Opinión | El país que abandona a sus artistas: la peligrosa (y casi inadvertida) señal del gobierno de Kast con el Ministerio de las Culturas

Ministerio de las Culturas

El recorte de casi un 10% al Ministerio de las Culturas desata una profunda crisis cultural en Chile y pone en riesgo el arte y la memoria.

Hay algo profundamente revelador en las crisis culturales. No porque la cultura sea un adorno de la sociedad —como todavía insisten en creer algunos economistas de Excel y políticos obsesionados con la rentabilidad inmediata—, sino porque el trato que un país le da a sus artistas, a sus bibliotecas, a sus museos y a su memoria dice exactamente qué tipo de nación quiere construir.

Y Chile acaba de entregar una señal brutal.

El gobierno del ultraderechista José Antonio Kast, junto al ministro de turno, Francisco Undurraga, decidieron ejecutar un recorte de casi un 10% al presupuesto del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. El ajuste supera los $51 mil millones y convierte a Cultura en la cartera más golpeada por el plan de austeridad fiscal impulsado por Hacienda.

No hablamos de cifras abstractas. Hablamos de menos libros, menos cine, menos teatro, menos acceso, menos memoria y menos posibilidades para miles de trabajadores culturales que sobreviven hace décadas en un ecosistema ya precarizado hasta el cansancio.

Porque aquí hay algo que la política chilena sigue sin entender: la cultura en Chile jamás ha sido un espacio cómodo. Nunca ha tenido abundancia. Nunca ha sido prioridad. El sector cultural chileno lleva años funcionando a punta de precarización romántica, de autogestión heroica y de trabajadores obligados a sostener proyectos fundamentales con financiamientos miserables y una incertidumbre permanente.

Y aun así, sobreviven.

Sobreviven las compañías de teatro que llenan salas sin apoyo estructural. Sobreviven las editoriales independientes. Sobreviven los festivales regionales. Sobreviven los espacios culturales comunitarios. Sobreviven músicos, realizadores, fotógrafos, gestores y periodistas culturales que trabajan más por convicción que por estabilidad económica.

Por eso este recorte no es solamente presupuestario. Es simbólico. Es ideológico.

Porque cuando el Estado decide que la cultura es prescindible, lo que está diciendo es otra cosa: que el pensamiento crítico molesta. Que la memoria incomoda. Que el arte no produce “utilidad”. Que las humanidades son un lujo. Que el acceso cultural puede transformarse en privilegio. Y eso es peligrosísimo.

Especialmente en un país como Chile, donde la cultura ya vive profundamente centralizada, donde el acceso en regiones sigue siendo desigual y donde muchísimas organizaciones dependen directamente de fondos públicos para existir. El recorte golpeará programas patrimoniales, bibliotecas públicas, museos y espacios emblemáticos como la Fundación Teatro a Mil, el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, el Centro Cultural Palacio La Moneda y el Museo Violeta Parra. También afectará el Pase Cultural, bibliotecas públicas y fondos para las artes escénicas, la música y el audiovisual.

Y aquí hay otro detalle gravísimo: el recorte no ocurre en medio de una expansión cultural previa. Ocurre cuando Chile todavía ni siquiera logra consolidar una política cultural robusta y sostenida en el tiempo.

Mientras otros países entienden que la cultura es inversión social, Chile sigue tratándola como gasto prescindible. Mientras naciones desarrolladas fortalecen industrias creativas capaces de generar identidad, empleo y exportación cultural, acá seguimos discutiendo si financiar teatro, cine o patrimonio es “botar plata”.

Es una discusión atrasada. Mediocre. Pequeña; sobre todo para una institución como el Ministerio de las Culturas.

La cultura no solo produce obras. Produce ciudadanía. Produce cohesión social. Produce memoria colectiva. Produce pensamiento crítico. Produce identidad. Produce salud mental. Produce educación emocional. Produce comunidad. Algo que este Ministerio de las Culturas aún no comprende en su totalidad.

¿O alguien cree realmente que una sociedad sin arte, sin espacios culturales y sin acceso a la lectura es una sociedad más sana?

Lo más inquietante es que este tipo de decisiones no aparecen de la nada. Forman parte de una visión de mundo donde la cultura deja de ser derecho y pasa a ser mercancía. Una lógica donde solo merece existir aquello que puede monetizarse rápidamente. Una mirada profundamente neoliberal y utilitaria que reduce el valor humano a productividad económica.

Y eso termina teniendo consecuencias devastadoras.

Porque cuando desaparecen espacios culturales, no desaparecen solamente eventos. Desaparecen lugares de encuentro. Desaparecen redes comunitarias. Desaparecen oportunidades para niños y jóvenes. Desaparecen relatos alternativos. Desaparece diversidad.

Y en paralelo, crece el vacío.

Un vacío que después se llena con algoritmos, desinformación, consumo automático y una cultura globalizada cada vez más homogénea y desechable.

Por eso resulta tan doloroso que incluso instituciones ligadas a la memoria histórica sean afectadas por este ajuste. El recorte al Museo de la Memoria no es una señal cualquiera. En un contexto global donde el negacionismo y los discursos autoritarios resurgen con fuerza, debilitar espacios de memoria nunca es inocente.

La memoria también es cultura. Y la memoria incomoda precisamente porque obliga a mirar aquello que algunos preferirían borrar.

Desde Revista La Máquina llevamos años observando cómo el periodismo cultural chileno sobrevive prácticamente abandonado. Los medios independientes hacen cobertura cultural sin apoyo estructural, mientras la industria comunicacional sigue considerando la cultura como contenido secundario frente al espectáculo rápido o la polémica viral.

Y aun así, la cultura sigue siendo uno de los pocos espacios donde todavía es posible reflexionar colectivamente sobre quiénes somos. Por eso este recorte no debería indignar solamente al mundo artístico. Debería preocuparle a cualquiera que entienda que un país sin cultura es un país mucho más manipulable, más ignorante y más frágil.

Porque al final, las sociedades no se destruyen únicamente con armas o crisis económicas. También se destruyen cuando dejan de imaginar. Cuando dejan de leer. Cuando dejan de recordar. Cuando dejan de crear.

Y Chile, hoy, parece estar avanzando peligrosamente hacia ese abismo.

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