Virus y The Bar: La verdadera enfermedad detrás de la enfermedad

 Virus y The Bar: La verdadera enfermedad detrás de la enfermedad

En el eterno resplandor del séptimo arte, podemos encontrar diversas producciones que nos muestran ciertas realidades tanto pasadas, presentes como también futuras. Y en ese sentido, podemos hallar dos películas que nos muestran la verdadera enfermedad detrás de la enfermedad.

Hay un padecimiento que se comporta como un virus, pero es mucho más agresivo, devastador, difícil de controlar. Y tal cual como en el cómic y posterior serie, The Walking Dead (2010-2020), todos estamos ya contagiados, no obstante no siempre se manifiesta.

Antes de hablar más sobre esta terrible enfermedad veamos de qué van dos películas que, de forma indirecta y directa, retratan la misteriosa y terrible infección. Para ello haremos un par de sinopsis bien sucintas, mis disculpas si a algún cinéfilo se frustra (como igual, lo comprendo, pero el tiempo apremia) y cuidado con los spoilers.

Flu (Virus)

Flu (Virus) es un filme coreano de 2013, escrita y dirigida por Kim Sung-su (The Warrior, 2001). Una cepa del virus H5N1, letal, hipercontagiosa y que mata a los infectados en 36 horas, llega a Bundang (la provincia más habitada de Corea del Sur), a través del tráfico ilegal de personas. La doctora Kim, su pequeña hija Mi-reu y un rescatista, Monssai, deben sortear el pandemónium que se desata en la ciudad a raíz de la veloz propagación del virus y la posterior cuarentena que se establece. En medio de todo ese caos, también se da una lucha por encontrar una cura en manos de un niño asustado y perdido en la anarquía que consume a Bundang.

La cinta se convirtió hace dos semana en la más vista de Netflix, ya que para muchos es demasiado cercana a la situación mundial. Valga decir que el filme comienza con una advertencia: No está basada en hechos reales. Como siempre, la ficción se confunde con la realidad.

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The Bar

Película española de 2017, The Bar es dirigida y coescrita por Alex de la Iglesia (Perfectos desconocidos, 2017). Un bar de Madrid (un mix de comida al paso con botillería) aloja a un grupo de 9 extraños y un forastero quien entra directo al baño. La escena es una típica mañana madrileña, hombres de negocio apurados, mujeres ensimismadas. De pronto, uno de los clientes sale y es asesinado de un tiro en la cabeza. En el instante, la siguiente persona que sale a ver qué pasa corre con la misma suerte. A partir de ahí el pánico se apodera del resto de los clientes y empleados quienes luchan por saber si lo mejor es salir o quedarse, decidiéndose por lo último.

Inmediatamente comienza un caos de teorías variopintas sobre el porqué: la calle se ha quedado completamente vacía; las personas fueron asesinadas y para rematar sus cadáveres desaparecieron. Se nos revelan detalles pintorescos de los personajes hasta que descubren que el forastero en el baño era portador de una enfermedad letal y lo más seguro es que todo el asunto se trate de un plan de contención extremista donde los concurrentes al bar sean las victimas de esa contención salvaje para evitar que la plaga se propague.

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¿Qué hay en común entre los filmes? ¿Cuándo se habla de esa peligrosa enfermedad que todos portamos?

En ambas películas tenemos una enfermedad tan letal que se decide matar a seres humanos antes que se esparza. Quizás ese sea el nivel superlativo de los estragos que generan ambas enfermedades: el pensar (y actuar en consecuencia) que la muerte es mejor que la enfermedad. Ese crítico momento donde el morir de unos pocos significa la salvación del resto.

Pero antes de revisar este elemento hay ciertos tópicos en los que reparar.

Pedrito y el Lobo

En Virus más que en The Bar, el conocimiento de una terrible amenaza es menospreciada por la clase gobernante (¿les suena?), quienes se debaten en implementar o no una cuarentena. Lógicamente para cuando ya existe la epidemia es muy tarde. Aun así el virus logra contenerse en Bundang.

Constantemente, vemos esta situación en la realidad. Amenazas significativas se ciernen sobre la población (COVID-19, el 11 de Septiembre en Nueva York y la lista es muy larga para seguirla acá) y las autoridades a las que les atañe se vuelven sordas y ciegas hasta que ya es muy tarde, la tragedia se materializa y solo queda hacer una ineficiente contención de daños.

Pero más allá del patrón, ¿existirá un motivo específico para que dicha incompetencia se repita desde Chile a EE.UU.; desde Italia a China? Es decir, ¿se gana algo dejando que este tipo de desastres ocurran o es simplemente un ejemplo constante de la pésima preparación de las clases gobernantes para asumir cualquier tipo de emergencia relativamente grande? Es una pregunta que no cabe responder en este artículo, pero que seguramente tendrá una respuesta específica para cada caso y todas serán igual de espeluznantes.

El virus nunca viene solo

Por definición, el virus es un microrganismo que ingresa en un cuerpo anfitrión y busca “salvaje” y rápidamente reproducirse dentro de dicho anfitrión hasta conseguir uno nuevo y repetir el proceso. Básicamente cada virus es como la peor versión de la humanidad que solo piensa en consumir todos los recursos que tenga a disposición, multiplicarse y pasar a nuevos recursos que agotar ad infinitum.

