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Cine y dictadura chilena: una relación cada vez más madura

Para nadie es un misterio que el cine es y será una de las grandes plataformas comunicacionales y de reconocimiento identitario, en el cual es posible reconocer los fenómenos multisectoriales, desde lo político, social, económico y, sobre todo, desde lo cultural, estructurando una directa relación en el análisis que se puede desprender del comportamiento humano y cómo se han enfrentado los hechos históricos que han afectado a una determinada sociedad en su conjunto, tanto de forma estructural como coyuntural.

Bajo este paradigma funcional del cine, es posible entrelazar su rol a un tema específico, reciente y tremendamente marcador para Chile en relación a cómo se ha desarrollado la sociedad en los últimos 50 años: la dictadura de Augusto Pinochet.

Los hechos, latamente expuestos en los estudios historiográficos recientes, colocan al proceso dictatorial encabezado por el en ese entonces Comandante en Jefe del Ejército, casi como un guion maquiavélico de conspiración que ponía en marcha los aconteceres que concluirían con un golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973.

Todo fue trazado con gran acuciosidad y también con gran precisión. Con respecto a esos momentos que vieron su fin, casi 17 años después, han sido revisados y puestos a la palestra por diferentes y diversos directores de cine, colocando siempre su atención en vislumbrar en la pantalla grande -así como a las diferentes plataformas modernas – los sucesos con la mayor de las realidades y precisión histórica posible.

Este ejercicio de autorreconocimiento ha pasado, sin lugar a dudas, por diferentes momentos y etapas que han proporcionado a los espectadores una diversa muestra específica de los variados aspectos que rodean este periodo histórico. Así, demostrando realidades, contextos e historias que convergen este punto en común, pero tiene una naturaleza de desarrollo independiente y que muestra en sus sucesos, tanto históricos como ficticios, las numerosas realidades que surgieron como consecuencia de la implementación de políticas económicas, sociales y culturales por parte de las fuerzas ilegítimamente ascendidas al poder, llevando a la sociedad a tener que enfrentarse a realidades y sucesos tales como detenidos desaparecidos, la vida en poblaciones afectadas por la represión, las paradojales realidades sociales, el plebiscito del NO, entre otras.

Por ello, en La Máquina enumeramos y analizamos algunas de las películas más icónicas que retratan, desde diferentes enfoques, los variopintos temas relacionados, tanto directa como indirectamente, la dictadura de Augusto Pinochet y cómo ha ido madurando la visión y representación de esta etapa álgida de Chile a través de los años.

El diario de Agustín

Ignacio Agüero/ Documental / Chile / 2008 / 80 minutos

De tipo cine documental, El diario de Agustín muestra la injerencia que el dueño del diario El Mercurio, Agustín Edwards Eastman, tuvo en las tratativas con la CIA y el expresidente de Estados Unidos, Richard Nixon, para poder poner en jaque al gobierno de Salvador Allende y posteriormente para encubrir comunicacionalmente las violaciones a los Derechos Humanos, así como el rol que sostuvo para poder crear una sensación de estabilidad económica post crisis económica del año ’82.

El diario de Agustín, no es solo una muestra de cómo las comunicaciones, en especifico los grandes conglomerados de esta índole, son capaces de controlar la información con tal de crear una realidad alterna, ocultando en este caso casos brutales de violaciones a los Derechos Humanos, torturas, represión y la descontrolada y fulminante neoliberalización del país, sino también y al mismo tiempo sin perjuicio del proceso anterior, de crear líneas de contactos y entrampar los sistemas políticos gracias a la gran influencia ejercida por el líder – en este entonces- de ese conglomerado, Agustín Edwards, descendiente de una larga dinastías de Agustines, relacionados con diversos hechos políticos en la historia del país (pero eso será material para otra ocasión).

El Mocito

Marcela Said y Jean de Certeau/ Documental / Chile / 2010 / 70 minutos

Una historia detrás de uno de los personajes más cruentos de este periodo (y de toda la historia de Chile en general), Manuel Contreras, “el Mamo”, es la que se da a conocer mediante este también documental.

