Andes Films nos invitó a ver la nueva película de la saga 28. Exterminio: El Templo de Huesos, y estas es nuestra crítica.
Llegó la cuarta entrega de la saca “28” o, como la conocemos por estos lares: Exterminio: El Templo de Huesos. Una película que cambió de mano en su dirección, saliendo el legendario Danny Boyle e ingresando Nia DaCosta (Candyman), pero manteniéndose Alex Garland en el guion y, por supuesto, esto último se nota muchísimo.
Esta saga nos ha mostrado un mundo post apocalíptico en el que observamos en qué nos convertimos cuando el orden se rompe, la fe desaparece y el horror de ver que los humanos, muchas veces, somos peores que nuestros depredadores — zombies —. Asimismo, esta cuarta parte continúa con estas temáticas, pero también nos cuenta la historia de una generación que queda reducida a huesos, lo que agrega una capa más en su historia y expande la temática de la saga con una mutación ideológica y emocional — mucho más directa — que mira al apocalipsis desde otro ángulo.
En simple, más que una película de zombies, Exterminio: El Templo de Huesos se instala con una reflexión anárquica y profundamente contemporánea sobre la violencia, creencias y posibilidad — cada vez más mínima — de volver a ser humanos en un mundo que ya no cree en nada.
Sinopsis
La película comienza exactamente en el mismo punto donde termina la anterior — 28 Years Later —, con Spike intentando sobrevivir ante la pandilla de Sir Jimmy Crystal (Jack O’Connell). Aunque, lo más interesante, viene de parte del Dr Kelson (Ralph Finnes), quien se envuelve en una relación inesperada que podría cambiar el mundo con una investigación radical en torno a Sansón, un zombie excepcionalmente fuerte, desafiando todo lo que la saga había establecido hasta ahora sobre estas criaturas.
Partiendo con todo
Desde su inicio, Templo de Huesos, deja en claro que no habrá respiro. La primera secuencia se trata de Spike enfrentando un duelo que no solo define su destino inmediato, sino que quiebra cualquier ilusión de inocencia restante. Esto nos da un golpe de entrada, ya que, luego de ver precisamente a ese niño dejar atrás su mundo, ahora lo encontramos enfrentado a la muerte de inmediato. Garland y DaCosta no protegen ni a su protagonista ni al espectador, porque eso nos prepara para lo que sigue. Un inicio violento y desesperado que sirve como anzuelo.

Un mundo sin fe, pero con ideas.
El universo postapocalíptico de la saga “28” llegó a su cuarta entrega para entregarnos un punto de inflexión. La película nos presenta dos generaciones marcadas. Por un lado, tenemos al Dr. Kelson quien, bajo la ciencia y la lógica, intenta encontrarle una solución al mundo basándose en sus conocimientos y con la fe de que, gracias a eso, logre conseguir algún resultado. Un ateo en un mundo de monstruos que, a pesar de todo, jamás culpó a nadie más que a la humanidad de sus actos. Todo esto, en medio de un templo de huesos que representa a un mundo que ya no existe.
Por otro lado, tenemos a los Jimmy’ s. Un grupo de jóvenes bajo la esperanza de que el infierno en el que viven tenga algún sentido divino o, en su caso, satánico. Destruyen, matan, desollan a sus víctimas. Todo bajo un mandato divino porque un mundo sin respuestas les entrega a los jóvenes la posibilidad de llenar sus mentes con fantasías peligrosas e impulsivas.
La película nos muestra un mundo abierto, como en todas sus entregas, pero profundamente opresivo. Ritual, simbólico, violento. Templo de Huesos es una película que enfrenta al ateísmo y a la religión — además de ser optimista, pero ya llegaremos a eso —, no porque niegue toda creencia, sino porque expone cómo, incluso sin dioses, seguimos necesitando estructuras que nos expliquen el mundo.
Alex Garland confía en el espectador. La película no es sobre explicativa, haciendo que los personajes se definan por sus acciones, decisiones y por lo que están dispuestos a justificar. Solo hacia el final — que no detallaré — decide guiar un poco más de la mano al público, solo para dejar en claro el discurso que ha estado construyendo desde el inicio.
