Reseña de Travis en Chile: Siempre llueve cuando importa

La banda escocesa Travis cerró su gira chilena con un Teatro Coliseo agotado, visuales que tiñeron la sala de rojo y una conexión con el público que lleva décadas construyéndose. Te contamos sobre el concierto en La Máquina.

Hay bandas que uno escucha solo. En la pieza, tarde, con los audífonos puestos y la luz apagada y Travis es una ellas. No necesitan grandes escenarios ni producciones mastodónticas para funcionar, porque su música ya tiene todo lo que necesita adentro. Por eso quizás sorprende —en realidad tiene todo el sentido del mundo— que esta noche el Teatro Coliseo estuviera sin un solo espacio libre.

Pero para entender lo que pasó el miércoles en Santiago, hay que retroceder unos días.

Una gira que recorrió Chile

Travis no llegó a Santiago de rebote. Llegó después de haber recorrido el centro y sur del país.

La banda escocesa inició su visita el 25 de marzo en el Teatro Municipal de Viña del Mar, siguió el 27 en el Teatro del Lago de Frutillar — uno de los recintos más hermosos del sur de Chile — y el domingo 29 cerró el Festival REC de Concepción con un show que confirmó que la banda sabe muy bien lo que hace sobre un escenario. Cuatro fechas en distintas ciudades, con públicos distintos y en formatos distintos. No es la lógica de una banda que viene a cumplir un compromiso y se va. Por el contrario, es la de una banda que tiene una relación real con este país.

Antes de que llegaran los de Glasgow: We Are The Grand

Telonear es un trabajo ingrato. Tocas para un público que no te conoce, que llegó por otra banda, que todavía está acomodándose con el trago en la mano y el abrigo puesto. We Are The Grand lo sabían y aun así se tomaron el escenario como si fuera suyo. La banda chilena se plantó en el escenario con una energía que contagió al público, primero curiosos, luego con aplausos, y al final con una ovación que ninguno de los presentes habría predicho media hora antes.

Se fueron del escenario ovacionados por un público que no estaba ahí por ellos y más de alguno no los conocía al entrar. Si eso no define lo que significa una buena actuación de apertura, nada lo hace.

El escenario que tiñó todo de rojo

Cuando Travis subió, lo primero que golpeó no fue el sonido. Fue la luz.

El diseño de iluminación del show fue, sin exagerar, uno de sus protagonistas. Un gran círculo en el fondo del escenario funcionó como fuente de todo el ambiente visual de la noche, tiñendo de rojo intenso, de blanco frío, de azules profundos, dependiendo del momento y la canción. La luces, los colores y sombras, se mezclaban con videos que ayudaban a crear el ambiente perfecto para el show. En los momentos más oscuros del concierto, ese círculo rojo convertía a los músicos en siluetas puras, figuras recortadas contra el color, como la imagen que cualquiera que estuvo ahí se llevó grabada en la retina.

Esa luz no solo era para los músicos, porque gran parte de ella derramaba hacia la sala, teñía las primeras filas, se reflejaba en las caras del público. El Coliseo cambiaba de color.

Para una banda que no depende de los efectos especiales, era exactamente la producción que necesitaban.

Fran Healy y el arte de manejar una sala

La conexión entre los cuatro músicos se traspasó de inmediato a un público que desde el inicio estuvo completamente entregado. Pero si hay un responsable de que eso haya pasado tan rápido, ese es Fran Healy.

El vocalista demostró ser tan buen animador como cantante. Hizo chistes con el público y sin hablar una gota de español. Dio instrucciones precisas para mover las manos, cuándo saltar, cuándo mover el cuerpo. Y el público obedeció porque Healy tiene esa capacidad poco común de hacer que seguirle la corriente se sienta bien.