Además, su contagio conlleva un enemigo peor, un aliado muchas veces para el virus y un elemento que lamentablemente está presente en todos nosotros.

En Virus, cuando ya la enfermedad ha comenzado a esparcirse y se dan los primeros anuncios (inútiles) gubernamentales, la gente se abalanza contra supermercados, la lucha ya no es por evitar el virus, es por ver quién consigue más papel higiénico y demás abarrotes (básicos o no).

El éxodo frustrado de la ciudad tampoco se hace esperar. Caos en su mayor expresión. La gente se entrega a un elemento atávico, algunos lo suelen confundir con sobrevivir, pero ni éste es tan terrible e irracional como el miedo. Miedo encarnado en todos los habitantes de Bundang e incluso en la doctora protagonista quién irá en contra de sus propios principios médicos para lograr la supervivencia.

Este es un punto muy bien llevado por el filme, ya que nos muestra el arco de los personajes de forma excelente, sucumbiendo, en su mayoría, al miedo, enfrascándose en cosas tan absurdas para el contexto como la política o hacerse con el poder dentro del campamento en cuarentena. Realmente Kim Sung-su logra plasmar cómo el pánico se vuelve una fuerza y masa devastadora que no deja nada en pie, que vuelve un ser irracional a cada persona que infecta, haciéndola tomar decisiones tan ilógicas como juntar enfermos con sanos y sacrificar a muchos por el bienestar de uno solo.

Mientras tanto en Madrid

En el Bar ya saben que lo que mató al hombre en el baño fue una letal enfermedad de la cual consiguieron fotos en su teléfono. Inmediatamente estalla el pánico y la paranoia en la cantina generándose una división super marcada entre posibles infectados y sanos. Y es que en manos de un buen artista (Sung-su y de la Iglesia), un elemento tan brutal como el miedo puede expresarse magistralmente a gran escala (Virus) como entre cuatro paredes con 7 personas (The Bar).

La división es tan marcada en este último que incluso los posibles contagiados son forzados a quedarse en el sótano del recinto. Como si su hipotética condición les hiciera ya menos personas, con menos derechos que quienes están del otro lado de la barra.

Pero el miedo sigue esparciéndose, tanto en la planta baja como en el sótano del Bar. En la mente de la Dra. Kim (Virus) y en los mandatarios de Corea que ya no saben cómo contener a todo el pueblo de Bundang (enfermos y no enfermos)

En su momento cumbre ambas historias muestran cómo la diminuta esperanza de salvación (la cura) es puesta en peligro varias veces, quedando casi perdida. Es como si el miedo, en su afán de perpetuarse y esparcirse es capaz de eliminar aquello que acabaría con su origen, el niño con anticuerpos en Virus y las inyecciones misteriosas en The Bar.

Definitivamente el temor transforma a la personas, cambio que muestran magistralmente ambos directores en sus historias, con cambios de vestuario extremos y un buen maquillaje. Y es que la metamorfosis borra todo rastro de inteligencia, racionalidad, humanidad de los personajes en ambas historias.

Cada película tiene su “exceso” de absurdo, porque es el único tono que se ajusta a la perfección con los actos irracionales que el miedo provoca en todo aquel que infecta.

Hemos dado con la enfermedad

¿Ven ahora de qué se trata? Se dan cuenta, queridos lectores, cómo el pánico, histeria, miedo (como desee llamarle) es capaz de infectar un pequeño grupo o a una ciudad entera y llevarlos a cometer verdaderas atrocidades tan crudas que no son capaces de ponerse en un meme sobre el confort.

El miedo ha sido realmente el enemigo oculto detrás de la pandemia por COVID-19. Se ha propagado a través de la prensa amarillista (que en estos días es la mayoría de la prensa) y ha tomado como vector de transmisión una de las virtudes más preciadas de la humanidad: la libertad de expresión bajo la forma de las Redes Sociales. Miles de whatsapp, twits, links, videos y post desinformativos, sensacionalistas han sido más efectivos y virales (nunca antes mejor aplicado el término) que la información objetiva expresada por muchos doctores y virólogos en todo el mundo.

Y lo peor del golpe mediático es que ha dejado a muchos escépticos y con una peligrosa inclinación hacia el miedo.

Es este factor, el miedo, lo que puede (y lo hace) causar más estragos que una pandemia, ya que como magníficamente lo expresan las dos películas analizadas, genera una destrucción de las virtudes humanas en las personas, volviéndolas seres irracionales que solo actúan y piensan de forma destructiva: arrasan con anaqueles, propagan medidas sanitarias erradas, atacan, sutil y no tan sutilmente, a aquellos que no siguen su camino (los que prefieren analizar antes de temer) y a cualquiera que pudiera presentar síntomas.

Tanto Virus como The Bar nos enseñan que, entregándose al pánico, hasta la propia cura de una pandemia podría perderse para siempre.

Es importante recordar, como colofón a todo lo anterior, que ningún extremo es bueno. Por lo tanto una actitud temeraria no es sinónimo de acciones correctas. El salir a apreciar la soledad de las calles solo porque sí y pensando que con eso se es super rebelde y anti gobierno es tan estúpido como asesinar a quién tiene la cura contra el H5N1.

La Máquina Medio

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