Columna de LePipe Gutiérrez: A mí me gustaba antes de que fuera moda

 Columna de LePipe Gutiérrez: A mí me gustaba antes de que fuera moda

Aviso: Las opiniones vertidas en esta columna de opinión son de total y exclusiva responsabilidad de quien las emite. La Máquina no se adjudica ninguno de los dichos del presente autor, por lo cual si desea emitir una crítica, comentario o, en buen chileno, “tirar un par de chuchás”, mi correo electrónico es anorlondo13@gmail.com. Estaré dispuesto a recibir comentarios o preguntas respecto a qué voy a hacer con mi 10%. Dicho esto… Podemos comenzar.

Hace algunos días vi circulando por los fríos rincones de Instagram el siguiente post:

https://www.instagram.com/p/CCz6NR7FBhO/?utm_source=ig_web_copy_link

Sin ánimos de ofender (tanto) a los que sufrieron en su niñez, adolescencia por el tema de sus gustos, hay que comenzar con una verdad fundamental del comportamiento humano: Las personas pueden llegar a ser espantosas (valer callampa, en buen chileno). Ya, todos tenemos gustos diferentes y que a mí no me hayan molestado tanto como a otros por mis gustos cuando pequeño, no anula el hecho de que el bullying sigue existiendo hoy, pero ¿es necesario exigir una disculpa para “aprobar” que a alguien le guste lo mismo que a ti?

Ya, en el mismo post la autora dice no sentirse superior ni nada similar, sin embargo me hace ruido la necesidad de hacer una publiación al respecto y, lo sé, un poco irónico viniendo de alguien que está escribiendo al respecto; a lo que quiero llegar es: Sí, las personas cambian y pueden adoptar nuevos gustos, no obstante nadie te garantiza que el tipo “charcha” que te pegaba por tener chapitas de Naruto en la mochila y ahora se crea Akatsuki “se vuelva buena persona”, porque tiene gustos similares, las personas malas pueden quedarse así, usen o no el “uwu”.

Y es algo que hay que entender, ya que, mal que mal, los gustos son de uno y nadie tiene el derecho a validarlos o se daría una suerte de hipocresía asumiendo una postura de “para disfrutar de algo que a mí me gusta desde chico, pero por lo que me molestabas, tienes que pedirme disculpas para disfrutarlo”.

“Me encanta Joy Division, sobre todo “Love Will Tear Us Apart”, no puedo esperar a que vengan a Chile”
-Antonia, 17. Aún no sabe que Ian Curtis se colgó en el ’80”.

Todo este tema me recordó al típico y desagradable pero necesario tipo que te dice “Posero” y, cuando están todos felices conversando de una temática, llega con su “a mí me gustaba antes de que fuera moda”.

Apostaría tres latas a que todos los que lean esto se han topado con algún personaje similar a lo largo de su vida que también se presenta en distintas formas como el “gamer” que juega League of Legends y manda a las mujeres a la cocina o el metalero con su polera del Master of Puppets (álbum de Metallica), diciéndote que la mitad de los que está en la tocata son poseros y que su canción favorita es esa que probablemente no van a tocar del álbum que casi nadie conoce. Entonces, se genera la interrogante: ¿Cuál es la necesidad de aparentar o pretender tener gustos superiores a los demás?

Para entender bien sobre qué son las comunidades, vayamos a dos de sus definiciones básicas:
1- Conjunto de personas que viven juntas bajo ciertas reglas o que tienen los mismos intereses.
2- Grupo social del que forma parte una persona.

Ahora, entiéndase como comunidad a un grupo de fans de una banda, película, actividad o videojuego. Son personas con intereses compartidos, que se relacionan de cierto modo y son, a grandes rasgos, un “grupo social”; estos gustos o “comunidades” pueden representar algo más que un gusto, principalmente tu identidad, tus amigos, tus valores, etc. ¿Y a todos nos gusta sentir cierto grado de representación, no? Por tanto, ocurre que algunos buscan validez por sus gustos, incluso dentro de sus mismos pares y ahí nace el sentimiento de “superioridad”. Si bien compartimos gustos, “a mí me gustan desde hace mucho antes que a ti”.