El Mocito, protagonizado por Jorgelino Vergara, nos habla de un joven sureño desprovisto de oportunidades que encontró la gran posibilidad de su vida trabajando para el jefe de la DINA, ejerciendo el rol de “mocito personal” de Contreras, logrando ganarse la confianza del jerarca militar, incluso acercándose a tal punto de recibir preparación militar y de inteligencia para poder hacerse cargo personalmente de la protección de las hijas de Contreras en caso de que fuese necesario.

Ya casi como un miembro más de la familia, Jorgelino fue inmiscuyéndose y logrando tener “chipe libre” en su tránsito por las andanzas políticas de Contreras y sus hombres, pudiendo ser testigo más de una vez de acciones de represión y tortura. Bajo este marco es el que el documental de Marcela Said y Jean de Certeau centra su relato.

La documentación y los trazos narrativos de esta pieza cinematográfica centra, en un comienzo, su reproducción en la vida personal de Vergara para luego pasar a relatar uno de los hechos más simbólicos, crueles y representativos de lo que fue el nivel de belicosidad con la que las fuerzas de inteligencia actuaban sobre los civiles.

La trama principal engloba su atención en los hechos vividos y protagonizados por el propio Jorgelino Vergara, quien además de señalar la forma de vida de Contreras, su familia y círculo cercano, cuenta con lujo de detalles la historia en que él se vio involucrado indirectamente, terminando en la tortura y posterior muerte de Víctor Díaz, secretario general del Partido Comunista en la década de los 70s, quien fue recluido contra su voluntad de Tejas Verdes, centro de detención y tortura a la que Jorgelino debió asistir y, por casualidades de la vida, ver al propio Díaz la noche de Navidad anterior a su ejecución.

De relato preciso, sincero y natural, “El Mocito” muestra una variante poco revisada del poderío y abuso que las fuerzas militares, encarnadas particularmente por Manuel Contreras, sobre civiles desprotegidos y carentes de una posibilidad distinta para poder surgir.

Chicago Boys

Carola Fuentes y Rafael Valdeavellano / Documental / Chile / 2015 / 96 minutos

Con una cuerda diferente a lo habitual, el documental realizado por la periodista Carola Fuentes y Rafael Valdeavellano, muestra la forma en cómo los regentes de la dictadura encargaron a un grupo de jóvenes con capacidades políticas y conocimientos sobre economía, todos ligados a la élite de la Universidad Católica, ir a estudiar a la Universidad de Chicago los métodos y postulados de Milton Freedman que posteriormente serían utilizados, entre otros, por José Piñera por debilitar y dejar “desnudo” al Estado, aplicando políticas privatizadoras, siendo la cuna del sistema neoliberal predominante.

El documental presenta a los protagonistas de esta cruzada neoliberal, su gestación y cuáles eran las metas y pretensiones reales detrás de este proceso que buscaba, supuestamente, el desarrollo de la sociedad chilena a través del concepto de meritocracia, que basa su naturaleza en políticas donde es el ente privado el cual ejerce su propio control y autonomía.

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Póster oficial Chicago Boys

En la pieza fundamentalmente se destacan los roles que cumplieron personeros como Joaquín Lavín, Pablo Longueira, José Antonio Kast y el mismísimo Jaime Guzmán, entre otros. Con el testimonio de sus propios protagonistas, de sus cercanos y de quienes han construido recientemente el modelo chileno, es posible entender el Chile de ayer, hoy y probablemente del mañana.

El documental en sí mismo es una buena manera para poder comprender las falencias de las cuales padece Chile, los porqué de una sociedad fracturada y los motivos que hoy por hoy han puesto en tela de juicio al sistema.

Machuca

Andrés Wood /Drama / Chile / 2004/ 121 minutos

Hace 16 años era complejo hablar de aquel proceso que significó la dictadura; era complejo hablar de la polarización social que significaba el proceso antes del golpe de Estado, donde el país se dividió en dos y se acentuaban las diferencias socioeconómicas propias de una Estado en que lentamente la oligarquía comenzaba a tejer sus redes sobre lo que sería el 11 de septiembre.

La película Machuca, dirigida por Andrés Wood, sería un espejo único para la época. Fue posible ver las diferentes realidades que convivían en un mismo espacio geográfico. La cinta nos presenta a Pedro Machucha (Ariel Mateluna), un niño que llegaba hasta el Saint Patrick School gracias al programa impulsado por el gobierno de Salvador Allende, el cual buscaba la integración de las clases sociales -acabando con la diferenciación- en la sala de clases con el programa llamada “Escuelas unificadas”.