También se tomó su tiempo para explicar el significado de las canciones, algo que en otro contexto podría haber frenado el ritmo del show, aquí funcionó porque no eran discursos ni palabras que uno ya puede recitar de memoria. De hecho, se sentían bastante reales. Healy hablaba de sus canciones como alguien que todavía las piensa, que todavía les encuentra capas nuevas. Y eso se nota. El público no solo escuchaba las canciones: entendía lo que estaba cantando, y eso cambió cómo las recibió.

Un Setlist lleno de éxitos

La noche inició con Bus, pero donde realmente el público prendió fue desde la siguiente canción, Driftwood. De ahí en adelante, solo éxitos coreados por todo el público — Love Will Come Through, Writing to Reach You, Good Feeling — como si la banda hubiera decidido que no había espacio para respirar entre himno e himno.

El tramo central fue donde la noche se consolidó del todo. Closer fue coreada de principio a fin, con esa energía que tienen las canciones que la gente conoce de verdad y no de haberlas escuchado en alguna red social, sino de haberlas acompañado en algún momento importante de sus vidas. Sing cerró la primera parte del show con la sala entera participando, convirtiendo al Coliseo en un coro masivo.

El encore fue perfecto. Flowers in the Window, My Eyes. Travis no guardó nada. Y el final, con Why Does It Always Rain On Me?, terminó con todo el público saltando. Lo cual, si se piensa bien, podemos decir que es un logro considerable el que una canción melancólica sobre la lluvia y la mala suerte termine con quinientas personas saltando al unísono. Esto ya dice algo sobre Travis que ninguna reseña puede explicar del todo.

Setlist de Travis en Chile

  1. Bus / 2. Driftwood / 3. Love Will Come Through / 4. Alive / 5. Good Feeling / 6. Writing to Reach You / 7. Re-Offender / 8. Slide Show / 9. Closer / 10. Sing / 11. Selfish Jean / 12. Gaslight / 13. Indefinitely / 14. Turn Encore: 15. The Beautiful Occupation / 16. Flowers in the Window / 17. My Eyes / 18. Why Does It Always Rain on Me?

Las fallas que no arruinaron nada

El show no estuvo exento de complicaciones. En un momento, una guitarra terminó literalmente en el suelo después de que fallara su audio — sin señal, sin sonido, sin explicación inmediata —. Healy incluso interrumpió una canción por problemas en su retorno de monitor (de oído), dándole instrucciones en vivo a su sonidista con la paciencia de alguien que ha pasado por esto antes y sabe que ponerse nervioso no sirve de nada.

Podría haber sido un momento incómodo (y quizás lo fue un poco). El público lo tomó con naturalidad, Healy tampoco lo dramatizó, y el show siguió. En cierto modo, esos pequeños tropiezos técnicos reforzaron que lo que pasaba en ese escenario era real. Cuatro tipos tocando de Glasgow en vivo, con todo lo que eso implica.

El lugar correcto para esta banda

El Teatro Coliseo funcionó exactamente como tenía que funcionar. No como un estadio donde la banda se pierde en la distancia y el sonido llega tarde y distorsionado, sino como un espacio donde escuchar canciones que están hechas para eso, para la intimidad, para la cercanía, para ese momento en que el vocalista canta algo y tú sientes que lo está cantando para la persona que está justo a tu lado.

Travis no viene a cambiar el mundo. Nunca pretendieron eso, y esa honestidad es parte de lo que los ha mantenido relevantes mientras muchas de las bandas que los rodeaban en los noventa fueron cayendo una a una. Vienen a recordarte que hay canciones que te acompañan durante toda la vida, que el britpop en su mejor versión no era pose ni estética, sino melodías que se te quedan pegadas para siempre.

Y el miércoles en la noche, después de cuatro fechas que los llevaron de Viña a Frutillar, de Concepción a Santiago, con el Coliseo teñido de rojo y quinientas personas saltando bajo una lluvia imaginaria, lo volvieron a demostrar. Y prometieron volver. Ojalá no se tarden tanto esta vez.

Mira el set de fotos a cargo de Patricio Núñez para Revista La Máquina.