El cuerpo como símbolo, víctima y algo más
Una de las características principales de cada saga o película de zombies, es el cuerpo de estos. En cada universo el virus muta de distintas formas, haciendo que sean más rápidos o lentos, hambrientos, etc. En esta película, los cuerpos, tanto de zombies como de humanos, tiene su propio significado. Para el grupo de Jimmy Crystal, los cuerpos de los humanos son símbolos: sacrificios necesarios para cumplir la voluntad de una figura “paterna” deformada. Una excusa para ejercer violencia cruel en forma de ritual. El cuerpo del otro deja de ser humano y se transforma en objeto.
En contraste, el Dr. Kelson ve los cuerpos como una oportunidad, esperanza. Utiliza el cuerpo de su amigo zombie, Sansón, como materia de investigación. No hay más que una búsqueda para encontrar una cura o algo que se asemeje a esto. Esto transforma al cuerpo — de zombies y humanos — en casi una tesis sobre la filosofía de formas de ver el mundo. En un momento dejamos de ver a Sansón, un zombie alfa, como una amenaza, pero a Jimmy, el humano, jamás dejamos temerle.
Otro símbolo que ha atravesado las últimas dos cintas de la saga son los huesos. Estos restos funcionan tanto de forma literal como simbólica. Son restos de personas y zombies, pero también residuos de una civilización que ya no existe. El templo — el lugar clave en ambas cintas — concentra esa idea. La de un pasado detenido, siendo un refugio, laboratorio y un archivo cultural (muy bien con la elección musical) de su tiempo. Allí es donde vive el mundo del Dr. Kelson, con discos, fotografías y objetos de su época. La película cuida ese espacio, dejándolo allí para preservar, como si fuese un museo, aquel tiempo, entendiendo que un nuevo mundo no puede construirse aferrándose al pasado, pero tampoco olvidándolo (porque un mundo sin memoria está condenado a…)

Ritmo, tono y sonido de Exterminio: El Templo de Huesos
Con una duración de 1 hora y 49 minutos, Templo de Huesos se siente ágil y constantemente estimulante. No hay tiempos muertos y en cada escena algo importante, ya sea para la historia o alguno de los personajes, está sucediendo.
Respecto al tono, es cambiante. A veces asusta, a veces gore y, más de lo que esperaba, bastante graciosa. El humor aparece de forma sorpresiva, alivianando la experiencia sin romper el tono. Así se consiguió la mejor escena de la película que, ante todo, es una gran escena cómica donde Ralph Fiennes se luce junto a una insert song de Iron Maiden (no me explayaré más en eso, pero cuando lo vean, me entenderán)
No es una película que busque asustar, sino sostener una experiencia y, sobre todo, una tesis. El terror no está en los sobresaltos — aunque sí hay jumpscares — sino que propone un mundo rodeado de horror.
Por el lado del sonido, en Exterminio: El Templo de Huesos entramos a hablar de uno de los elementos más finos de la película. Los sonidos en esta saga, funcionan como memoria. En esta cuarta entrega, los ruidos primitivos dominan el presente, mientras que ecos de la civilización — trenes, celulares — sobreviven solo en la mente de los personajes. En una de las escenas más interesantes e importantes de la película, el silencio se convierte en signo de crecimiento, especialmente en un personaje que solo se comunica mediante onomatopeyas.
Más allá de una insert song, la música, a cargo de Hildur Guðnadóttir, crea una atmósfera oscura y constante.
Una película optimista
Sé que es raro decir que en un mundo postapocalíptico donde ha muerto demasiada gente, existen grupos radicales como el de los Jimmy ‘s los militares de la primera, es un historia positiva, pero me atrevo a decir que: Templo de Huesos lo es. No porque sea complaciente ni busque un final donde el mundo vuelva a la normalidad – espero que eso jamás pase —, sino porque entrega algo importante. Esperanza.
Nos muestra que, aún tiempos horribles donde zombies intentan alcanzarte y consumirte, ya sea literalmente o con pensamientos que parecen sacados del siglo XV, existe la posibilidad de aprender, de cambiar y de volver a intentarlo. En un universo donde todo se perdió, esa pequeña idea — la de que la humanidad no está del todo condenada — es, quizás, la forma más honesta de esperanza.