Al comienzo, Pedro Machuca no encuentra su sitio, se siente incómodo en este lugar, debido a la gran diferenciación social que se lograba establecer. Sin embargo, todo cambia cuando entabla amistad con Gonzalo Infante, interpretado por Matías Quer, relación con la que se logra un parangón de la disímiles realidades que se vivían en el Chile de la época.

Mientras la familia de Machucha se las batía contra la vida, limitándose en sus recursos -de partida, vivían en un campamento-, la familia Infante, integrada además por los personajes de Alinne Kuppenheim, Francisco Reyes y Andrea García-Huidobro, lograba acceder a alimentos que eran restringidos para las demás personas por “escasez” gracias a la influencia y dinero que esta podía ejercer en el mercado negro de la época, incluso teniendo la posibilidad de obtener cigarros y chocolates importados.

Este espejo que lograba mostrar el progresivo avance de la ya instalada polarización era, incluso, una buena muestra de aquello que podemos vivir de alguna manera hoy tras el estallido social.

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Machuca es sincera y voraz; deslenguada, delicada y, al mismo tiempo y sin desmedro de lo anterior, directa. Su dedicada crudeza funciona incluso como un retrovisor social del Chile de todos los tiempos, donde la movilidad social se ha visto mermada y casi anulada gracias a sus sistematización económica y social. Todo esto lo podemos ver en la escena secuenciada donde Luis Dubó, quien interpretó al padre alcohólico de Pedro Machuca, recrimina a su hijo por mantener una relación de amistad con Gonzalo, aludiendo que cuando Infante sea grande, se olvidará de él, llegará a ser gerente y su hijo seguirá limpiando baños.

Machuca, en definitiva, no es solo una muestra realista de cómo era el Chile de aquellos años: dividido entre marchas de un lado y otro, donde incluso se llegó a la polarización armada -representada por el personaje de Tiago Correa, un activo miembro de Patria y Libertad, sino que asimismo funciona como un retrato del Chile de hoy, del de ayer y aquel ha sido durante más de dos siglos.

Dawson, Isla 10

Miguel Littin  / Drama/  Chile/ 2009/ 140 minutos

El ya legendario director y escritor chileno de orígenes palestino y griego, Miguel Littin, proyectó a la ficción el relato veraz de lo acontecido en el extremo sur del país, específicamente en la Isla Dawson, un recóndito enclave geográfico utilizado por mandato de Pinochet como centro de reclusión y tortura, donde fue recluidos personajes directamente relacionados con el gobierno derrocado de Salvador Allende, entre los que destacaban José Tohá (padre de Carolina Tohá), Sergio Bittar, Osvaldo Puccio, Orlando Letelier, Miguel Lawner, entre otros.

La película protagonizada por Benjamín Vicuña en el rol de Sergio Bittar -que además hace de narrador al estar basada en el libro de memorias de Bittar-, cuenta también con la participación estelar de Pablo Krogh, Sergio Hernández, Luis Dubó, Cristián de la Fuente, Alejandro Goic y Daniel Alcaino, entre otros.

La cinta busca ser un vívido relato de las peripecias y vejámenes que los ahí encerrados tuvieron que vivir durante su época de exilio y cautiverio a los que fueron confinados.

Dawson, isla 10 es un filme de gran factura en cuanto al realismo de las locaciones y recreación, de entre otras, las trincheras donde los presos pasaban las noches o lo preciso de la recreación llevada a cabo para poder levantar lo que fue el campo de concentración -que como dato fue diseñado por el mismo Walter Rauff, ex jerarca nazi-  que incluía la totalidad de las dependencias en las que tuvieron que vivir (o en realidad sobrevivir) al aislamiento de la isla Dawson y las condiciones generales a las que los soldados sometían a los prisioneros.

Isla Dawson, además, representa, ya sea como película o como hecho real, la quebrazón y separación casi definitiva de aquellos que fueron los principales aliados y líderes del gobierno de Allende, descabezando, sobre todo desde la representación simbólica, cualquier liderazgo de oposición política.

