no conduce a nada significativo.

Como es habitual en una buena película de Scream, el subtexto dialoga con el estado actual de la industria. Bajo este prisma, la película juega con la ambivalencia de aquellas producciones que intentan repetir su éxito a través de una nueva generación que viva lo mismo que la anterior —casi como un meta mensaje dirigido a sus propias entregas V y VI—. En un momento se menciona una “versión 2.0”, que suena a promesa de productor para renovar a la protagonista y hacer evolucionar la saga. Sin embargo, lo que se muestra no siempre se percibe como un avance, sino más bien como una reiteración. La franquicia parece confirmar que, en su universo, el trauma no se supera: se hereda. Y eso ya se había insinuado en Scream V.

La vuelta de Sidney Prescott como protagonista

Un slasher como tal es Scream 7

Más allá de los discursos y las lecturas metatextuales, Scream 7 es, ante todo, un slasher, y debe funcionar como tal. Y, a decir verdad, funciona. La película encuentra un tono y un estilo definidos, con escenas bien logradas que construyen una atmósfera de tensión y colocan a los personajes en situaciones realmente límite. Las muertes, salvo una excepción, no pasarán a la historia como las más icónicas de la saga, pero cumplen dentro de su propio universo.

El ritmo crece a medida que conocemos a los personajes, y el quiebre que implica volver a ver a un antiguo conocido funciona como acelerante narrativo, sumergiendo al público en una trama que transcurre en un pueblo pequeño, escenario perfecto para la desconfianza. Todos se conocen y uno de ellos debería ser el asesino.

Ghostface funciona como siempre: a veces torpe, a veces imponente, pero siempre carismático. Los elementos clave del villano se mantienen intactos, y resulta curioso que, en una séptima entrega, esa fórmula siga sintiéndose tan eficaz como en los años 90.

Scream hasta el fin

Scream 7 funciona. Entretiene, sostiene la tensión y entiende los códigos que la hicieron grande desde Scream. Hay algo reconfortante en ver a la saga volver a su origen, reencontrarse con su primera sobreviviente y recordar por qué este slasher marcó una diferencia dentro del género. Pero en ese mismo gesto se instala una paradoja: la franquicia que nació cuestionando las reglas ahora parece más interesada en preservarlas que en romperlas.

La nostalgia actúa como puente emocional, pero también como freno creativo. Y aunque la película nunca cae en la autoparodia ni en el desastre, deja la sensación de que la saga sabe exactamente quién —o qué— fue, pero todavía está decidiendo quién quiere ser.

Tal vez el verdadero misterio ya no sea quién está bajo la máscara, sino si Scream todavía se atreverá a quitársela.