¿Eso es lo que buscamos todos, no? Comunidad.

Esto puede alejar a los posibles interesados a ingresar a las comunidades, que miran desde lejos y pueden decir “vaya, ese tema me parece interesante” y pueden decidir o no introducirse a esos nuevos mundos. En algunos casos, las comunidades pueden recibir bien a los recién llegados o pueden ser algo más hostiles en cuanto a recibir caras nuevas sin alguna clase de iniciación, como se dio mucho en este país respecto al “mechoneo” universitario o las leyendas urbanas sobre las iniciaciones scout.

Si vamos a la ficción, hay un sinnúmero de ejemplos donde un forastero llega a un lugar nuevo, aprende sus costumbres y termina como un miembro más de la comunidad. Es esta la sensación que, según C.S. Lewis, es parte de nuestro ser y es por ello que deseamos esa sensación de ser aceptados y de tener pares. Esto lleva los recién llegados a aprender poco a poco las costumbres de las “comunidades” o a aparentar ser parte de ellas, asimilándose como un “posero” cuando se le descubre o pasa algo como lo del siguiente ejemplo:

Esa necesidad de querer pertenecer a un grupo de personas se repite en distintas “artes” o áreas. Por ejemplo, hace nueve años el medio británico “The Guardian” hizo una encuesta, en la cual se dilucidó que “El Padrino” de Francis Ford Coppola es la película que más miente la gente sobre haber visto, cosa que solo deja en claro cómo a pesar de ser una “mentira blanca”, son muchas las personas que no quieren ser parte de los que escuchen: “¿Cómo es que nunca viste El Padrino?”.

La teoría de las comunidades nos presenta que existen círculos interiores y exteriores, en los cuales los recién llegados pueden “probar” un poco la experiencia de sentirse parte de un grupo sin necesariamente estar totalmente insertos en él. Esto es bueno, pero se convierte en un problema cuando alguien del círculo interior va a preguntarle a los del círculo exterior que si tanto les gusta Quentin Tarantino, que digan cinco de sus canciones. Esto entrega una mala imagen de las comunidades, donde la parte buena y “bonita” se ve manchada por un montón de pretenciosos odiosos.

Como lector y coleccionista de cómics desde que tenía nueve años, sé lo terrible que es. Me sentí cercano también al “boom” de películas de superhéroes y el estreno de Avengers: Endgame, pero jamás sentí la necesidad de pedirle que se disculparan conmigo a esas personas que me molestaron por leer cómics cuando chico, por seguir siendo fanático de ellos a medida que iba creciendo o incluso, a los familiares que quisieron prender un asado con una de mis “revistas de monitos” cuando quisieron ver alguna película de Marvel. Porque a pesar de todas esas “pasadas a llevar”, si yo no iba a dejar que los demás afectaran a mis gustos personales, no soy quién para no dejarlos disfrutar a plenitud de algo que me gusta por haber sido como la mierda en el pasado.

Para concluir, quiero agradecer a mi madre, a mi hermana y a mi cuñado. No solo por consolarme cuando quisieron quemar mi cómic, sino por ayudarme a entender un valor fundamental que me formó como persona y que me gustaría compartir con ustedes, quienes me leen. Ustedes no le deben nada a nadie por ser como son ni por los gustos que tienen. Siempre y cuando sean ustedes mismos y no le fallen a sus principios, el mundo es suyo. Todos esos malos comentarios, las risas burlescas y las miradas extrañas, siempre vienen del miedo a lo desconocido y lo importante es no dejarse llevar por ellos, por cliché que suene, la idea es mantenerse libre sin importar lo que piensen los demás. Gracias por leer.

Felipe Gutiérrez

Alcohólico, hechicero, supervillano.

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