Finalmente Isla Dawson, Miguel Littin e incluso los actores crearon una película que funcionaría como un espejo de lo que sería el periodo: la destrucción de la civilidad chilena.

NO

Pablo Larraín/ Drama/ 2012/ Chile/ 118 minutos

Todo hecho histórico tiene una fecha de comienzo y de cúlmine; la dictadura de Pinochet no fue la excepción y precisamente este camino es el que la película dirigida por Pablo Larraín y protagonizada por el mexicano Gael García Bernal, reflejó quizás la cara más “alegre” de la dictadura, cuando comenzaban a esbozarse los primeros atisbos de democracia y a sentir que, probablemente, se podría tener un país más justo y que se hiciera cargo de sus fantasmas recientemente aparecidos.

El filme, cuyo guion es una adaptación de una obra de teatro (El Plebiscito) escrita por Antonio Skármeta, es una muestra madura y concisa de cómo fue el proceso de inicio y conclusión -vivido el 5 de octubre de 1988- del plebiscito del SÍ y el No, de la continuidad dictatoria y autoritaria o dar paso a elecciones democráticas libres y abiertas.

Con un gran equipo detrás, integrado entre otros por el fotógrafo Sergio Armstrong (Prófugos), la principal bomba de asalto con la que No logra impresionar es su excelente calidad visual en consideración al apartado artístico y fotográfico, permitiendo construir un Chile ochentero a cabalidad y a su vez traspasar sensaciones mediante las actuaciones – con un elenco conformado por Alfredo Castro, Antonia Zegers, Luis Gnecco, Néstor Cantillana, entre otros-, que facilitan la experiencia y así poder entender el grado de significancia, relevancia y épica de lo que en ese momento se estaba logrando.

La película no cuenta con una gran historia en sí, poco ayuda a que el final se sepa, sino que su fortaleza radica en saber decir lo que significó más que en relatarte aquello que fue.

Cabros de mierda

Gonzalo Justiniano / Largometraje de ficción/ Chile/ 2017/ 118 minutos

Ante la pregunta realizada por el medio www.dw.com, “¿Por qué decidió mostrar el Chile periférico?”, Justiniano respondió: “Filmé principalmente en La Victoria, una población emblemática, muy combativa, una de las primeras que se organizó contra la Dictadura. Allí había sobre todo, mujeres, porque los hombres se habían ido, o los habían sacado. Ellas se hacían cargo de todo, de los abuelos, los niños, de llevar adelante la lucha por la democracia”.

Con estas palabras el emblemático director chileno Gonzalo Justiniano (64), explicaba el porqué de la elección y los motivos que lo llevaron a rodar una película que mostrase la realidad poblacional y en especifico de las mujeres en aquellos oscuros años de la Dictadura, donde ellas se hacían cargo, como dice el director, de organizar la lucha en lugar de sus esposos, parejas o hermanos que habían sido asesinados o detenidos por las fuerzas de represión.

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Cabros de Mierda, tiene una particularidad: se hace cargo de una espacio único y casi irrepetible, dado el contexto, donde se vivía una realidad alterna. El sentimiento de comunidad que logra con gran precisión y exactitud, era el mismo que era posible ver en una población como La Victoria.

El filme protagonizado por Nathalia Aragonese (39) en el rol de Gladys, una joven de carácter fuerte que acompaña en su travesía de un joven misionero, Samuel Thompson, quien registraba la realidad de una población que subsistía a base de ollas comunes, hijos sin padres y el esfuerzo de pobladoras que debían enfrentar el día a día además de la represión que ejercían desde Carabineros o la propia CNI, incluso mostrando las primera organizaciones de aquellas primera protestas masivas contra el régimen.

Araña

Andrés Wood/ficción/ Chile/ 2019/ 100 minutos

Nuevamente Andrés Wood se hacía cargo del revisionismo histórico necesario entorno a la dictadura… y nuevamente lo hacía de forma magistral y desde una mirada especial.

Araña, escrita por Guillermo Calderón, se hace cargo de aquel lado que no se había contado, que era casi prohibido y que incluso podría decirse era ocultado para no revivir aquella imagen de lo que significó Patria y Libertad; aquel grupo paramilitar formado tras el triunfo de Allende y que buscaba conseguir por la vía armada debilitar a las fuerzas de izquierda y, por qué no, conseguir hacerse con el poder y así entablar un gobierno nacionalista

Wood genera un relato a partir de raccontos que van entrelazándose e interactuando entre sí mientras construyen la historia de Inés, una exmiembro de este grupo paramilitar que en el presente es una exitosa empresaria que ve a sus fantasmas del pasado volver a presentarse con la detención de Gerardo (Marcelo Alonso), con quien mantuvo una estrecha relación más allá de las andanzas políticas.

De manera diferente pero apostando esencialmente a lo mismo, Andrés Wood logra evidenciar nuevamente los grados de polarización que era posible evidenciar en la época. Y aunque parezca un hecho planificado, la película también logra hacerse cargo del Chile de hoy, donde nuevamente, aunque de manera incipiente, han comenzado a aflorar movimientos con tintes nacionalistas.

Araña funciona como una especie de bicho raro que se preocupa de aquellos temas diferentes al resto. La mayoría de las producciones audiovisuales se hace cargo y, de manera justa, del bando vencido, de las violaciones a los Derechos Humanos y el rol del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, pero nunca de aquel lado donde las ideas conservadoras y nacionalistas eran las que reinaban.

Contingente y con mujeres protagonistas

La película protagonizada por Mercedes Morán, María Valverde, Marcelo Alonso y Gabriel Urzúa no solo se hace cargo de mostrar a grandes rasgos cómo se formó Patria y Libertad, su rol y su injerencia en la década de los 70s, sino que realza en un rol protagonista a dos actrices que logran con largueza su cometido de personificar con exactitud el papel de mujeres fuertes y decididas a cumplir lo que creían era su misión en la sociedad.

Según Wood en entrevista con CNN Chile: “Araña es una película donde podemos reconocer tanto aquel Chile polarizado de ayer como el de hoy, y que ojalá no tenga los mismos resultados”. Y así, Andrés Wood tiene razón, es exactamente eso.

Pacto de fuga

David Albala/ Largometraje ficción- ficción histórica/ Chile/2019/ 121 minutos

Pacto de fuga, película llevada a la pantalla con ayuda de la producción de FOX, dirigida por David Albala y protagonizada por Benjamín Vicuña, Víctor Montero y Roberto Farías, narra otro hecho puntual, específico y particular dentro de un gran escenario como lo es la dictadura.

Esta vez el filme no viaja ni se encuentra ni en la década de los 70s, ni en la de los 80s, sino que viaja, aproximadamente, algo así como diez años en el futuro de esa época y 25 en el pasado desde la nuestra.

La cinta que cuenta el proceso de cómo los 49 presos políticos, todos parte del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, algunos por delitos por Ley de Seguridad Interior del Estado, otros específicamente por el Atentado a Pinochet en el Cajón del Maipo, dieron inicio al plan se concretaría con la fuga más grandiosa que se haya dado en los recinto penitenciarios chilenos.

En 120 minutos, se logra conocer el ambiente, los sentimientos y las sensaciones que se vivían en la ex Cárcel Pública, “revivida” gracias al excelente y preciso trabajo de arte realizado por Lionel Medina en irrestricto apoyo de producción de Fox, donde los interiores y los vericuetos pueden transformar la experiencia de la película en una vívida y participativa relación con el espectador, logrando muy bien lo que según su propio director. «Lo que hay en Pacto de Fuga es la búsqueda de libertad», según lo expresado a Rock and Pop.

Pacto de fuga es esa película que viene a confirmar algo que ya logró hacer poco menos de un año antes Araña, que es demostrar la madurez y apertura de enfoques en los cuales la temática histórica, sus relaciones y sus historias son contadas, permitiendo que su análisis a través de la pantalla grandes, sin dejar de lado en algunos casos la entretención, pueda hacerse conociendo la mayoría de los aspectos vinculados. Hoy por hoy se podría decir que el cine chileno ha madurado respecto a cómo se trata al periodo histórico y sus consecuencias, pasando del revisionismo histórico militar, paramilitar, subversivo y e incluso económico.

Enhorabuena, porque es necesario vernos y reconocernos para que aquella frase tan cliché pero cierta de “un país sin memoria, es un país sin futuro” cobre real sentido y qué mejor que hacerlo mediante el séptimo arte.

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